La última elección 6 El corazón y la cabeza #2
23%

6 El corazón y la cabeza #2

Millie abrió los ojos con diversión, Thiago se quedó helado, y Lilianne, que se acercaba, soltó una carcajada.

—No, Céleste. Esa es su hermana.

La niña evaluó a Millie con la seriedad de un juez.

—Se parecen menos.

—Gracias a Dios —dijo Millie.

Thiago suspiró.

Lilianne llegó hasta ellos, todavía sonriendo. Al ver a Millie, su expresión cambió hacia una sorpresa genuina, casi luminosa.

—Millicent Charpentier.

—Lilianne Donovan.

Ambas se miraron como se miran dos mujeres que han oído hablar demasiado una de la otra y están decidiendo cuánto de esos rumores vale la pena conservar. Millie extendió la mano.

—Tenía muchas ganas de verte en tu reino.

Lilianne aceptó el saludo.

—Esto es una república mal alimentada y bastante ruidosa.

—Las repúblicas interesantes suelen empezar así.

Lilianne sonrió más.

—Me alegra que hayas venido.

—Me alegra que aceptaras el reportaje.

—Acepté antes de que me lo pidieras —dijo Lilianne—. Al fin alguien escribirá sobre este lugar como es debido, sin contar niños como si fueran medallas en el pecho de una dama caritativa.

Millie sacó la libreta de su bolsillo.

—Oh, te advierto que puedo ser implacable.

—Eso espero. La publicidad tibia sólo sirve para envolver pescado.

Thiago las escuchó con una mezcla de alivio y resignación. Millie y Lilianne juntas eran una combinación peligrosa: una periodista con hambre de verdad y una mujer que había dejado de pedir perdón por tener carácter. París no estaba preparado, ninguna ciudad lo estaba.

Los niños fueron llamados por una cuidadora, se dispersaron con quejas, risas y la lentitud exagerada de quienes desean que los adultos olviden la orden antes de llegar al corredor.

Fue entonces cuando apareció Elettra.

Venía desde el interior del edificio con una carpeta contra el pecho, el cabello recogido de manera severa y manchas de tiza en los dedos.

Llevaba un vestido de lana gris oscuro, de líneas limpias, demasiado sencillo para los salones y demasiado digno para la pobreza del lugar.

La luz del patio le tocó la cara al salir, marcándole la serenidad del perfil, la boca firme, los ojos atentos.

Thiago dejó de escuchar a Lilianne, no fue evidente para todos, pero para Lilianne, sí y para Millie, también.

Elettra se detuvo al ver al grupo, primero miró a Lilianne, luego a Millie, después a Thiago.

Su expresión no cambió demasiado, pero algo en sus ojos se suavizó al verlo allí, rodeado todavía por el eco de los niños.

—Buenos días —dijo.

Thiago abrió la boca, pero no dijo nada. Lilianne lo miró, luego miró a Millie, luego volvió a Thiago con una sonrisa lenta, malvada.

—Qué curioso —murmuró—. Monsieur Charpentier, tan atento con los niños, ha olvidado las reglas más básicas de presentación.

Thiago parpadeó.

—Yo…

Millie se volvió hacia él con interés feroz.

—¿No vas a presentarnos?

Thiago miró a Elettra. Elettra lo miró de vuelta.

Él pareció quedarse atrapado en algo que ni siquiera era deseo puro, sino una incomodidad más profunda: la de no saber cómo nombrar a una mujer que le importaba delante de una hermana que le leería hasta el pulso.

Millie no esperó, dio un paso hacia Elettra y extendió la mano.

—Millicent Charpentier. Millie, salvo que esté frente a alguien que quiera venderme algo, censurarme o casarme.

La boca de Elettra se curvó apenas.

—Elettra Rinaldi.

—Ah. —Millie giró despacio hacia Thiago. La palabra “ah” tuvo el peso de una novela entera.

Thiago carraspeó.

—Elettra es… —Se detuvo; Lilianne apoyó una mano en la cintura, disfrutando cada segundo, Elettra alzó apenas las cejas y Thiago, por fin, pareció despertar—. Mi prometida.

Millie abrió un poco los ojos, no por sorpresa social, por sorpresa real; miró a Elettra de nuevo, como si acabaran de entregarle una página esencial que alguien había arrancado del libro familiar.

—Tu prometida.

—Sí —dijo Thiago.

Lilianne soltó una risa baja.

—Sí, Millie. Todo está hecho una locura.

—Eso empiezo a notarlo.

Elettra bajó la mirada a su carpeta, no parecía avergonzada, pero había una tensión nueva en sus hombros.

La palabra prometida, pronunciada así, en el patio del orfanato, entre niños, tiza y olor a sopa, adquiría una solidez extraña.

En los salones, las promesas matrimoniales podían parecer decorativas.

Allí no. Allí sonaban como una estructura que alguien empezaba a levantar alrededor de dos personas que todavía no sabían si querían vivir dentro.

Lilianne tomó del brazo a Millie.

—Ven. —Lilianne tomó del brazo a Millie—. Antes de que tu hermano muera de incomodidad y tengamos que explicar a la tía que lo perdimos por falta de habilidades sociales.

—¿Thiago? Imposible. Él nació sabiendo disculparse.

—Entonces ven rápido. Esta escena empieza a necesitar privacidad.

Millie permitió que Lilianne la guiara hacia el interior, pero antes lanzó a Thiago una mirada llena de promesas.

—Luego hablaremos.

—Eso suena a amenaza.

—Lo es.

Lilianne se inclinó hacia Elettra al pasar.

—No lo mates. Todavía lo necesitamos para cargar cajas.

—Haré lo posible —respondió Elettra.

Thiago exhaló cuando ambas desaparecieron.

El patio quedó más amplio, más callado. Desde el interior llegaba la voz de Lilianne explicando algo sobre dormitorios, donaciones, libros de registro y la necesidad de que el reportaje no convirtiera a los niños en adornos sentimentales.

Millie hacía preguntas rápidas, su lápiz raspaba el papel con una energía casi agresiva.

Thiago y Elettra permanecieron bajo el corredor.

La lluvia había vuelto a insinuarse en gotas diminutas que no llegaban a caer del todo, el aire olía a tierra mojada, carbón y pan tostado, un niño olvidó una pelota junto a la pared; el rojo de la tela parecía una mancha viva contra la piedra gris.

—Tu hermana es… intensa —dijo Elettra.

Thiago miró hacia la puerta por donde Millie se había ido.

—Sí.

—Me agrada.

—Eso suele ocurrir antes de que empiece a hacer preguntas.

—Las preguntas no me asustan.

—Entonces quizá le agradarás demasiado.

Elettra hizo un amago de sonrisa.

El silencio que vino después no fue incómodo al principio, luego sí; no porque faltaran palabras, sino porque ambos parecían tener demasiadas y ninguna lo bastante segura.

Thiago fue quien habló.

—Mi familia asistirá a la gala del ballet.

Elettra lo miró.

—Lo imaginé. Rostov y GICH la están promoviendo. Lilianne recibió una invitación, aunque dijo algo sobre preferir tragarse un alfiler antes que compartir palco con ciertos filántropos.

—Eso suena a Lilianne.

—Lo es.

Thiago entrelazó las manos detrás de la espalda.

—Lo indicado sería que acudieras conmigo.

La frase salió correcta, demasiado correcta.

Elettra la recibió con una calma que no le costó poco.

—De acuerdo.

Thiago la miró, sorprendido por la facilidad.

—¿De acuerdo?

—Soy tu prometida, ¿no? —dijo ella, aunque la palabra todavía parecía incómoda en su boca—. Si tu familia va, y si mi familia estará vinculada a la gala, lo razonable es que aparezcamos juntos.

—No quería imponértelo.

—No lo has hecho.

—Elettra…

—Acepto, Thiago.

Él inclinó la cabeza, por un instante, ella creyó que ahí terminaría todo: una invitación, una aceptación, un silencio; pero algo en su pecho empezó a cerrarse de una forma inesperada.

La gala. El ballet. Los Rostov. GICH. Los Charpentier.

Aquellos nombres no eran simples nombres, eran puertas, salones, linajes.

Mujeres con guantes adecuados que sabían cuándo reír, cuándo callar, cuándo permitir que un hombre creyera haber dicho algo ingenioso.

Eran madres capaces de leer una alianza en la forma de colocar una copa; eran primas hermosas, esposas correctas, jóvenes educadas desde niñas para caminar como si el suelo les perteneciera.

Elettra bajó la mirada hacia sus manos manchadas de tiza.

—Aunque debo advertirte algo. —Thiago esperó—. No sé comportarme en sociedad.

Él frunció ligeramente el ceño.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. —La voz de Elettra no fue dramática. Fue seca, casi práctica—. Siempre hago el ridículo.

—No te he visto hacerlo.

—Porque aún no me has visto lo suficiente en un salón.

Thiago dio un paso hacia ella, no demasiado.

—Elettra.

—No soy como Elizaveta —dijo, y el nombre salió con una mezcla extraña de admiración y defensa—.

Ella entra a una habitación y aunque todos la odien, saben mirarla.

Tiene esa belleza… esa especie de veneno elegante que nadie puede ignorar.

Y Camille… Camille sabe hablar con personas importantes como si las estuviera invitando a elegir lo que ella ya decidió; las dos pertenecen a ese mundo, aunque sufran dentro de él. Yo no.

La confesión le costó más de lo que habría querido, se volvió hacia el patio, fingiendo mirar la lluvia, porque sostener los ojos de Thiago se había vuelto demasiado difícil.

—Nací en una familia con dinero, sí. Con apellido.

Con habitaciones grandes. Con cubiertos suficientes para que una niña aprenda a distinguir cucharas antes de entender emociones, pero eso no significa que sepa ser una de ustedes.

Hay una diferencia entre tener origen y tener refinamiento.

Entre conocer el precio de una cosa y saber moverla dentro de un salón sin que tiemble la mano.

Thiago no dijo nada y ese silencio la hizo sentirse peor.

—Me equivoqué demasiadas veces —continuó ella, más bajo—.

Hablé cuando debía callar. Callé cuando debía sonreír.

Sonreí cuando alguien esperaba una respuesta inteligente.

Una vez confundí a la esposa de un ministro con su hermana menor y estuve a punto de provocar una guerra diplomática por un plato de ostras.

No sé bailar bien con hombres que cuentan los pasos como si contaran tierras.

No sé fingir fascinación ante banqueros aburridos.

No sé inclinar la cabeza con la medida exacta para parecer educada sin parecer dócil.

Thiago, contra toda lógica, sonrió y Elettra lo vio, herida.

—No es gracioso.

—No sonrío porque sea gracioso.

—Entonces no sonrías.