5 La hija que volvió con la lluvia #2
Elizaveta observó su rostro y, por primera vez, lo encontró menos luminoso.
Nick, que parecía hecho para moverse con facilidad entre la broma y el desastre, tenía en ese momento la expresión de un hombre que acababa de descubrir que su encanto no abría todas las puertas.
Algunas, incluso, se cerraban detrás de él con llave.
Thiago habló al fin.
—¿Elettra lo sabe?
William dobló la hoja.
—Matteo Rinaldi y Micaela fueron a informárselo.
La mandíbula de Thiago se tensó apenas. Brand lo notó. Nick también. Philip, por supuesto, hizo como si no.
—Bien —dijo Thiago.
Una palabra pobre para algo tan grande.
William sostuvo su mirada unos segundos más, pero no lo presionó, quizá entendía que hay hombres que necesitan conservar la compostura porque de otro modo no sabrían qué hacer con el dolor frente a testigos, luego miró a Philip.
—A ti quiero encomendarte una parte de las donaciones ligadas a la gala y a los próximos meses.
Arte y literatura, principalmente. Becas para jóvenes pintores, apoyo a bibliotecas pequeñas, adquisiciones para escuelas y salones de lectura.
Sé que esa parte del activismo te interesa más que sentarte en cenas a escuchar a banqueros hablar de sensibilidad artística.
Philip arqueó una ceja.
—Me conmueve que se reconozca mi desprecio por los banqueros.
—También sé —añadió William— que puedes hacerlo bien.
La burla desapareció un instante del rostro de Philip, fue breve, pero Elizaveta lo vio. Philip aceptó el encargo con un asentimiento.
—Me ocuparé.
—Sin convertirlo en una declaración de guerra personal contra todos los hombres mediocres que coleccionan cuadros para parecer profundos —añadió Alice.
Philip la miró.
—Madre, entonces me pides que trabaje sin alegría.
Nick soltó una carcajada, incluso Thiago sonrió un poco.
La tensión de la sala se aflojó apenas. Una doncella entró para servir más té, el aroma a bergamota, mantequilla y azúcar tibia se mezcló con el de la leña.
Alice preguntó por los detalles de la gala, William explicó que habría una pequeña subasta privada después de la función, Philip sugirió nombres de escritores a quienes apoyar, y Nick hizo una observación despiadada sobre ciertos pintores que parecían confundir el talento con la incapacidad de pagar el alquiler.
Durante un momento, la familia casi pareció normal, Elizaveta permaneció sentada junto a Alice, escuchando.
No siempre entendía las corrientes internas de los Charpentier, pero aquel día le resultaron menos hostiles.
Había algo cálido en el modo en que se interrumpían, en la manera en que se herían sin atravesarse del todo, en cómo Alice podía silenciar a cualquiera con apenas un nombre, en cómo William parecía llevar una cuenta invisible de todos los daños posibles antes de que ocurrieran, era una familia difícil, pero era una familia.
El pensamiento le molestó, también le dio hambre.
Tomó una pasta de almendra de la bandeja y la mordió con cuidado, el azúcar le dejó una dulzura suave en la lengua. Brand la vio hacerlo y, sin decir nada, acercó un poco más el plato hacia ella.
Elizaveta lo miró, él fingió atender a William. Ella bajó la vista para ocultar una sonrisa, entonces, desde el vestíbulo, llegó un ruido inesperado, no fue un golpe, fue una entrada.
Una voz femenina, clara, decidida y llena de una energía que no parecía pedir permiso a las paredes, atravesó el corredor antes de que la puerta del salón se abriera.
—Si alguien se atreve a decir que debí avisar antes de llegar, juro que escribiré un artículo sobre la tiranía emocional de los franceses.
Alice se puso de pie, el rostro se le iluminó.
—Millie.
La puerta se abrió.
Millie Charpentier entró con una maleta de cuero en una mano, el abrigo salpicado de lluvia y el sombrero ligeramente torcido, como si hubiera discutido con el viento y ganado solo a medias.
Tenía el cabello negro, más corto de lo que cualquier tía respetable habría considerado prudente, ondulado junto al rostro con una naturalidad casi insolente.
Los ojos violetas, idénticos a los de los trillizos y, sin embargo, más salvajes, recorrían la habitación con brillo rápido, curioso, vivo. No parecía una dama regresando a casa.
Parecía una noticia.
—Madre —dijo, dejando la maleta en el suelo.
Alice cruzó la sala y la abrazó.
No fue el abrazo contenido que había ofrecido a Elizaveta días antes. Este tenía otra historia: años de cartas, de preocupación, de orgullo mal disimulado, de rabia ante cada viaje, cada puerto, cada telegrama enviado desde demasiado lejos.
—Por fin —murmuró Alice, apretándola contra sí—. Hija imposible.
Millie rio contra su hombro.
—También te extrañé.
William se acercó con una expresión severa.
—Millicent.
—Padre.
Ella se separó de Alice y lo miró con una sonrisa llena de descaro.
—Antes de que empieces, estoy viva, vacunada contra varias cosas desagradables y no he sido devorada por ningún león. Aunque conocí a un funcionario colonial que me pareció más peligroso y mucho menos digno de estudio.
Nick se puso de pie con una sonrisa amplia y genuina.
—Nuestra hermana vuelve de África insultando funcionarios. París ya parece más respirable.
Millie abrió los brazos.
—Nicholas.
Él la abrazó y la levantó del suelo.
—Has vuelto más delgada.
—Y tú más dramático.
—Eso es imposible. Nací en mi punto máximo.
Thiago fue el siguiente. Su abrazo fue más silencioso, más largo. Millie le tocó la mejilla con una ternura rápida.
—Sigues pareciendo un santo cansado.
—Y tú sigues confundiendo imprudencia con vocación.
—Soy periodista. Es prácticamente lo mismo.
Philip la abrazó con una sonrisa ladeada.
—Traes polvo de otro continente en el abrigo.
—Y tú sigues oliendo a libros y juicio moral.
—Es mi esencia natural.
Finalmente, Brand se acercó.
Millie lo miró con un interés divertido.
—Brand.
—Millie.
—Tienes cara de esposo.
Nick hizo un sonido ahogado. Brand frunció el ceño.
—No sabía que existía tal cara.
—Oh, sí. Una mezcla de cansancio, culpa y la sospecha de que una mujer descubrió una grieta en tu carácter antes que tú.
Alice cerró los ojos con resignación.
—Millie, por favor, acabas de llegar.
—Y ya estoy siendo útil.
Brand, para sorpresa de Elizaveta, no replicó de inmediato.
En cambio, giró hacia ella.
—Elizaveta —dijo—. Mi hermana, Millicent. Millie, mi esposa.
Millie se volvió y se quedó mirando.
Elizaveta estaba acostumbrada a ser observada, por deseo, por envidia, por temor, por curiosidad; pero la mirada de Millie no tenía el peso viscoso de la evaluación social ni el filo calculador de una rival.
Era más directa, casi periodística; como si quisiera mirar la verdad antes de decidir qué nombre darle. Luego sonrió.
—Dios mío —dijo—. Eres de una belleza escandalosa.
Elizaveta parpadeó. Nick se rio.
—Vaya. Y yo pensando que el escándalo de la familia era otro.
Millie ignoró a su hermano y se acercó a Elizaveta.
—Encantada. He oído muy poco de ti, lo cual significa que esta familia estaba ocultando lo interesante.
Elizaveta tomó su mano; Millie tenía los dedos firmes, algo ásperos, no como los de una mujer dedicada únicamente a salones. Olían a cuero, tinta, tabaco extranjero y lluvia.
—Encantada —respondió Elizaveta—. He oído todavía menos de ti.
—Eso significa que han intentado fingir que no existo, un error común, fracasan siempre.
La risa de Elizaveta salió antes de que pudiera corregirla. Millie bajó la mirada hacia su vientre y su expresión se suavizó.
—Y además estás embarazada. Felicidades.
—Gracias.
—Debo felicitarte por lograr amarrar a Brand. De los tres, siempre fue el más frío. Yo habría apostado dinero a que terminaría casado con una biblioteca o con una mujer que hablara solo en notas al pie.
Brand suspiró.
—Millie.
—¿Qué? Soy amable, no he mencionado tu carácter en detalle.
Elizaveta lo miró de reojo, por alguna razón, la idea de Brand casado con una biblioteca le pareció profundamente posible.
—No fue tan difícil —dijo ella, con una dulzura peligrosa—. Las bibliotecas no pueden darle hijos.
Nick se llevó una mano a la boca. Philip miró al techo. Alice murmuró algo sobre la falta general de misericordia en sus descendientes. Brand miró a Elizaveta y por primera vez en la tarde, sonrió apenas, fue tan breve que casi nadie lo habría visto.
Elizaveta sí. Millie también.
La periodista entrecerró los ojos con interés.
—Oh —dijo—. Esto es mucho mejor de lo que imaginaba.
Alice la tomó de la muñeca antes de que añadiera algo peor.
—Ven aquí. —La abrazó otra vez, pero esta vez con firmeza de madre regañando a una hija que aún no ha decidido si pertenece al mundo o a su casa—. Deja de ser tan rebelde y de darnos dolores de cabeza.
Millie apoyó la frente contra la de Alice.
—Prometo no hacerlo durante al menos veinte minutos.
—Millicent.
—Media hora, si hay buen té.
William la observó con severidad fingida.
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
Millie hizo una mueca.
La alegría de Alice vaciló antes de que la respuesta llegara.
—Poco.
—Define poco —dijo Brand.
Ella se quitó los guantes despacio.
—Unas semanas, quizá. Tengo trabajo pendiente, hay una serie de reportajes que debo terminar y… probablemente vuelva a irme.
Alice cerró los labios. Thiago bajó la mirada. Nick, que hacía un momento sonreía, perdió algo del brillo.
—Acabas de llegar —dijo Philip.
—Lo sé.
—Y ya estás marchándote —añadió William.
Millie sostuvo la mirada de su padre.
—No puedo escribir sobre el mundo desde un salón, papá.
—Puedes sobrevivir al mundo desde un salón.
—No es lo mismo.
La frase quedó entre ellos con una claridad dolorosa.
Elizaveta observó a Millie con una curiosidad creciente, no entendía de dónde había salido aquella hermana casi nunca mencionada.
En la mansión se hablaba de los trillizos como si fueran una constelación inevitable; de Philip, como si fuese una inteligencia lateral a la que todos consultaban sin admitirlo; de Alice y William, como pilares, pero Millie parecía pertenecer a otra categoría.