La última elección 9 La gala de los cuerpos heridos
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9 La gala de los cuerpos heridos

Los Rostov no habían escatimado en gastos. Eso fue lo primero que pensó Philip al entrar en el salón posterior al ballet y lo segundo fue que, cuando una familia exiliada decidía demostrar que aún poseía poder, lo hacía con una belleza casi agresiva.

La gala ocupaba uno de los salones más amplios del teatro, abierto exclusivamente para los invitados de mayor importancia después de la función.

Las lámparas de cristal colgaban como constelaciones doradas sobre mesas cubiertas de manteles marfil, centros de orquídeas blancas, copas de champaña y pequeñas bandejas con caviar, blinis, frutas escarchadas, pastelillos de almendra, trufas de chocolate amargo y licores servidos en vasos tan finos que parecían diseñados para romperse ante la menor emoción sincera.

Las paredes habían sido decoradas con enormes telas de GICH, gasas color humo, terciopelos azul noche, bordados geométricos que atrapaban la luz con un aire moderno, casi insolente.

Entre cada columna se exhibían joyas Rostov dentro de vitrinas estrechas: diamantes blancos como hielo sobre el Neva, rubíes de un rojo imperial, zafiros profundos como una noche sin luna.

Había también fotografías antiguas de bailarinas rusas, bocetos de vestuario, programas de ballet encuadernados en papel grueso y una pequeña orquesta tocando piezas ligeras para que la sociedad pudiera conversar sin sentirse obligada a escuchar demasiado.

París estaba encantado, o más exactamente, estaba hambriento.

Los invitados se movían por el salón con copas en la mano y sonrisas cuidadosamente dosificadas.

Había artistas, críticos, banqueros, mecenas, diplomáticos, diseñadoras, escritores que fingían despreciar el lujo mientras bebían champaña Rostov, mujeres con labios oscuros y collares largos, hombres con bastones brillantes y ojos rápidos.

Cada grupo parecía hablar de la función, pero en realidad todos escuchaban lo que ocurría alrededor de los Charpentier.

Porque los Charpentier, esa noche, eran una obra paralela y quizá más peligrosa que la del escenario.

William fue el primero en saludar a Pavel Rostov.

Pavel estaba de pie cerca de una de las vitrinas centrales, vestido de negro, con la barba pulcramente recortada y esa mirada de hombre que había perdido una patria, pero no el hábito de hacer sentir a los demás que entraban en su territorio.

A su lado se encontraba Alekséi, alto, severo, impecable, con Delaila junto a él.

Ella llevaba un vestido de GICH color oro viejo, sobrio y extraordinario, que convertía su figura en una línea de luz tranquila.

En su muñeca brillaba un brazalete ruso; en su rostro, una serenidad tan estudiada que solo alguien que la quisiera bien podría haber notado el cansancio.

—Monsieur Rostov —dijo William, inclinando la cabeza.

—Monsieur Charpentier —respondió Pavel—. Un honor recibirlos.

—El honor es nuestro, la función ha sido magnífica.

—El arte ruso sabe sobrevivir incluso cuando intentan enterrarlo.

Aquella frase, pronunciada con cortesía, tenía debajo una historia entera de sangre, nieve y documentos quemados. Alice saludó a Pavel después, con esa elegancia maternal que conseguía parecer cálida sin perder poder. Delaila besó a su tía y sonrió al ver a Millie.

—Millie —dijo—. Pensé que África te había adoptado en definitiva.

—Lo intentó, pero todavía tengo cuentas pendientes con París.

—Eso suena peligroso.

—Lo es. Para París.

Alekséi saludó a los trillizos con formalidad medida. Nick respondió con una reverencia exageradamente correcta. Thiago inclinó la cabeza. Brand, en cambio, sostuvo la mirada del ruso un segundo más de lo necesario.

Alekséi lo notó.

Delaila también.

Elizaveta permanecía al lado de Brand, luminosa aún por la función.

La música del ballet parecía no haber terminado dentro de ella; su cuerpo conservaba una tensión distinta, más viva, como si cada hueso recordara una coreografía que la maternidad no había borrado, solo transformado.

El collar de diamantes de los Charpentier brillaba sobre su garganta, el vestido marfil caía con una gracia que hacía imposible no mirar la curva de su vientre.

Cuando vio a Alekséi, algo en su rostro se suavizó.

—Alekséi.

Él se acercó y le tomó ambas manos.

—Liza.

No la abrazó, no allí, no delante de todos, pero el modo en que inclinó la cabeza hacia ella tuvo una intimidad antigua, de hermano que había sostenido inviernos enteros con las manos desnudas.

—Te ves bien —dijo él.

Elizaveta alzó la barbilla.

—Me veo extraordinaria.

Alekséi la miró un instante y, por primera vez en la noche, una sombra de sonrisa tocó su boca.

—Eso también.

Brand observó el intercambio sin intervenir.

Ya no lo miraba con la misma ignorancia de antes.

Ahora veía las capas: el refugio, la dependencia, la infancia rota, la deformación del cariño.

Veía a Elizaveta iluminarse ante su hermano con un brillo que ya no le parecía simple vanidad, era una memoria del hambre, una parte de ella seguía esperando que Alekséi fuera el centro inmóvil del mundo, pero esa noche, cuando Alekséi soltó sus manos, Elizaveta volvió a tomar el brazo de su marido y Brand sintió aquella decisión pequeña como si alguien hubiera colocado una moneda tibia en su palma.

No duró demasiado, porque las bailarinas la vieron.

—¡Liza!

El grito atravesó el salón con una alegría tan sincera que varios invitados giraron la cabeza.

Elizaveta apenas tuvo tiempo de volverse antes de que un pequeño grupo de bailarinas la rodeara con exclamaciones, risas, besos al aire y manos delicadas que no se atrevían a tocar demasiado su vientre sin permiso, pero lo miraban con una ternura deslumbrada.

—¡Mírate! —dijo una de ellas, morena, de ojos enormes y cuello largo—. Estás preciosa.

—No, está imposible —corrigió otra, con acento ruso—. Como si el embarazo fuera un papel que le hubieran escrito solo a ella.

—Te extrañamos en los ensayos —añadió una tercera—. Nadie se queja con tanta elegancia cuando la maestra marca mal el tiempo.

Elizaveta rio y esa risa no pertenecía a los salones.

Era más libre, más joven. Tenía algo de niña cruel y feliz, de bailarina cansada después de una función, de mujer que por unos minutos no tenía que ser esposa, amenaza ni escándalo.

Sus ojos brillaban, sus manos se movían al hablar, dibujando líneas en el aire.

Cada gesto de su cuerpo parecía recuperar una órbita conocida.

Brand la miró. La palabra era exacta: órbita.

Entre los bailarines, Elizaveta no caminaba igual, no respiraba igual, parecía que el mundo volvía a colocarla en el centro de una música invisible.

No necesitaba seducirlos, aunque podía. No necesitaba imponerse, aunque sabía.

Las mujeres la tocaban, la admiraban, la reclamaban como una parte de ellas que se había ido a otro escenario.

—Y usted debe ser el esposo —dijo la bailarina morena, volviéndose hacia Brand con franca curiosidad.

—Brand Charpentier —respondió él.

—Es usted muy afortunado.

Elizaveta lo miró de reojo, casi esperando ver su reacción.

Brand sostuvo la mirada de la bailarina.

—Lo sé.

Elizaveta parpadeó.

Las bailarinas soltaron pequeños sonidos de aprobación, encantadas, una le apretó el brazo a Elizaveta como si acabara de confirmar que su marido podía ser tolerable.

—Nos la robó París, luego el matrimonio, ahora el bebé —dijo otra, sonriente—. Al menos espero que la cuide bien.

Brand miró a Elizaveta.

—Estoy aprendiendo.

La respuesta fue demasiado seria para ser galante, por eso Elizaveta sintió que le subía un calor absurdo al cuello.

Brand se inclinó hacia ella.

—Quédate con ellas. Yo volveré.

—¿A dónde vas?

—A saludar a algunas personas.

Ella lo observó con sospecha inmediata.

—Brand.

Él no respondió con explicación. En cambio, le tomó la barbilla con una delicadeza que la dejó inmóvil y la besó suavemente en los labios.

No fue como el beso de la habitación, no tuvo hambre, no buscó incendio.

Fue un beso breve, público, casi casto, y por eso mismo más desconcertante.

Una declaración sin escándalo. Un gesto de esposo delante de un grupo de mujeres que la querían y que ahora la miraban como si París acabara de entregarles una escena de novela.

Cuando Brand se apartó, Elizaveta tenía los ojos más abiertos.

—No te canses —dijo él en voz baja.

Luego se marchó. Elizaveta se quedó quieta un segundo, tocándose apenas el labio inferior con la yema de un dedo.

—Oh —murmuró una bailarina—. Liza.

—Cállate —dijo Elizaveta, pero sonrió.

La felicidad, esa noche, le quedaba mal defendida.

Brand cruzó el salón sin detenerse.

Sabía la versión de Delaila. La niña, la caída de los zares, el arresto de Pavel, el vínculo con Alekséi, el amor deformado por la supervivencia.

Pero Delaila había contado desde afuera, desde la esposa que había llegado después, desde la mujer que había aprendido a leer las grietas de la familia Rostov sin haber nacido dentro de ellas.

Brand necesitaba la versión del hermano y, si Alekséi se negaba, iría por Pavel, no era simple curiosidad, era una urgencia distinta.

Elizaveta había dejado de ser para él una mujer incomprensible y se había convertido en un rompecabezas cruel, íntimo, casi sagrado.

Cada pieza que encontraba no la volvía más simple, la hacía más humana y eso era infinitamente más peligroso que odiarla.

Alekséi estaba junto a una columna, escuchando a un diplomático sin parecer impresionado por una sola palabra. Al ver acercarse a Brand, sus ojos se apartaron del hombre con una cortesía tan fría que equivalía a despedida.

—Monsieur Charpentier —dijo Alekséi.

—Necesito hablar contigo.

El diplomático entendió que acababa de volverse innecesario y se retiró. Alekséi miró hacia donde Elizaveta reía con las bailarinas.

—¿Sobre mi hermana?

—Sí.

—Entonces no.

Brand no se movió.

—No he preguntado todavía.

—No hace falta. Lo que quieras saber debes preguntárselo a ella.

—Lo hice.

Alekséi lo estudió.

—Y sobreviviste.

—Apenas.