8 Lo que se rompe bajo la música #2
Elizaveta se sentó junto a Brand, demasiado erguida al principio, luego cada vez más viva conforme la orquesta empezó a respirar. Sus dedos se cerraron sobre el borde del abanico, sus ojos brillaban con una emoción difícil de disimular.
Brand la observó más que al escenario.
—¿Estás cómoda? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres agua?
—No.
—¿Hace frío?
Elizaveta lo miró con diversión.
—Brand.
—¿Qué?
—Estoy embarazada, pero no estoy muriendo.
Él bajó la voz.
—Prefiero ser exagerado antes que negligente.
Ella lo miró, algo cálido le tocó la boca.
—Qué frase tan tuya.
Él le acomodó la manta ligera sobre las rodillas, el gesto fue pequeño, doméstico, casi conyugal. Elizaveta se quedó quieta mientras él lo hacía, y cuando sus dedos rozaron su muñeca, no se apartó.
Elettra, sentada más atrás junto a Thiago, lo vio todo.
Lo vio con esa claridad cruel con la que una mujer observa no lo que ocurre, sino lo que significa.
Brand inclinado hacia Elizaveta, atento, casi cariñoso.
Brand, el hombre que alguna vez había encendido en ella una esperanza difícil de matar, ahora dedicándole cuidados silenciosos a su esposa embarazada.
Su esposa. El hijo. La realidad.
Elettra apretó las manos sobre el regazo.
Se dijo que Brand se obligaba, que lo hacía por responsabilidad, por el niño, por el apellido, por el deber. Se dijo que su ternura era disciplina y no deseo, que su cuidado era penitencia y no elección, pero entonces Elizaveta dijo algo en voz baja y Brand sonrió.
Elettra sintió que algo se quebraba en un lugar pequeño.
Thiago la miró, no necesitó preguntarle nada, la respuesta estaba en su rostro, se puso de pie con una calma demasiado pulida.
—Con permiso.
Elettra giró hacia él.
—¿Thiago?
—Necesito aire.
Salió del palco antes de que alguien pudiera detenerlo.
Camille lo vio, también vio el rostro de Elettra y, por alguna razón que no quiso analizar demasiado, se levantó.
—Disculpen.
Nick la miró de inmediato.
—¿A dónde vas?
—A tomar aire.
La frase era casi la misma, pero Nick lo comprendió demasiado tarde. Camille salió, él permaneció sentado tres segundos. Solo tres. Luego se levantó también.
—Por supuesto —murmuró—. Porque la noche iba demasiado bien.
El corredor exterior del palco estaba iluminado por lámparas suaves; allí el sonido del ballet llegaba amortiguado, como música escuchada bajo el agua. Thiago estaba junto a una ventana alta, una mano apoyada en el marco, mirando hacia la avenida iluminada.
Camille se acercó despacio.
—¿Estás bien?
Thiago no se volvió enseguida.
—Sí.
—Esa palabra se está volviendo la mentira favorita de esta familia.
Él soltó una risa breve.
—Millie está contagiándote.
—Quizá necesito algo de eso.
Thiago la miró al fin. Camille tenía los ojos más brillantes de lo habitual, pero no lloraba, llevaba esa expresión de mujer que ha pasado demasiado tiempo entendiendo lo que nadie se atreve a decir.
—La viste —dijo.
Thiago no preguntó a quién.
—Sí.
—Y ella lo vio a él.
Thiago cerró la mano sobre el marco de la ventana.
—También.
Camille se acercó un paso.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—No. Pero lo siento de todos modos.
Aquello lo tocó más de lo que habría querido.
—No sé qué hacer con ella —confesó en voz baja—. No sé si acercarme, si alejarme, si cumplir el pacto que ofrecí y dejarla intacta. No sé si eso sería noble o cobarde.
Camille lo miró con una ternura triste.
—Quizá ambas cosas.
Thiago sonrió sin alegría.
—Eres muy mala consolando.
—Estoy aprendiendo de los Charpentier.
Él inclinó la cabeza y durante un segundo, la conversación tuvo una paz extraña. Dos personas atrapadas en compromisos ajenos, hablando en un corredor mientras la música seguía dentro, como si el mundo pudiera esperar.
Nick apareció al fondo, no interrumpió de inmediato, primero sólo los vio. Vio a Camille cerca de Thiago. Vio la suavidad en su rostro, vio a su hermano inclinado hacia ella, no de forma indecorosa, pero sí con esa atención honesta que Nick sabía que él mismo había desperdiciado demasiadas veces.
Los celos le subieron como una llamarada absurda, él no tenía ningún derecho, eso lo supo pero no lo detuvo.
—Camille —dijo.
Ella se volvió y entendió todo en su tono.
—Nick.
Él se acercó con una sonrisa que no alcanzó los ojos.
—Te buscan dentro.
—¿Quién?
—La decencia, posiblemente; lleva rato preguntando por nosotros.
Camille apretó la mandíbula.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Eso. Entrar con una broma para tapar que estás celoso.
Thiago miró a Nick y Nick le sostuvo la mirada.
—No estoy celoso.
Camille soltó una risa seca.
—Qué lástima, habría sido casi honesto.
Pasó junto a él sin esperar respuesta, Nick hizo ademán de seguirla, pero se detuvo frente a Thiago. El corredor quedó más frío.
—Aléjate de Camille.
Thiago lo miró un instante, luego se rio, no fuerte ni cruel, pero sí con suficiente incredulidad para herir.
—¿Desde cuándo te interesa tanto Camille?
Nick dio un paso hacia él.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando. Es una pregunta legítima.
—Ella no necesita que tú la consueles.
—Quizá lo que no necesita es que tú decidas quién puede hablarle.
Nick lo tomó de la camisa, el movimiento fue rápido, impulsivo, más Nick que cualquier frase. Thiago no se defendió, sólo bajó la mirada hacia la mano de su hermano y luego volvió a sus ojos.
—Qué interesante —dijo—. Al parecer sí te importa.
Nick apretó los dedos.
—Te lo advierto.
La puerta del palco se abrió con brusquedad. Brand apareció. Su rostro, severo bajo la luz dorada del corredor, bastó para que ambos parecieran de nuevo niños sorprendidos antes de romper algo caro.
—Su discusión se escucha hasta dentro.
Nick soltó a Thiago.
—Magnífico. Así todos apreciarán la calidad del diálogo familiar.
Brand cerró la puerta tras de sí.
—Vuelve al palco.
—¿Perdón?
—Ahora.
Nick miró de Brand a Thiago. La rabia le vibraba en la mandíbula, pero Camille estaba dentro, y tal vez por eso decidió no regalarle a la noche otro espectáculo.
—Por supuesto —dijo—. El hermano mayor ha hablado.
Entró primero, la puerta quedó cerrada. Thiago se acomodó la camisa con movimientos tensos. Brand lo observó.
—¿Qué demonios te pasa?
Thiago soltó una risa baja, no había humor en ella.
—¿A mí?
—Sí. A ti.
Thiago levantó la vista. Había en sus ojos una dureza poco frecuente. Brand la reconoció demasiado tarde.
—Todo esto es culpa tuya.
La frase cayó seca. Brand se quedó inmóvil.
—Explícate.
—La enamoraste.
Brand no necesitó preguntar de quién hablaba.
Thiago dio un paso hacia él.
—Elettra. La hiciste mirarte como si fueras una puerta, como si contigo hubiera algo distinto.
La dejaste creer… o la dejaste sentir, da igual y luego apareciste con otra mujer, con una esposa embarazada, con una vida que decidiste asumir justo a tiempo para que todos los demás limpiáramos el desastre que dejaste.
Brand endureció el rostro.
—Ten cuidado.
—No. —Thiago rió otra vez, más amargo—. Es casi gracioso, ahora pareces enamorarte de Elizaveta. De Elizaveta. Después de odiarla durante meses, después de llamarla serpiente con los ojos, aunque tu boca fuera demasiado educada para decirlo.
Brand lo tomó del brazo y lo empujó contra la pared, no con brutalidad suficiente para herirlo. Sí con rabia suficiente para callarlo.
—No hables así de ella.
Thiago lo miró, sorprendido por la violencia de la reacción.
Brand respiraba con dificultad.
—Es mi esposa.
—Ahora.
—Sí. Ahora.
—Qué conveniente para todos que hayas decidido tener honor cuando ya nos habías dejado las ruinas.
Brand soltó su brazo.
—Deja de hacerte la víctima.
Thiago se quedó quieto, la frase lo golpeó más que cualquier empujón. Brand continuó, más bajo, más peligroso:
—La realidad es que amas a Elettra y en lugar de admitirlo, te escondes detrás de buenas acciones, sacrificios limpios y frases nobles.
Quieres salvar a Nick, salvar a Camille, salvar a Elettra de ti, salvar a todos del ruido de tus propios deseos.
Pero eso no te hace mejor, solo te hace más difícil de alcanzar.
Thiago respiró una vez.
—Cállate.
—No. Si la amas, al menos sé honesto, intenta conquistarla de verdad, deja de ofrecerle un matrimonio vacío como si eso fuera generosidad cuando tal vez es solo miedo.
El golpe llegó antes que la respuesta.
Thiago le dio un puñetazo en la cara, el sonido fue seco, horrible, Brand retrocedió contra la pared y una voz femenina gritó.
—¡Thiago!
Elettra estaba al final del corredor, había escuchado, no todo, quizá, pero lo suficiente. Thiago giró hacia ella, el color le desapareció del rostro durante un segundo, luego algo peor ocupó su lugar: vergüenza convertida en rabia.
—Perfecto —murmuró.
—Thiago…
Él negó con la cabeza.
—No.
Pasó junto a ella y se marchó por el corredor, dejando tras de sí el eco de sus pasos, la música amortiguada y una grieta abierta en un sitio donde ya había demasiadas.
Elettra se quedó inmóvil un segundo, luego corrió hacia Brand.
Él estaba inclinado, una mano en la nariz, la sangre le había manchado el labio superior y una gota oscura cayó sobre el blanco de su camisa.
—Déjame ver.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Elettra sacó un pañuelo de su bolso y se acercó. Brand permitió que se lo colocara contra la nariz, sus dedos rozaron su mejilla. Él sintió el contacto y, casi de inmediato, tomó el pañuelo con su propia mano, alejándose de ella, el gesto fue pequeño, pero Elettra lo sintió como una puerta cerrada.
—Ya veo —dijo.
Brand cerró los ojos un segundo.
—Elettra.
—No. Está bien. Ahora incluso mis manos son una imprudencia.
—No digas eso.
—¿Qué quieres que diga? —La voz le tembló, no de debilidad sino de algo peor: celos, resentimiento, amor todavía vivo intentando no parecer humillación—.
¿Que me alegra verte así con ella? ¿Que me conmueve tu repentino sentido del deber?
¿Que no noto cómo la miras, cómo la tocas, cómo te colocas a su lado como si siempre hubieras sabido pertenecerle?
Brand bajó el pañuelo, la sangre volvió a tocarle el labio.
—No hay futuro entre nosotros.
Elettra se quedó quieta, él lo dijo con calma, por eso dolió más.