8 Lo que se rompe bajo la música #3
—Estoy casado —continuó Brand—. Tengo un hijo.
—Con ella.
—Sí.
Elettra tragó saliva, sus ojos brillaron.
—¿La amas?
Brand no contestó, el silencio fue peor que cualquier respuesta, porque dentro de él, la pregunta no encontró el rechazo rápido que habría encontrado semanas antes.
Pensó en Elizaveta dormida hablando de Rusia, en sus manos sobre el vientre, en la forma en que había sonreído al ver los diamantes, en cómo, bajo todo su veneno, había una fragilidad feroz, una niña que no sabía pedir amor y una mujer que había aprendido a amenazar para sobrevivir; pensó que seguía sin saber qué sentía, pero ya no era odio. No. Ya no.
Elettra lo vio, lo vio antes de que él pudiera ordenarse el rostro, una lágrima le cayó sin permiso.
Brand sintió que algo se le hundía en el pecho.
—Lo siento.
Ella rio, rota.
—No lo digas como si hubieras llegado tarde a una cena.
—El destino no jugó a nuestro favor.
—Qué frase tan cómoda.
—Quizá nos separó por una razón —dijo él, más bajo—. Quizá porque yo te habría hecho demasiado mal.
Elettra lo miró.
—¿Y a ella no?
Brand no respondió, porque no lo sabía.
La puerta del palco se abrió.
Elizaveta salió, no había escuchado nada, pero vio suficiente: Brand con sangre en el rostro, Elettra frente a él, demasiado cerca, con los ojos húmedos y su pañuelo en la mano de él.
Los celos le atravesaron el rostro como una sombra afilada.
Brand lo notó al instante, por lo cual se acercó a ella, olvidando la sangre.
—Está todo bien.
Elizaveta miró de él a Elettra.
—No parece.
Brand le acarició la cara, un gesto suave, visible, suyo.
—Estoy contigo —dijo en voz baja—. No sobrepienses nada.
Elizaveta sostuvo su mirada, algo en ella tembló, luego vio el pañuelo. El pañuelo de Elettra contra la sangre de Brand. La dulzura se retiró, tomó el pañuelo de la mano de Brand, se volvió hacia Elettra y se lo devolvió con una sonrisa tan hermosa como una amenaza.
—Gracias.
Sacó uno propio, blanco, bordado con sus iniciales nuevas, y lo presionó contra la nariz de Brand con una firmeza casi posesiva.
—Vuelve a sentarte —le ordenó.
Brand la miró, casi sonrió.
—Sí, madame.
Ella no se rió, pero algo en su boca quiso hacerlo, lo hizo entrar al palco primero, pero antes de seguirlo, se detuvo junto a Elettra.
La música del ballet crecía dentro, hermosa, ajena, cruel.
Elizaveta no alzó la voz, no necesitaba.
—Jamás me ha gustado compartir lo que es mío.
Elettra se quedó inmóvil.
Elizaveta entró, la puerta se cerró.
Durante un momento, Elettra permaneció sola en el corredor, con su pañuelo manchado de sangre entre los dedos y el corazón golpeándole las costillas de una manera humillante.
Quiso odiar a Elizaveta, quiso odiar a Brand, quiso odiar a Thiago por haber dicho demasiadas verdades y por haberse marchado antes de sostenerlas.
—Elizaveta luchará con uñas y dientes si es necesario.
La voz salió desde las sombras. Elettra giró. Thiago estaba junto a una columna, medio oculto por la penumbra.
—Creí que te habías ido.
—También yo.
Ella lo miró. Él parecía más cansado que furioso ahora, la mano con la que había golpeado a Brand estaba cerrada, roja en los nudillos.
—Ambos son un desastre —dijo Elettra.
Thiago asintió.
—Sí. —La aceptación la desarmó un poco, él salió de la sombra—. Es momento de pensar qué haremos con nuestra situación actual.
Elettra lo miró, el pasillo olía a terciopelo caliente, humo lejano y sangre mínima sobre algodón.
—¿Aún me amas?
Thiago no esquivó la pregunta. Tardó, sí. Pero no huyó.
—Sí.
Elettra cerró los ojos un instante.
La palabra no sonó como victoria, sonó como peso.
—Pero no me dejaré pisotear —añadió él.
Ella abrió los ojos, Thiago sostuvo su mirada.
—Sigue en pie lo que dije, nos casaremos, no seremos un matrimonio real si no quieres que lo seamos.
—Thiago…
—No voy a mendigar un lugar donde sigues guardando a Brand.
La frase fue limpia, sin crueldad, por eso cortó más.
Elettra bajó la mirada.
—No sé qué hacer con lo que siento.
—Yo tampoco —dijo él—. Al menos dejemos de fingir que no existe.
Después de decirlo, entró al palco.
Elettra se quedó fuera un segundo más.
Cuando Thiago volvió a su asiento, Nick y Camille hablaban en susurros. Ella tenía los ojos húmedos, no lloraba abiertamente, pero una lágrima le había mojado la línea inferior de las pestañas. Nick estaba inclinado hacia ella, hablándole con una ternura tan extrema que Thiago se quedó quieto.
—No quiero volver a hacerte sentir sola en una habitación donde estoy yo —susurraba Nick.
Camille bajó la cabeza.
—Entonces no lo hagas.
—No lo haré.
—No lo prometas si no sabes cumplirlo.
Nick tragó saliva.
—Estoy aprendiendo a no prometer como un idiota.
Camille asintió apenas. Nick le tocó la mano, no la tomó del todo. Esperó. Ella tardó, pero finalmente dejó que sus dedos se cerraran alrededor de los suyos.
Entonces Nick alzó la mirada y vio a Thiago, el cambio fue inmediato. Una mirada agresiva, filosa, posesiva. Luego volvió a Camille, y su rostro se suavizó con una ternura sin teatro.
Thiago se sentó y comprendió algo: Brand podía terminar enamorándose de Elizaveta, Nick podía terminar enamorándose de Camille, pero él era el único sentado junto a una mujer que seguía amando a otro hombre, un hombre que ya no la miraba del mismo modo, un hombre que quizá jamás volvería a hacerlo.
Elettra entró después y ocupó su asiento a su lado, no se miraron.
No al principio.
Abajo, en el escenario, la bailarina giraba bajo una luz azulada.
Su cuerpo parecía hecho de nieve, música y sacrificio.
La orquesta crecía, los violines ascendían como si quisieran abrir una herida en el techo del teatro, y todo París miraba embelesado sin saber que, en un palco, bajo diamantes, guantes y respiraciones contenidas, una familia se había fracturado un poco más.
Brand volvió a sentarse junto a Elizaveta, ella seguía presionándole el pañuelo contra la nariz con una concentración feroz.
—No fue nada —murmuró él.
—Calla.
Brand obedeció. Elizaveta no miraba a Elettra, no directamente, pero todo su cuerpo parecía consciente de ella.
Brand apoyó la mano sobre la de Elizaveta.
—Estoy aquí.
Ella no respondió, pero no retiró la mano.
Alice, sentada al frente, fingía mirar el escenario. William también. Philip, más atrás, tenía la expresión de un hombre que ya había entendido demasiadas cosas y lamentaba no poder desentenderse de ninguna.
Millie lo notó todo; el golpe, la sangre. El regreso de Nick con la mandíbula dura, Camille llorando en silencio, Thiago con los nudillos rojos, Elettra pálida, Elizaveta más posesiva, Brand distinto.
Sus hermanos, pensó Millie, parecían hombres adultos solo desde lejos. De cerca, cada uno seguía siendo un niño con una herida sofisticada, intentando hacer pasar el dolor por carácter.
Lefèvre se inclinó hacia ella.
—¿Estás bien?
Millie no apartó la mirada del palco familiar.
—No.
—¿Quieres salir?
—No. —Ella negó despacio—. Quiero entender qué demonios les hicieron para que todos crean que amar tiene que doler así.
Lefèvre no respondió, la música siguió, la función continuó con una belleza intolerable. Los Charpentier permanecieron sentados, elegantes, silenciosos, impecables. Desde fuera, parecían una familia perfecta disfrutando del ballet en una noche importante para París.
Desde dentro, estaban más fraccionados que nunca y abajo, sobre el escenario, la bailarina cayó de rodillas con una gracia tan absoluta que el público contuvo la respiración.
Elizaveta también, Brand la miró. Thiago miró a Elettra.
Nick miró a Camille. Millie miró a sus hermanos.
Y mientras la orquesta alcanzaba su punto más alto, todos fingieron estar bien con la misma disciplina con la que las familias antiguas han fingido siempre: dejando que la música cubriera el ruido exacto de lo que acababa de romperse.