7 Antes de que suba el telón #2
Nada más. Thiago miró a su hermano, Elizaveta miró a Elettra y Elettra miró a Elizaveta; ahí ocurrió lo inevitable.
Elizaveta estaba deslumbrante. No hermosa de salón.
No adecuada. Deslumbrante. El embarazo le daba una suavidad carnal que hacía más intensa su blancura, más profundo el brillo de sus ojos, más hipnótico el contraste del cabello negro con los diamantes sobre la garganta.
El collar de los Charpentier parecía haber sido hecho para ella, lo cual era absurdo, injusto y absolutamente evidente.
Elettra sintió un golpe de celos tan rápido que le avergonzó antes incluso de entenderlo, no era solo Brand, no solo el modo en que él había bajado las escaleras con Elizaveta del brazo, ni la manera en que había colocado una mano en su cintura con una naturalidad que no parecía obligación.
Era todo. La belleza de Elizaveta. Su embarazo.
El collar. La pertenencia. La forma en que, aun siendo extranjera, aun siendo peligrosa, parecía haber encontrado en aquella familia un lugar visible, irrevocable, marcado por un hijo.
Elettra sintió el recelo en la boca, amargo como café frío.
Thiago lo vio, Brand también, y el efecto fue inmediato.
Thiago se apartó medio paso, no mucho, no lo suficiente para que pareciera una escena, solo lo necesario para que Elettra sintiera la pérdida de su presencia antes de comprender que él se había sentido herido.
Elizaveta bajó la mirada a la mano de Brand, entonces, como si entendiera algo que no quería formular en voz alta, Brand deslizó su brazo por la cintura de su esposa y la acercó a él.
No de forma posesiva, no del todo, fue un gesto firme, una elección visible.
Elizaveta contuvo la respiración, a calidez de Brand a su lado la envolvió con una seguridad inesperada.
Elettra lo vio también y Thiago, aunque miraba hacia otro sitio, no pudo evitar notarlo.
Elettra reaccionó demasiado tarde, dio un paso hacia Thiago.
—Thiago…
Pero en ese momento, William, Alice y Millie comenzaron a bajar la escalera principal. La interrupción cayó con la precisión de un telón.
Alice llevaba un vestido plata pálido, elegante y sereno, con perlas en la garganta.
William descendía a su lado, solemne, correcto, cargando sobre los hombros esa autoridad que parecía volver más recta la casa.
Millie iba detrás con un vestido negro de corte moderno, menos ornamental que el de las demás mujeres, con un chal bordado traído quizá de alguno de sus viajes y los ojos violetas encendidos de curiosidad, no necesitó preguntar nada, percibió la tensión en el aire como un animal salvaje percibe el agua antes de verla.
Miró a Brand, luego a Elizaveta, a Elettra y luego a Thiago. Y finalmente, al espacio exacto entre todos ellos.
—Qué interesante —dijo.
Alice suspiró.
—Millie.
—No he dicho nada.
—Lo pensaste en voz alta.
—Eso se llama periodismo familiar.
Nick apareció desde el corredor, ajustándose un guante con una sonrisa torcida y peligrosa.
—¿Llegué tarde a una tragedia o aún estamos en el primer acto?
—Nicholas —dijo William.
—Veo que sí.
Philip bajó al final, con el abrigo sobre un brazo y la expresión de quien lamentaba haber dejado un libro por una obra teatral que, sospechaba, iba a producirse antes de llegar al teatro.
Millie, observando la acumulación de silencios, levantó una mano.
—Propongo algo. Las mujeres viajamos juntas.
La respuesta fue inmediata, un «No» rotundo por parte de todos los hombres. Incluso Philip murmuró:
—Sería imprudente.
Millie los miró a todos, impactada.
—Vaya. Qué coro tan masculino y aterrorizado.
Alice se llevó los dedos a la sien.
—No es mala idea, pero quizá no esta noche.
—Madre, eso significa que es una idea excelente.
Philip se acercó a Millie con una sonrisa ladeada.
—Ven conmigo. Pasaré por Lefèvre antes del teatro. Seguramente ustedes dos tendrán cosas de qué hablar y, además, es el único coche donde nadie intentará resolver un triángulo emocional antes de llegar a la primera avenida.
Millie abrió los ojos con interés.
—¿Lefèvre irá?
—Sí.
—Entonces acepto. Pero solo porque necesito interrogarlo sobre ciertas columnas que ha estado publicando con mucha cobardía.
—Estoy seguro de que se sentirá halagado.
—Debería sentirse amenazado.
Nick se rió.
—Definitivamente volvió nuestra hermana.
William organizó los coches con una eficacia cansada, Alice iría con él, Brand con Elizaveta, Thiago con Elettra. Philip con Millie para pasar por Lefèvre y Nick anunció que iría a buscar a Camille.
—Procura llegar al teatro sin escándalos —dijo William.
Nick se inclinó en una reverencia.
—Padre, me hieres. Soy un hombre reformándose.
—Eso suele ser más peligroso que uno perdido —murmuró Brand.
Nick le guiñó un ojo.
—Querido hermano, tu incomodidad matrimonial te ha dado un sentido del humor casi humano.
Luego salió hacia su automóvil, riéndose de aquella tensión como si no le doliera nada, como si no llevara en el pecho la imagen de Camille cruzada de brazos, apartándole la cara en un café de Montparnasse, pero la llevaba y por eso fue puntual.
La casa de Camille estaba iluminada con una sobriedad impecable.
En la entrada, dos faroles doraban la piedra mojada y el automóvil de Nick se detuvo junto al bordillo con un susurro de neumáticos sobre agua.
Él bajó antes de que el chofer abriera del todo la puerta y se quedó esperando al pie de la escalinata.
Camille salió unos minutos después y Nick olvidó, durante un instante, cualquier frase que hubiera preparado.
Ella llevaba un vestido azul noche que hacía que sus ojos parecieran aún más claros, casi de un azul imposible bajo la luz de los faroles.
El cabello rubio estaba recogido con ondas suaves, dejando al descubierto la línea delicada del cuello.
No había exceso en ella. Ni diamantes deslumbrantes, ni plumas teatrales, ni intención de provocar una entrada dramática.
Y, sin embargo, se veía preciosa de una manera que dolía más porque no parecía haberlo intentado.
Nick dio un paso hacia ella.
—Camille.
Ella lo miró apenas.
—Monsieur Charpentier.
El tratamiento formal fue un golpe pequeño, bien colocado.
Él lo aceptó con una sonrisa más tenue.
—Estás preciosa.
—Gracias.
Nada más.
Nick le ofreció la mano para ayudarla a bajar el último escalón y subir al automóvil.
Camille la miró como si evaluara si aceptar aquel gesto implicaba conceder algo más grave que equilibrio, finalmente apoyó los dedos sobre los de él.
El contacto fue breve, frío por los guantes, aun así, Nick lo sintió.
La ayudó a subir con cuidado, luego entró frente a ella, la puerta se cerró y el automóvil comenzó a avanzar hacia el teatro.
Durante los primeros minutos, solo se escuchó el motor, la lluvia fina contra el cristal y el rumor lejano de París preparándose para la noche, los cafés estaban llenos, las marquesinas brillaban, mujeres con labios oscuros reían bajo paraguas.
En alguna esquina, un músico tocaba una melodía de jazz que parecía demasiado viva para una ciudad tan obsesionada con fingir compostura.
Nick miró a Camille, pero ella miraba por la ventana.
—¿Foujita aceptó? —preguntó él.
Camille giró apenas el rostro.
—¿Cómo sabes que me reuní con Foujita?
—Tengo una relación complicada con la información.
—Eso no responde.
—Pregunté en la galería.
—Ah.
—No amenacé a nadie.
—Qué progreso.
Nick aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—¿Aceptó?
Camille tardó un segundo en responder.
—Está interesado, quiere ver las condiciones por escrito antes de comprometerse con fechas.
—Sensato.
—Lo es.
—También lo fuiste tú.
Ella lo miró ahora.
—¿Me viste?
Nick supo que mentir habría sido cobarde.
—Sí.
Camille se quedó quieta.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Lo suficiente para darme cuenta de que sabes negociar mejor que varios hombres que conozco.
—Eso no es un cumplido difícil.
Nick sonrió.
—No, pero era sincero.
Ella apartó la mirada, el silencio volvió, aunque esta vez menos frío. Nick lo intentó de nuevo.
—La ciudad está insoportable esta noche, eso suele significar que la gala será un éxito o una ejecución pública.
Camille no sonrió.
—No tienes que hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Llenar todo de frases para que parezca que estamos bien.
La sonrisa de Nick se apagó.
Camille volvió hacia él con calma, pero no con suavidad.
—No es posible, Nick. No con esa facilidad.
Él bajó la mirada a sus manos.
—Lo sé.
—No lo parece.
—Porque soy malo demostrando que sé cosas serias sin convertirlas en algo soportable.
—Pues no lo conviertas.
Nick respiró hondo. El coche giró por una avenida más amplia. Las luces se movieron sobre el rostro de Camille, alternando sombra y dorado. Era hermoso. También era injusto que algo tan bello pudiera mirarlo con tanta distancia.