6 El corazón y la cabeza #3
La sonrisa desapareció, obediente, pero los ojos le quedaron tibios.
—Mi familia no necesita que seas como Elizaveta o Camille.
—Eso dices ahora.
—Lo digo porque es verdad.
—Las familias como la tuya siempre dicen admirar la autenticidad hasta que alguien auténtico derrama vino en una alfombra.
Thiago se acercó otro paso.
—Mi familia tiene suficientes alfombras.
Elettra lo miró, irritada.
—Thiago.
—Y suficientes personas capaces de fingir sin cansarse. Lo que tienes en la cabeza y en el corazón les interesará más.
La frase la dejó inmóvil, no porque fuera halagadora, sino porque le dolió.
Elettra sintió que algo se le encogía dentro con una vergüenza súbita, inesperada.
Cabeza y corazón. Qué palabras tan limpias.
Qué palabras tan peligrosas cuando una no está segura de poseer suficiente de ambas para entrar en una casa como la suya sin quedar expuesta.
—No sabes eso —dijo.
—Sí lo sé.
—No me conoces tanto.
—Conozco lo suficiente.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Eso es exactamente lo que diría un hombre educado para creer que su juicio es una brújula infalible.
Thiago aceptó el golpe.
—Puede ser.
Elettra lo miró, sorprendida de que no se defendiera.
Él continuó:
—Pero también sé que Lilianne confía en ti.
Que los niños te respetan. Que cuando hablas de este lugar no intentas parecer generosa, sino responsable.
Que Camille te habría descubierto en una mentira antes de la segunda frase y Millie acaba de decidir que le interesas en menos de un minuto, lo cual debería preocuparte, pero también significa algo.
—Significa que tu hermana es curiosa.
—Significa que no eres invisible.
Elettra apartó la vista. Ahí estaba, el punto exacto; no era que temiera hacer el ridículo.
Temía volverse evidente por las razones equivocadas.
Entrar al mundo Charpentier y que todos vieran de inmediato lo que ella sentía que le faltaba: la educación perfecta, el aplomo heredado, el brillo social, ese idioma de los salones que otras mujeres hablaban con las pestañas, con las manos, con el silencio.
Poco importaba haber nacido Rinaldi, poco importaba que su apellido tuviera dinero.
Había partes de la aristocracia que no se compraban, se respiraban desde la cuna o se fingían durante años.
Ella no estaba segura de poder hacer ninguna de las dos cosas.
—No estoy a la altura de tu familia —dijo al fin.
Thiago no reaccionó de inmediato, quizá porque la frase no pedía consuelo rápido y Elettra se arrepintió apenas la dijo. Enderezó la espalda como si pudiera recoger la confesión y volver a guardarla en algún sitio menos visible.
—Olvídalo.
—No.
—Era una frase estúpida.
—No lo era.
—No necesito que me contradigas por cortesía.
Thiago dio un paso final hacia ella, ahora estaban lo bastante cerca para que Elettra distinguiera el color exacto de sus ojos violetas bajo la luz gris, menos intensos que los de Nick en apariencia, pero más hondos. Más difíciles de esquivar cuando se quedaban quietos.
—Mi familia no es una altura —dijo—. No tienes que escalarla.
Elettra tragó saliva.
—Eso suena bonito.
—No intentaba sonar bonito.
—Peor. Entonces quizá lo crees.
—Lo creo.
La respuesta fue tan sencilla que ella no supo qué hacer con ella.
De pronto, el patio pareció demasiado silencioso.
Dentro, Lilianne y Millie seguían hablando, pero sus voces llegaban amortiguadas.
Afuera, París quedaba lejos. Allí solo existían el olor a tiza, la lluvia suspendida, el rojo de una pelota infantil y Thiago mirándola como si no estuviera examinando sus fallas, sino esperando a que ella dejara de usarlas como argumento contra sí misma.
Elettra bajó la voz.
—Tú sí estás a la altura de ellos.
Thiago sonrió apenas, pero esta vez con tristeza.
—No siempre.
—Thiago…
—Soy bueno cumpliendo papeles, pero eso no significa que sepa vivir dentro de ellos.
—Ella lo miró con más atención; él apartó los ojos hacia el patio—.
Mi familia me ve como el razonable, el que no rompe cosas.
El que calma, repara, sostiene. El que puede casarse con una mujer que no lo quiere porque sabrá ser decente al respecto.
Elettra sintió que la frase se le clavaba.
—No dije que no te quisiera.
Thiago volvió a mirarla, el silencio entre ambos cambió por completo.
Elettra se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho, no era una declaración, no exactamente; pero tampoco era nada.
La negación había salido sola, rápida, casi herida, como si alguna parte de ella se hubiera negado a permitir esa injusticia, aunque no supiera qué verdad poner en su lugar.
Thiago no se aprovechó, ese fue su gesto más peligroso, solo asintió con una suavidad que la hizo sentir aún más expuesta.
—Lo sé.
Elettra respiró hondo.
—No compliques las cosas.
—No lo haré.
—Ya están complicadas.
—Sí.
La honestidad de ambos quedó allí, pobre y enorme.
Un grupo de niños cruzó corriendo el corredor interior.
Uno de ellos se asomó al patio, vio a Thiago y abrió la boca para gritar su nombre, pero una cuidadora lo atrapó por los hombros y lo condujo de vuelta a clase.
Elettra agradeció la interrupción incluso si no había ocurrido del todo.
—Sobre la gala —dijo, aferrándose al tema como a una baranda para permanecer estable—. ¿Qué debo llevar?
Thiago pareció entender que ella necesitaba volver a tierra firme.
—Lo que quieras.
—Esa es una respuesta inútil.
—Entonces algo con lo que puedas respirar.
Elettra lo miró como si hubiera dicho algo raro.
—Las mujeres no suelen vestirse para respirar en esos eventos.
—Tal vez por eso están tan dispuestas a desmayarse en los pasillos.
Ella soltó una risa pequeña antes de poder evitarlo.
Thiago sonrió.
—Si quieres, mi madre puede aconsejarte o Micaela.
Elettra se tensó un poco.
—No sé si quiero que tu madre me vea como un proyecto.
—Mi madre ve a todos como proyectos. A sus hijos los lleva corrigiendo desde antes de que naciéramos.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería, es temible.
Elettra volvió a reír, más bajo y el mundo pareció menos pesado.
Lilianne apareció en la puerta con Millie a su lado, ambas traían expresión de conspiración recién nacida. Millie sostenía la libreta llena de anotaciones y Lilianne parecía satisfecha de haber encontrado por fin a alguien capaz de convertir su indignación en tinta útil.
—Interrumpimos —dijo Lilianne, con una sonrisa que indicaba que no lo lamentaba en absoluto.
Thiago se separó un poco de Elettra, demasiado rápido. Millie lo notó, por supuesto.
—Qué interesante —murmuró.
—No —dijo Thiago.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Ya ibas a hacerlo.
—Eso es censura preventiva, como periodista, me ofende.
Lilianne miró a Elettra.
—Millie quiere ver los dormitorios y hablar con madame Corinne sobre las comidas.
—La llevaré —dijo Elettra.
—Excelente. Yo debo revisar unas cuentas antes de que me provoquen un ataque de honestidad homicida.
Millie guardó el lápiz en el bolsillo.
—Thiago, ¿nos esperas?
—Sí.
—Bien. Luego seguiremos hablando de tu boda.
Él cerró los ojos. Elettra miró a Millie con renovado interés.
—¿Sobre su boda?
—Parece que nadie quiere contarme nada interesante, así que tendré que arrancarlo poco a poco.
—En ese caso —dijo Lilianne—, empieza por Nick. Siempre cede antes si lo halagan y luego se le insulta con precisión.
—Lo sé. Fui doncella con él.
Thiago suspiró con resignación absoluta.
Elettra empezó a caminar con Millie hacia el corredor, antes de entrar, volvió la cabeza hacia Thiago.
—Pensaré en lo de la gala.
—Gracias.
—No me agradezcas, si hago el ridículo, fingirás no conocerme.
Thiago la miró con una seriedad suave.
—No haré eso.
Elettra no supo qué responder, así que se fue. Millie caminó a su lado, silenciosa durante tres pasos exactos. Al cuarto, sonrió.
—Te mira como si fueras una pregunta que le da miedo responder.
Elettra casi tropezó.
—¿Siempre habla así?
—No. A veces soy menos delicada.
—Entonces tendré que acostumbrarme.
—Sí —dijo Millie, mirándola con una mezcla de diversión y ternura inesperada—. Creo que tendrás que acostumbrarte a muchas cosas.
Elettra apretó la carpeta contra el pecho, no respondió, pero mientras avanzaban por el pasillo del orfanato, entre olor a jabón barato, sopa caliente y madera húmeda, sintió que algo dentro de ella se movía con incomodidad.
No era miedo solamente. Era la sospecha de que aquel matrimonio de nombre, aquel pacto de distancia, aquella vida que había creído poder ordenar con reglas claras, empezaba a llenarse de voces, miradas, familias, niños, hermanas periodistas y un hombre demasiado tranquilo para no volverse peligroso.
Atrás, en el patio, Thiago permaneció solo bajo el corredor, miró la pelota roja junto a la pared, luego la puerta por donde Elettra se había ido y comprendió, con una claridad cansada, que nada de aquello sería tan sencillo como había prometido.
Ni para ella.
Ni para él.
Ni para el corazón, que tenía la pésima costumbre de entrar en las habitaciones justo cuando todos habían acordado dejarlo fuera.