La última elección 7 Antes de que suba el telón
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7 Antes de que suba el telón

Cuando Brand entró en la habitación, Elizaveta estaba casi terminada. Casi. Porque en las mujeres como ella, pensó él desde el umbral, la belleza no terminaba nunca de cerrarse.

Siempre quedaba un gesto más, una sombra más en los ojos, una inclinación de cuello, una respiración que cambiaba la tela sobre el pecho y obligaba a cualquier hombre con sangre en el cuerpo a comprender que había criaturas hechas no para ser miradas, sino para volver culpable la mirada.

La habitación olía a polvo de arroz, perfume de violetas, seda recién desplegada y esa nota tibia de las velas que las doncellas habían encendido demasiado temprano para volver más dorado el espejo.

Afuera, París acababa de encender sus primeras luces.

La tarde, ya azul, se deslizaba sobre los tejados húmedos, sobre los faroles, sobre los cristales de los automóviles que aguardaban abajo con los chóferes de guantes oscuros y rostros disciplinados.

Elizaveta estaba de pie frente al espejo largo.

Llevaba un vestido de noche color marfil perlado, de caída limpia, bordado con hilos plateados que atrapaban la luz en movimientos breves, casi líquidos.

No era un vestido exagerado, no necesitaba serlo.

La tela caía sobre sus hombros blancos, se ceñía con elegancia bajo el pecho y luego descendía con una suavidad calculada sobre la curva de su vientre; aquella curva, que semanas antes parecía un secreto, ahora empezaba a tener presencia propia: una promesa redonda, íntima, que transformaba su cuerpo sin quitarle nada de su peligro.

Al contrario.

El embarazo le había dado una luminosidad extraña, casi imposible.

La piel mortalmente blanca parecía encendida desde dentro; el cabello negro, recogido en ondas suaves contra la nuca, resaltaba aún más el gris azulado hipnótico de sus ojos.

Había algo irreal en ella, como si una bailarina rusa hubiera escapado de un escenario nevado para aparecer en una mansión parisina, vestida de luna, con un hijo creciendo bajo el corazón.

Brand se quedó mirándola más tiempo del correcto.

Elizaveta lo vio a través del espejo y sonrió, no con cálculo, ni con desafío.

Sonrió porque esa noche iría al ballet y el entusiasmo, pese a todos sus esfuerzos, se le había filtrado por la piel.

Era una felicidad difícil de esconder, más antigua que su matrimonio, más antigua incluso que París.

Venía de otro país, de salones helados, de barras de ensayo, de zapatillas gastadas y música que había sido, alguna vez, su forma de respirar.

Se volvió hacia él con una ligereza casi infantil y extendió los brazos para enseñarle su aspecto.

—¿Cómo me veo?

La pregunta lo tomó desprevenido, no porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta más honesta no parecía caber en una frase social. Brand cerró la puerta detrás de sí y avanzó unos pasos.

—Preciosa.

Elizaveta bajó los ojos, complacida a pesar de sí misma.

—Eso fue rápido.

—No necesitaba pensarlo.

Ella lo miró con atención nueva. Brand no solía regalar frases así. En él, incluso los cumplidos parecían haber tenido que cruzar una aduana moral antes de salir de su boca.

—El embarazo te sienta muy bien —añadió.

Elizaveta llevó una mano al vientre, fue un gesto pequeño, y protector. Brand lo observó con una intensidad que le calentó la piel.

—¿Sí?

—Sí.

Luego él inclinó un poco la cabeza, estudiándola.

—Pero te falta algo.

La sonrisa de Elizaveta se debilitó un poco.

—¿Algo?

Su mirada bajó al vestido, a los guantes, al peinado, a los zapatos delicados que apenas se veían bajo el bajo de la falda. Brand se acercó a la cómoda y tomó una caja de terciopelo azul oscuro.

—Vuelve al espejo.

Elizaveta frunció ligeramente el ceño, pero obedeció.

Ese simple hecho, que obedeciera sin morder la orden, le resultó a Brand más íntimo de lo que habría sido una caricia.

Se colocó detrás de ella. El espejo los reunió en una sola imagen: ella, clara, luminosa, con los ojos abiertos por la curiosidad; él, oscuro, serio, demasiado contenido, con la caja entre las manos como si no estuviera ofreciendo una joya, sino algo mucho más difícil de nombrar.

La abrió.

El collar descansaba sobre la tela azul como una constelación.

Diamantes, no demasiados, ni un exceso vulgar.

Una línea exquisita de piedras limpias, frías, perfectamente cortadas, unidas por una montura fina que parecía hecha para tocar la garganta de una reina joven o de una mujer que aún no sabía si quería ser salvada.

Elizaveta no habló y Brand levantó el collar.

—Permíteme.

Ella tragó saliva.

Él pasó la joya frente a su cuello con cuidado, sus dedos rozaron apenas la piel de la nuca al abrocharlo y Elizaveta sintió aquel contacto como una llama mínima escondida bajo hielo.

No se movió. En el espejo, sus ojos siguieron los de él.

Brand tardó un segundo más de lo necesario en retirar las manos.

El collar cayó sobre su garganta con una perfección casi cruel.

Elizaveta lo tocó con los dedos, impresionada.

—Brand…

—Era de mi abuela.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Por qué me lo das?

Brand miró el reflejo de su mano sobre los diamantes, luego el rostro de ella, impresionado y extasiado.

—Porque esta noche querías volver a algo que fue tuyo, pensé que debías hacerlo con algo que ya fuera de esta familia.

Elizaveta no supo qué decir, eso era raro, ella siempre sabía qué decir. En los salones, en las discusiones, en las camas equivocadas, en los momentos en que una palabra podía ser cuchillo, venda o veneno; pero aquella frase no le dejó lugar donde colocar una defensa.

Se volvió hacia él, la emoción le cruzó los ojos antes de que pudiera ocultarla, un segundo.

Luego se acercó y lo besó; no fue un beso largo al principio, fue un impulso, una gratitud salida del cuerpo antes que de la estrategia.

Sus labios tocaron los de Brand con suavidad, casi con torpeza, como si Elizaveta misma se sorprendiera de haber elegido un gesto tan simple para responder.

Brand se quedó quieto, un latido… dos y entonces algo despertó en él.

Lo reconoció, no era ternura, era una chispa más antigua, más física, más peligrosa.

La misma que había sentido aquella noche en que todo entre ellos había dejado de ser cálculo y rabia para volverse cuerpo; la noche en que terminaron enredados en una intimidad demasiado intensa, demasiado verdadera en su desorden, y de la cual había nacido el hijo que crecía entre ambos como consecuencia viva.

Brand alzó una mano hacia la nuca de Elizaveta y la besó de regreso, más intenso y profundo. Ella soltó un pequeño sonido contra su boca y se pegó a él, sus manos subiendo al borde de su chaqueta. El beso cambió de temperatura, se volvió menos agradecimiento y más hambre, menos gesto y más memoria.

Brand sintió el perfume de su piel, el calor de sus labios, la seda del vestido bajo sus dedos.

Luego, al acercarla más, sintió la curva de su vientre contra su cuerpo.

Su hijo. Aquello lo detuvo con una brusquedad silenciosa.

Cortó el beso, pero no se apartó del todo.

Bajó la mirada hacia el vientre de Elizaveta, y la mano que estaba en su cintura descendió despacio hasta posarse sobre aquella curva.

Elizaveta respiraba con los labios entreabiertos.

No dijo nada. Brand tocó el vientre con una delicadeza que no parecía pertenecer a sus manos, siempre tan acostumbradas al control.

La caricia fue lenta, circular, casi incrédula.

Algo en su rostro se desarmó. No lo suficiente para que cualquiera lo viera, pero sí para ella.

Luego levantó la vista y le sonrió, una sonrisa mínima. Privada. Elizaveta sintió que el corazón se le movía de una forma incómoda.

—Debemos irnos —dijo él, en voz baja.

Ella asintió.

Pero cuando Brand se apartó para ofrecerle el brazo, Elizaveta tardó un instante en tomarlo.

Seguía extrañada por el beso, por la forma en que él la había detenido no por rechazo, sino por conciencia del niño.

Había algo nuevo en Brand o quizá algo antiguo, escondido, que por fin comenzaba a mostrarse en pequeñas grietas.

Dulzura.

La palabra le pareció peligrosa, aun así, le gustó.

Bajaron juntos las escaleras. El mármol del vestíbulo brillaba bajo las lámparas, los criados se movían con esa eficiencia muda que antecedía las salidas importantes: abrigos listos, guantes acomodados, bastones, sombreros, puertas abiertas y el rumor de automóviles esperando en la noche húmeda de París.

Thiago y Elettra ya estaban allí.

Elettra llevaba un vestido azul profundo, casi tinta, de líneas sobrias.

No tenía el esplendor escénico de Elizaveta ni la dulzura elegante de Camille, pero había en ella una dignidad severa, una belleza sin concesiones que parecía resistirse a pedir aprobación.

El cabello café estaba recogido bajo un adorno sencillo y en sus orejas brillaban pendientes pequeños.

Se veía incómoda dentro de su propio refinamiento, como si la tela fuera correcta pero el mundo al que pertenecía esa tela aún no la hubiera aceptado.

Thiago estaba a su lado, impecable en traje de noche, sin embargo, no parecía tranquilo, parecía atento. No a la puerta, ni a los coches, ni a la puntualidad, a ella.

Cuando Brand y Elizaveta descendieron el último tramo, la mirada de Brand se encontró con la de Elettra, fue apenas un instante, pero bastó.

La incomodidad le cruzó el cuerpo de una manera tan sutil que casi nadie lo habría notado.

Casi. Elizaveta lo sintió en el brazo que sostenía, en la forma en que los dedos de Brand se tensaron bajo su guante, en el silencio mínimo que cayó antes de que él saludara.

—Elettra —dijo él.

—Brand.