La última elección 8 Lo que se rompe bajo la música
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8 Lo que se rompe bajo la música

El teatro estaba hecho para que nadie pudiera entrar sin sentirse observado.

No era solo la fachada iluminada, ni las lámparas doradas derramando luz sobre los escalones húmedos, ni la alfombra extendida como una lengua roja hacia el interior.

Era otra cosa. Una respiración colectiva, caliente, perfumada, ávida.

París había acudido al ballet con la excusa del arte y el verdadero apetito del escándalo.

Los Charpentier lo supieron apenas cruzaron las puertas.

El vestíbulo olía a orquídeas blancas, champaña fría, pieles caras y lluvia evaporándose de los abrigos.

Sobre las paredes, carteles art déco anunciaban la función con figuras alargadas, bailarinas suspendidas en un gesto imposible, cuerpos convertidos en geometría y deseo.

En lo alto, los candelabros multiplicaban los diamantes, las perlas, los broches de zafiro, las miradas.

Mujeres con vestidos rectos de seda y espalda descubierta murmuraban detrás de abanicos que ya no eran necesarios, pero seguían siendo útiles para ocultar sonrisas.

Hombres de frac formaban pequeños círculos de poder, hablando de arte con la misma voz con la que hablaban de bancos, política o matrimonios.

Rostov y GICH habían organizado aquella gala con una inteligencia feroz.

Las vitrinas instaladas en los laterales del vestíbulo exponían joyas rusas sobre terciopelo oscuro, junto a bocetos de vestidos de GICH.

Diamantes como hielo imperial, esmeraldas profundas como bosques prohibidos, perlas sobre cuellos de maniquíes vestidos con sedas francesas.

Era una alianza perfecta: el exilio ruso vuelto lujo, la moda parisina convertida en promesa, el dolor histórico envuelto en una luz tan bella que nadie tenía que preguntarse de dónde venía.

Elizaveta se detuvo apenas al verlo, Brand lo sintió en su brazo.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Ella no lo miró de inmediato. Sus ojos grises azulado estaban fijos en una tiara de diamantes y aguamarinas que descansaba bajo el cristal, iluminada como si perteneciera a una zarina muerta.

—Sí —respondió—. Solo… recordé algo.

Brand no preguntó qué, aquello fue nuevo.

Elizaveta volvió el rostro hacia él, sorprendida por el silencio, y encontró no indiferencia, sino cuidado. Esa diferencia la confundió lo suficiente para hacerle bajar la mirada.

—Gracias —murmuró.

Él colocó la mano sobre la suya, apenas un segundo, no hizo falta más, pero París estaba mirando. Una mujer de edad indefinida, con un collar de rubíes demasiado pesado para su cuello delgado, fue la primera en interceptarlos.

—Madame Charpentier —dijo, inclinándose hacia Elizaveta con una sonrisa—. Qué alegría verla. Se habla tanto de usted últimamente que una empieza a sentir que ya la conoce de toda la vida.

Elizaveta sonrió, no dulcemente, esa sonrisa pertenecía a otra parte de ella, la que sabía sentarse en un salón lleno de lobos y hacer que los lobos dudaran de sus propios colmillos.

—Qué peligroso, casi siempre se habla más de lo que se sabe.

Brand sintió una breve satisfacción.

La mujer parpadeó, pero no retrocedió.

—La sociedad se interesa por la felicidad de las familias ilustres.

—Entonces debe aburrirse mucho —dijo Elizaveta—. La felicidad, cuando es real, suele ser bastante discreta.

Brand cubrió una sonrisa inclinando la cabeza.

La mujer miró su vientre.

—Y el heredero, por supuesto. Qué bendición tan pronta.

Elizaveta sintió la mano de Brand cerrarse con más firmeza en su cintura antes de que ella pudiera responder.

—Una bendición privada —dijo él—. Incluso en una noche pública.

El tono fue impecable; la advertencia, no. La mujer comprendió lo suficiente para retirarse con una risa fina.

—Por supuesto, monsieur Charpentier. Por supuesto.

Cuando se alejó, Elizaveta miró a Brand de reojo.

—Eso fue casi grosero.

—Casi.

—Estoy impresionada.

—No lo estés demasiado, me saldrá natural si practico.

Elizaveta sonrió, una sonrisa breve, real.

A pocos pasos de allí, Thiago y Elettra habían quedado atrapados por un grupo social diferente.

Matteo Rinaldi conversaba con un diplomático italiano, mientras Micaela sonreía a su lado con la serenidad de quien entiende que las familias son teatros más complejos que cualquier escenario.

Elettra permanecía junto a Thiago, con una copa intacta entre los dedos.

Su vestido azul profundo absorbía la luz; no brillaba como Elizaveta, no buscaba hacerlo, pero había en ella una dignidad áspera que atraía miradas distintas, menos admiración inmediata, más curiosidad.

—Mademoiselle Rinaldi —dijo una joven con voz de terciopelo y mirada venenosa—, debe resultarle emocionante entrar por fin a la vida social parisina de esta forma.

La frase era amable, la intención, no.

Elettra sintió el filo y enderezó un poco la espalda.

—No es mi primera vez en París.

—No, claro. Pero sí de este modo.

Thiago intervino antes de que Elettra tuviera que decidir si responder con educación o con verdad.

—Elettra conoce París bastante mejor que muchos de los que solo han visto sus salones de baile.

La joven lo miró, contrariada.

—Qué observación tan… poética.

—No era poesía —dijo Elettra, mirándola por fin—. Era precisión.

Thiago bajó la mirada para ocultar una sonrisa, la joven decidió buscar una víctima más cómoda y cuando se marchó, Elettra dejó salir el aire de una forma muy poco femenina.

—No sé si acabo de hacer el ridículo.

—No.

—Parecías divertido.

—Porque lo hiciste bien.

—Eso no significa que no haya sido ridículo.

Thiago se volvió hacia ella, había en sus ojos una suavidad que no intentaba corregirla, y por eso le resultaba más difícil de sostener.

—No tienes que ganarles con sus reglas.

Elettra apretó la copa.

—¿Y si no conozco otras?

—Las inventas.

Ella lo miró, Thiago no sonrió, eso hizo que la frase pareciera más seria de lo que debería; Elettra apartó la vista primero.

Cerca de ellos, Nick y Camille vivían una escena distinta.

A Camille la rodeaban dos mujeres jóvenes que fingían felicitarla por su próxima boda mientras le examinaban el rostro con la precisión cruel de quien busca señales de desgracia. Nick permanecía a su lado, menos brillante que de costumbre, más atento a ella que al público.

—Debe estar tan emocionada —dijo una de ellas—. Una boda a finales de año da tiempo para prepararlo todo con calma.

Camille sonrió.

—La calma rara vez depende del calendario.

Nick ladeó la cabeza.

—En mi experiencia, tampoco de la familia.

Camille lo miró de reojo, como advirtiéndole que no convirtiera aquello en espectáculo, él entendió, por una vez.

—Mademoiselle Camille está ocupada con la galería —añadió Nick, esta vez con una seriedad inesperada—. Su trabajo con Foujita promete ser una de las cosas más interesantes de la temporada.

Camille se quedó inmóvil, no esperaba que él lo dijera, no delante de otros, no con esa naturalidad, no como si su labor importara más que el compromiso. Las mujeres parpadearon, reajustando el ataque.

—Ah, sí, la galería. Qué pasatiempo tan refinado.

Camille abrió la boca, pero Nick habló primero.

—No es un pasatiempo, es trabajo y lo hace bastante mejor que muchos hombres que reciben aplausos por gastar dinero ajeno en cuadros que no entienden.

La frase cayó con una elegancia demoledora. Camille lo miró. Nick no la miraba a ella, miraba a las mujeres, con una sonrisa peligrosa, pero la mano que descansaba junto a la suya se había quedado quieta. Como si no quisiera pedir premio por haber hecho algo correcto.

Una de las mujeres rió con incomodidad.

—Qué devoto se ha vuelto, monsieur Charpentier.

Nick sonrió.

—Estoy ensayando.

Cuando quedaron solos, Camille dijo en voz baja:

—No tenías que hacer eso.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Nick miró el vestíbulo, hacia las joyas, hacia los rostros curiosos.

—Porque era verdad.

Camille no respondió, pero no apartó la mano cuando sus dedos rozaron los de él por accidente.

Al otro lado del vestíbulo, Philip, Millie y Lefèvre observaban a los trillizos como quien contempla tres incendios desde una distancia razonablemente segura.

Lefèvre, con su aire de periodista literario y hombre que se cree menos sentimental de lo que es, sostenía una copa de champaña y miraba a Nick.

—Confieso que nunca había visto a un hombre intentar portarse bien con tanto aspecto de estar cometiendo una infracción.

Millie sonrió.

—Nick considera la decencia una actividad de riesgo.

Philip señaló discretamente hacia Thiago y Elettra.

—Ese trillizo, en cambio, lleva toda la vida practicándola como si hubiera examen al final del día.

—Y aun así parece a punto de suspender —añadió Millie.

Lefèvre miró hacia Brand y Elizaveta.

—Y el mayor de los trillizos me parece menos desagradable de lo que prometía su reputación.

—No te dejes engañar. —Philip bebió un sorbo—. Brand sólo parece humano cuando está confundido.

—Entonces su esposa debe confundirlo mucho —dijo Millie.

Philip observó a Elizaveta apoyada en el brazo de Brand, el collar de diamantes sobre la garganta, la mano de él en su cintura.

—Muchísimo.

Millie bajó la voz.

—Están todos al borde de algo.

—Los Charpentier siempre estamos al borde de algo —dijo Philip con una media sonrisa—. Es nuestra forma más estable de equilibrio.

Lefèvre soltó una risa.

—Eso debería ser el lema familiar.

—No lo digas cerca de Alice —advirtió Millie—. Lo mandaría bordar en servilletas solo para castigarnos.

El llamado a ocupar los palcos llegó como un alivio.

La sociedad empezó a desplazarse hacia el interior del teatro, una corriente de seda, guantes, plumas, bastones y murmullos.

Las luces del auditorio brillaban sobre los terciopelos rojos y el dorado de los balcones.

Abajo, la orquesta afinaba con esa hermosa incomodidad previa a la música: violines tensándose, un oboe cortando el aire, murmullos de cuerdas, pequeños golpes, respiraciones.

Los Charpentier ocuparon su palco, desde allí, el escenario parecía una promesa que aún permanecía cerrada.