7 Antes de que suba el telón #3
—Entonces dime qué esperas que haga —dijo él.
Camille soltó una risa baja, cansada.
—No lo sé.
Nick la miró.
—Camille.
—No lo sé y eso también me molesta. Me gustaría tener una respuesta elegante, una lista exacta de penitencias para entregarte como si esto fuera una negociación de galería.
Pero no sé qué puedes hacer para que deje de dolerme, no sé si puedes hacer algo.
—La honestidad lo dejó sin defensa, ella miró sus guantes, la costura fina sobre los dedos—.
Pero estoy dispuesta a atender tus intentos.
Nick sintió que aquella frase era más de lo que merecía.
—Gracias.
—No me agradezcas demasiado pronto.
—No lo haré.
—Y no confundas esto con perdón.
—No lo hago.
Camille lo observó con desconfianza, quizá esperando la broma que estropearía el momento. No llegó. Nick se inclinó hacia ella.
—Lamento lo que hice. Lo de Thiago. Lo del callejón. Todo. Sé que ya lo dije, pero…
—Nick.
Él se calló. Camille lo miró con los ojos azules más fríos.
—Quiero acciones, no solo palabras, tú eres bueno con las palabras. Puedes pedir perdón como si estuvieras escribiendo una escena hermosa y, por un segundo, hacer que una quiera creerte.
Él tragó saliva.
—Pero no soy bueno cumpliéndolas.
—No siempre.
La frase no fue cruel, fue peor, fue justa.
Nick miró hacia la ventana. París pasaba alrededor como un decorado brillante: tiendas, cafés, mujeres perfumadas, hombres con sombreros negros, charcos llenos de luces.
Todo parecía dispuesto para una noche de belleza y allí, dentro del automóvil, él estaba aprendiendo que ninguna belleza servía si no podía sostener una promesa cuando la música acabara.
—Haré el mayor esfuerzo —dijo al fin— para ser el hombre que tú crees ver dentro de mí.
Camille no respondió enseguida. La frase le tocó algo que no quería mostrar.
Porque sí, aún lo veía. Eso era lo terrible.
Bajo la insolencia, bajo la cobardía, bajo el encanto irresponsable, ella seguía creyendo que había un hombre capaz de más.
No sabía si era intuición o terquedad, no sabía si era amor o ruina.
—No lo hagas por mí —dijo.
Nick la miró.
—¿Entonces por quién?
Camille sostuvo su mirada.
—Por ti. Si lo haces solo por mí, algún día me lo cobrarás.
Nick sintió que la frase le quitaba otra máscara y asintió despacio.
—Entonces empezaré por mí, pero no voy a fingir que tú no importas en el intento.
Camille apartó la mirada, en esa ocasión no lo hizo porque quisiera castigarlo, porque algo en su rostro había empezado a moverse y no estaba dispuesta a dejar que él lo viera todavía.
El automóvil siguió avanzando.
Cuando llegaron a las inmediaciones del teatro, París parecía haberse vestido para ser observado.
La fachada estaba iluminada con lámparas doradas, los coches se alineaban frente a la entrada, dejando descender mujeres envueltas en seda, terciopelo, pieles ligeras y perfumes densos, los hombres ofrecían brazos, sonrisas, nombres, los fotógrafos de sociedad merodeaban cerca de los escalones.
Se escuchaban risas, saludos, el roce de las telas, el chasquido de bastones sobre piedra, el murmullo de quienes acudían al arte con el mismo entusiasmo con que acudían al escándalo.
Los Charpentier fueron llegando uno a uno.
William y Alice primero, serenos, impecables.
Philip después, con Millie y Lefèvre, quien apenas había tenido tiempo de saludar antes de verse atrapado en una conversación incisiva sobre periodismo y cobardía literaria.
Thiago bajó del automóvil con Elettra, ella se veía más rígida de lo que habría querido, pero aceptó su brazo; él no la presionó, solo permaneció allí, firme, como una promesa silenciosa de no dejarla sola entre los lobos.
Brand descendió luego y ofreció la mano a Elizaveta.
Cuando ella apareció, los murmullos cercanos se redujeron un instante.
Elizaveta lo sintió y, por primera vez en mucho tiempo, no se alimentó del efecto como de una victoria; miró a Brand y él colocó una mano en su cintura con naturalidad, solo entonces ella respiró mejor, fue extraño, pero volvió a sentir algo parecido a la seguridad, una de la cual no tenía acceso desde que Alekséi se casó.
Finalmente llegó Nick con Camille.
Camille bajó del automóvil sin sonreír demasiado, hermosa y distante. Nick permaneció a su lado, no demasiado cerca ni demasiado lejos, como un hombre que por fin comprendía que no se gana confianza ocupando espacio, sino aprendiendo a merecerlo.
Los Charpentier quedaron reunidos frente al teatro, bajo las luces doradas, con París respirando alrededor, con la música aún escondida detrás de los muros y todas las tensiones familiares cuidadosamente vestidas de gala, parecían una familia perfecta.
Durante un segundo.
Solo durante un segundo.
Luego Millie miró a todos, sonrió con una mezcla de placer periodístico y horror fraternal, y murmuró:
—Qué maravilla. Todos parecen comportarse.
Philip le ofreció el brazo.
—No seas ingenua.
La puerta del teatro se abrió ante ellos.
Y, con ella, la noche.