La última elección 5 La hija que volvió con la lluvia #3
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5 La hija que volvió con la lluvia #3

Una hija que no encajaba en el marco y, por tanto, se había llevado su propio retrato a otra parte.

Había en ella una energía salvaje, libre, resuelta.

No la libertad estudiada de ciertas mujeres modernas que usaban el pelo corto y fumaban en boquillas largas para parecer valientes.

Millie no parecía estar actuando la modernidad, parecía haberse peleado con el miedo suficientes veces como para dejar de pedirle permiso.

Eso intrigó a Elizaveta, también la incomodó, las mujeres libres siempre incomodan a quienes han sobrevivido dentro de jaulas de oro.

Alice hizo que Millie se sentara a su lado, la doncella trajo otra taza, la habitación, que minutos antes estaba marcada por fechas de boda y advertencias de prudencia, se llenó de preguntas sobre África, barcos, periódicos, calor, caminos rojos, ciudades polvorientas, noches enormes bajo cielos imposibles.

Millie narraba sin adornar demasiado, lo cual volvía todo más vivo: el olor a tierra después de la lluvia, los mercados, los funcionarios con sonrisas falsas, las mujeres que cargaban agua con la espalda recta como reinas, los niños que corrían detrás de los automóviles, los silencios de los hombres que creían que una periodista debía escribir únicamente lo que ellos dictaban.

—¿Y lo hiciste? —preguntó Nick.

Millie sonrió.

—Naturalmente que no.

—Esa es mi hermana.

—No la alientes —dijo Alice.

—Es imposible no hacerlo —respondió Philip con una sonrisa—. Es la única persona de esta familia que convierte la desobediencia en una metodología profesional.

Millie alzó su taza hacia él.

—Gracias.

William se sentó finalmente, como si hubiera aceptado que la reunión familiar había sido tomada por una fuerza que ni siquiera él podía dirigir del todo.

Brand permaneció cerca de Elizaveta, no demasiado, pero sí lo suficiente, ella lo notó, pero esta vez no le molestó de inmediato.

Había algo extraño en aquella tarde: la fecha de una boda que pesaba sobre Thiago, la sombra de otra sobre Nick, Philip recibiendo un encargo que parecía entusiasmarlo más de lo que admitiría, Millie llegando como una ráfaga de otro continente, Alice radiante y preocupada a la vez, William intentando mantener unida una mesa donde cada hijo parecía inclinarse hacia una forma distinta de desastre y Brand…

Brand, que había comprado boletos para el ballet.

Brand, que acercaba platos sin decir nada.

Brand, que la había besado en la mejilla porque Alice lo pidió, pero que ahora la miraba como si quizá empezara a descubrir que una mujer también podía ser cuidada sin ser vencida.

Elizaveta apoyó la mano sobre su vientre, el bebé se movió. Apenas. Un pulso pequeño, interno, secreto. Su expresión cambió.

Brand lo vio.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.

La conversación seguía alrededor, nadie más reparó en ellos.

Elizaveta tardó en responder.

—Nada.

Él la miró con escepticismo, ella bajó la vista hacia su vientre, luego hacia él y por primera vez, en lugar de usar la palabra como muro, la ofreció casi como un regalo.

—Se movió.

Brand se quedó muy quieto.

Elizaveta tomó su mano antes de arrepentirse y la colocó sobre la curva de su vientre, el gesto fue tan inesperado que él no respiró durante un segundo.

No ocurrió nada al principio. Solo la tibieza del cuerpo de ella bajo la tela, la suavidad del vestido, la presión de sus dedos guiando los suyos.

Brand miró su propia mano sobre el vientre de Elizaveta como si no supiera si tenía derecho a estar ahí.

Entonces el bebé se movió otra vez, un golpe mínimo, delicado, real.

La garganta de Brand se cerró, Elizaveta no lo miró enseguida, parecía demasiado ocupada fingiendo que aquel acto no la había dejado expuesta; pero sus dedos seguían sobre los de él, reteniéndolos, y Brand comprendió que había formas de confianza tan pequeñas que podían perderse con una palabra mal dicha.

No dijo nada, solo dejó la mano allí. Millie, desde el sofá, los vio, no interrumpió, sonrió ligeramente, con una inteligencia rápida que guardó para sí misma.

Alice también los vio y la felicidad que le pasó por el rostro fue tan breve, tan maternal y dolorosa, que Elizaveta, al levantar los ojos por accidente, sintió una punzada en el pecho.

No sabía qué hacer con esa familia, no sabía qué hacer con esas manos que empezaban a aparecer donde antes solo había puertas cerradas.

Afuera, París encendía sus primeras luces.

Los faroles se reflejaban en los charcos, los cafés abrían sus toldos, los teatros preparaban marquesinas y vestidos, los artistas discutían bajo techos ahumados, y en algún punto de la ciudad, quizá, se afinaban ya los instrumentos de la gala que la llevaría de nuevo al ballet.

Elizaveta pensó en Rusia, en la nieve, en Alekséi, en las manos de Alice en su espalda, en la mano de Brand, ahora tibia sobre su vientre y, por un instante fugaz, tan breve que casi no pudo defenderse de él, sintió algo parecido a pertenecer.

Millie dejó la taza sobre el plato con un tintineo.

—Bien —dijo—. Ahora que he vuelto y todos parecen al borde de arruinar sus vidas en direcciones fascinantes, alguien tendrá que contarme absolutamente todo.

—Querida hermana, necesitarás más té —sonrió Nick.

—Y quizá un abogado —añadió Philip.

—Y paciencia —murmuró Thiago.

Brand, sin retirar todavía la mano del vientre de Elizaveta, dijo:

—Sobre todo discreción.

Millie lo miró como si acabara de decir algo gracioso.

—Brand, soy periodista.

Elizaveta no pudo evitar reír y la risa, ligera, dulce, inesperada, se mezcló con el fuego, la lluvia, las voces de los Charpentier y el rumor de París, como si la casa, por una tarde, hubiera decidido guardar el escándalo en otra habitación y permitir que la familia respirara antes de la próxima tormenta.