6 El corazón y la cabeza
Thiago llevó a Millie al orfanato de Lilianne una mañana en que París parecía haber despertado con olor a pan oscuro, lluvia vieja y tinta fresca.
La ciudad estaba inquieta. No de un modo violento, sino con esa agitación elegante que tenían las capitales cuando aún no terminaban de decidir si pertenecían al siglo anterior o al nuevo.
Los tranvías avanzaban con campanillas metálicas por avenidas húmedas; los automóviles salpicaban los bordes de las aceras; las vitrinas de las casas de moda exhibían vestidos rectos, sombreros cloche, guantes de cabritilla y collares largos de perlas falsas para mujeres que querían parecer más libres de lo que sus familias les permitían ser.
En los quioscos, los periódicos hablaban de política, de escándalos discretos, de literatura, de jazz, de Josephine Baker y de los cuerpos que París empezaba a mirar con una fascinación que no siempre sabía distinguir entre admiración y exotismo.
Millie Charpentier caminaba junto a él como si hubiera nacido para incomodar a las calles correctas.
Llevaba un abrigo de viaje color arena, una boina oscura ligeramente ladeada y una libreta pequeña metida en el bolsillo, donde había guardado también un lápiz mordido.
El cabello negro, cortado a la altura de la mandíbula se movía con cada paso de una forma que habría escandalizado a alguna tía vieja de la familia.
Sus ojos violetas recorrían cada esquina con atención viva, no de turista ni de dama paseando, sino de cazadora de detalles.
Thiago la observó de reojo.
—Madre dijo que no caminaras demasiado.
—Madre dijo muchas cosas desde que llegué —rodó los ojos—. Si obedeciera la mitad, tendría que sentarme en el salón a bordar una servilleta con la palabra “prudencia”.
—Podría ser terapéutico.
Millie lo miró con horror.
—Thiago, querido, si alguna vez me ves bordando sin amenaza directa, llama a un médico.
Él sonrió.
No había querido reír, pero con Millie era difícil sostener la seriedad sin parecer un mueble castigado.
Ella tenía esa energía de los que regresan de lejos con una parte del mundo adherida a la ropa: polvo, historias, insolencia, una libertad que olía a puertos, trenes, hoteles baratos, funcionarios hipócritas y noches demasiado grandes.
—Lilianne agradecerá el artículo —dijo él.
—Agradecerá que alguien escriba sobre su orfanato sin convertirlo en una postal de caridad para tranquilizar conciencias ricas.
—Eso suena a crítica.
—Lo es.
—Todavía no has llegado.
—Tengo imaginación, ojos y experiencia con los salones franceses.
Thiago hundió una mano en el bolsillo del abrigo.
—El orfanato no es un salón.
—Precisamente por eso me interesa.
Caminaron un tramo en silencio y, a medida que se alejaban de las avenidas más elegantes, París cambiaba de textura.
El perfume cedía espacio al olor a carbón húmedo, sopa de cebolla, ropa tendida, tabaco barato y madera mojada; las fachadas se volvían menos impecables.
Las ventanas, más sinceras; había niños corriendo junto a un muro, mujeres con canastas de pan, hombres de piel oscura hablando en la esquina con acentos de colonias lejanas, marineros, trabajadores, músicos cargando instrumentos, jóvenes con zapatos gastados y un modo de mirar la ciudad como si París les hubiera prometido algo que aún no entregaba.
Millie se detuvo un instante frente a una panadería.
—Este olor —dijo.
Thiago la miró.
—¿El pan?
—El hambre intentando parecer hogar.
Él guardó silencio.
Había frases de Millie que sonaban a capricho literario hasta que uno recordaba que ella había visto demasiadas cosas para escribir bonito por simple vanidad.
—¿Vas a poner eso en el artículo?
—Quizá. O quizá escriba que las familias ricas aman a los huérfanos siempre que estos no ensucien las alfombras del evento benéfico.
—Lilianne te adorará.
—Lilianne tiene buen gusto.
Thiago soltó una risa baja.
Millie lo miró con atención inmediata, como si aquel sonido hubiera sido la pista que estaba esperando.
—Has reído poco desde que volví.
—No es verdad.
—Soy periodista, Thiago. Mi oficio consiste en detectar cuando los hombres mienten con elegancia.
—Entonces debes vivir agotada.
—Muchísimo.
Él no respondió.
Millie redujo el paso hasta caminar a su ritmo, aunque en realidad era ella quien lo obligaba a modificar el suyo. Lo hacía desde niña: acercarse sin pedir permiso al sitio donde algo dolía.
—Háblame de la boda.
Thiago miró al frente.
—No hay mucho que decir.
—Esa es una respuesta de hombre que tiene demasiado que decir y espera aburrirme primero.
—No es asunto tuyo.
—Soy tu hermana.
—Eso no lo convierte en asunto tuyo.
—Lo convierte en mi asunto favorito.
Thiago suspiró.
—Millie.
—¿No te gusta tu futura novia?
La pregunta fue directa, casi alegre en su brutalidad.
Thiago apretó la mandíbula.
—No voy a hablar de eso en la calle.
—Entonces sí hay algo.
—Hay un compromiso.
—Los compromisos son papeles. Yo pregunto por ella.
Él siguió caminando.
Millie lo observó con la cabeza ladeada. Con Brand, habría atacado desde la ironía. Con Nick, desde la provocación. Con Thiago, sabía que era distinto; a él había que dejarle espacio para que huyera hacia dentro y luego cortarle discretamente la salida.
—Se llama Elettra Rinaldi, ¿no es cierto? —insistió, pero Thiago no respondió—. Ese silencio es casi una confesión.
—Ese silencio es paciencia.
—No. Tu paciencia suena diferente. Esto suena a puerta cerrada.
Thiago la miró de lado.
—¿Y tú qué sabes de puertas cerradas? Pasas la vida derribándolas.
Millie sonrió, pero la sonrisa no le llegó del todo a los ojos.
—A veces derribarlas es más fácil que explicar por qué una no quiere entrar del todo.
El nombre de De Valois apareció entre ellos sin ser dicho. Thiago lo sintió. No preguntó de inmediato, siguieron andando hasta que la reja negra del orfanato apareció al final de la calle, sobria y algo desgastada, con enredaderas húmedas trepando por un muro lateral.
Solo entonces habló.
—¿Y De Valois?
Millie se detuvo, lo cual indicó que él había acertado.
—Ah, qué conveniente —dijo ella—. El santo Thiago decide investigar cuando ya no quiere ser investigado.
—Preguntaste por mi boda.
—Y tú no respondiste.
—Tú tampoco vas a responder.
Millie le regaló una sonrisa preciosa y falsa.
—Exactamente. Qué familia tan inteligente.
Thiago negó con la cabeza.
—No me gusta ese hombre.
—No lo conoces.
—Eso suele facilitar que no me guste.
—Es culto, guapo, educado y sabe callarse cuando una mujer está hablando —elevó ambas cejas con una sonrisa satisfecha.
—Peligrosísimo, entonces.
Millie soltó una carcajada, pero apartó la mirada demasiado pronto.
Thiago no insistió. Había aprendido, con su hermana, que algunas guerras se perdían si uno intentaba ganarlas en la primera batalla.
Millie llevaba el mundo encima con insolencia, pero había cosas que protegía con una dureza feroz.
De Valois era una de ellas, o quizá la idea de De Valois, o la versión de sí misma que podía existir junto a él sin tener que responder ante William, Alice, sus hermanos o el apellido Charpentier.
Entraron al orfanato y el ruido los recibió antes que la imagen, risas, pasos pequeños, una pelota golpeando una pared.
Voces infantiles mezcladas en francés, en palabras sueltas de otros idiomas, en acentos nacidos de hogares distintos y de historias que París prefería resumir demasiado rápido.
El patio estaba cubierto de luz blanca, todavía húmeda por la lluvia de la madrugada.
Había ropa tendida bajo un corredor, bancos reparados con madera distinta, macetas donde alguien había intentado plantar geranios, y un mural infantil en proceso: manos de colores pintadas sobre una pared baja, como si cada niño hubiera dejado allí una prueba de existencia.
Millie se quedó inmóvil, la sonrisa se le suavizó.
En medio del patio, Lilianne Donovan jugaba con los niños.
No dirigía desde lejos, no supervisaba con guantes, estaba agachada, con el borde de la falda manchado de tierra, el cabello algo desordenado bajo un sombrero sencillo y una pelota de trapo entre las manos.
Un niño pequeño de piel muy oscura intentaba arrebatársela mientras otros dos reían detrás de ella.
Una niña con trenzas cortas y vestido amarillo la tomaba del brazo para exigir turno.
Lilianne fingía solemnidad, como si aquella disputa infantil fuera una negociación diplomática de primer orden.
—No, monsieur Marcel —decía—, las reglas son claras. Quien se ríe antes de lanzar pierde el derecho a acusar a los demás de trampa.
El niño protestó con indignación. Lilianne lanzó la pelota hacia arriba, demasiado bajo para ser impresionante, lo justo para que los pequeños gritaran. Millie la miró con una sonrisa lenta.
—Se ve preciosa —murmuró.
Thiago siguió su mirada.
Lilianne no tenía allí la belleza aristocrática y afilada que mostraba en los salones. Era otra, más viva, despeinada y humana. La clase de belleza que aparece cuando una mujer deja de representar su apellido y empieza a hacer algo que importa.
—Renata se alegraría de verla así —dijo Millie, con una nota suave en la voz—. Le daría gusto ver el cambio de su hermana menor.
Thiago la observó.
—¿La extrañas?
Millie no apartó los ojos de Lilianne.
—A Renata siempre se la extraña de formas inesperadas.
Aquello quedó suspendido un instante. Luego Lilianne los vio, se enderezó con la pelota aún en la mano. Los niños siguieron su mirada y, al reconocer a Thiago, varios corrieron hacia él con una felicidad que lo tomó por asalto, aunque ya debería estar acostumbrado.
—¡Monsieur Thiago!
—¡Volvió!
—¿Trajo al dragón?
Thiago cerró los ojos un segundo; Millie giró hacia él lentamente.
—¿El dragón?
—Es una piedra.
—Naturalmente.
—Una piedra importante.
—Qué alivio, por un instante temí que la familia estuviera perdiendo la capacidad de producir rarezas nuevas.
Los niños lo rodearon, uno se colgó de su abrigo, otro preguntó si había ido a la guerra, una niña miró a Millie con descarada curiosidad.
—¿Usted es su esposa?