4 La niña que no sabía pedir #3
La información no le provocó repugnancia de inmediato.
Primero le produjo desconcierto, después una perturbación lenta, más moral que física.
No porque imaginara nada concreto, sino porque de pronto ciertas formas de Elizaveta empezaban a encontrar un patrón horrible: su necesidad de mirar hacia hombres que no podían amarla como ella quería; su manera de confundir la protección con posesión; su talento para sufrir exactamente donde el sufrimiento podía volverse espectáculo o castigo.
—Alekséi jamás… —empezó Delaila.
—Lo sé.
—No lo sabes. Debes saberlo. Alekséi la ama, pero como se ama a una hermana que sobrevivió pegada a tu sombra. Con culpa. Con miedo. Con ese instinto brutal suyo de proteger lo que considera suyo, aunque no deba hablar así de las personas. Pero no de esa manera. Nunca de esa manera.
Brand pensó en Elizaveta dormida, murmurando el nombre de su hermano como si aún tuviera siete años y el mundo estuviera cayéndose detrás de una puerta.
—Ella ama a quien no la ama —dijo despacio.
Delaila se volvió. Brand no parecía escandalizado ahora, parecía haber descubierto una ecuación triste.
—No solo eso —añadió él—. Se castiga eligiendo lugares donde jamás podrá recibir lo que pide. Primero Alekséi. Luego…
No terminó, no hacía falta, Delaila entendió.
—Luego tú.
Brand dejó escapar una respiración áspera.
—Yo no la amaba.
—No.
—Y eso la atrajo.
—Probablemente.
La honestidad de Delaila no fue cruel, fue limpia.
A Brand le molestó agradecerla.
—Es como si necesitara confirmar que nadie va a elegirla del todo —murmuró él—. Y cuando ocurre, puede odiar al mundo con razón.
Delaila lo observó con gravedad.
—Elizaveta no sabe pedir cariño, Brand. Lo convierte en prueba, en manipulación, en veneno. Pero eso no significa que no lo necesite.
—Esta mañana lo vi.
—¿Qué viste?
Él pensó en Alice. En los brazos de su madre alrededor del cuerpo rígido de Elizaveta. En el instante exacto en que la mujer adulta desapareció y quedó una niña sin instrucciones para recibir amor.
—Que no sabe qué hacer cuando se lo dan sin pedir nada a cambio.
Delaila bajó la mirada.
—Entonces quizá ya sabes más de ella que muchos.
Brand tomó su sombrero.
—No lo suficiente.
—Ten cuidado —dijo ella.
Él se detuvo en la puerta.
—¿Con ella?
—Contigo. Elizaveta hiere, sí. Pero si vas a acercarte solo para estudiarla, la vas a destruir o te va a destruir ella a ti. Y quizá ambos crean, por orgullo, que eso es una forma de ganar.
Brand no respondió.
Al salir de la casa Rostov, París parecía haber cambiado de luz.
No había sol todavía, pero las nubes se habían abierto en franjas pálidas sobre los tejados.
La ciudad olía a lluvia evaporándose sobre piedra fría, a castañas asadas, a perfume escapando de las tiendas de moda, a tabaco en las puertas de los cafés.
Pasó frente a un cartel de ballet pegado en una columna: una bailarina dibujada con los brazos en alto, el cuello largo, el cuerpo suspendido en una promesa de música.
Brand se detuvo. Elizaveta había sido bailarina antes de ser su esposa.
No era una afición de muchacha rica. Una bailarina.
Un cuerpo educado para convertir dolor en belleza, hambre en disciplina, aplauso en alimento.
Tal vez allí había aprendido también que la perfección era más segura que la ternura.
Cuando regresó a la mansión, la encontró en el salón de música. Estaba con Alice y ya no lloraba, al contrario, reía.
La escena lo detuvo en el umbral.
Alice estaba sentada al piano, tocando una melodía suave, algo de Debussy que llenaba la habitación con una claridad acuática.
Elizaveta ocupaba el sofá cercano, con una manta sobre las piernas y una taza de chocolate caliente entre las manos.
Tenía los ojos todavía algo hinchados, pero la boca se le curvaba en una sonrisa pequeña, casi tímida, mientras Alice le decía algo sobre uno de los trillizos cuando era niño.
La luz de la tarde entraba dorada y baja, tocando el cabello oscuro de Elizaveta hasta volverlo casi azul.
Brand la vio. No como esposa, problema, victoria ajena ni castigo propio.
La vio como aquella niña que quizá había corrido demasiadas veces hacia la cama de su hermano porque nadie más sabía abrir los brazos a tiempo.
Alice notó su presencia sin dejar de tocar.
Terminó la frase musical y levantó la vista.
—Brand.
Elizaveta se tensó.
Fue inmediato. La taza quedó inmóvil entre sus dedos, la sonrisa desapareció como si alguien hubiera cerrado una puerta.
Alice lo vio también.
—Acércate —dijo.
Brand obedeció, no por costumbre, por prudencia. Alice lo miró con una autoridad que en otro contexto habría parecido amable.
—Saluda correctamente a tu esposa.
Elizaveta abrió un poco los ojos.
—No es necesario.
—Sí lo es —dijo Alice, sin mirarla—. En esta casa saludamos a las mujeres embarazadas con cuidado y a las esposas con respeto.
Brand se inclinó hacia Elizaveta. Ella se quedó tan quieta que pareció dejar de respirar.
Él besó su mejilla. Fue un gesto breve, limpio, casi formal.
Pero la piel de Elizaveta estaba tibia y olía a chocolate, violetas suaves y lágrimas secas.
Al separarse, vio que ella lo miraba con una confusión pequeña, desarmada, como si aquel beso no tuviera una categoría en su catálogo de amenazas.
—Buenas tardes —dijo él.
Elizaveta tardó un segundo en responder.
—Buenas tardes.
Alice volvió al piano y la música llenó el espacio otra vez.
Brand se sentó en una butaca cercana. No habló.
Elizaveta tampoco. Durante un rato, el salón existió en una paz extraña: las notas descendiendo como agua, el fuego crujiendo, la ciudad apagándose poco a poco detrás de las ventanas.
Alice tocó con los ojos entornados, no para lucirse, sino para sostener algo que parecía demasiado frágil para dejarlo solo.
Elizaveta se durmió antes de que terminara la segunda pieza.
La taza quedó apoyada en la mesa, su cabeza se inclinó hacia un lado, una mano descansaba sobre el vientre; la otra, sobre la manta. Dormida, sin la tensión de la boca y sin el cálculo de la mirada, parecía casi insoportablemente joven.
Brand se levantó.
Alice dejó de tocar.
—No la despiertes.
—No iba a hacerlo.
Se inclinó y la tomó en brazos con cuidado.
El cuerpo de Elizaveta pesaba poco. Demasiado poco, pensó. Ella hizo un sonido mínimo al sentir el movimiento, pero no despertó del todo. Su rostro se volvió hacia el pecho de Brand con una confianza inconsciente que a él le resultó más íntima que cualquier beso.
La llevó hasta la habitación.
La recostó sobre la cama y retiró los zapatos con una torpeza silenciosa. Luego llamó a una doncella y le indicó que la ayudara a cambiarse cuando despertara o, si no despertaba, que permaneciera cerca por si necesitaba algo. La doncella asintió.
Al salir al pasillo, Alice lo esperaba.
Brand cerró la puerta detrás de sí.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Le hace falta cariño —dijo Alice al fin.
Brand apoyó una mano en el pomo de la puerta.
—No siempre supo pedirlo correctamente.
Alice lo miró con una gravedad que lo hizo sentirse otra vez niño, aunque ya no lo fuera.
—No, Brand. La realidad es que no sabe cómo hacerlo.
Él no respondió.
—Hay una diferencia enorme entre una mujer que pide mal y una mujer que jamás aprendió el idioma.
Elizaveta no sabe pedir amor. Sabe provocar, sabe exigir, sabe herir, sabe fingir indiferencia.
Pero cuando alguien la abraza, se queda paralizada porque no entiende qué se espera de ella o qué quieren obtener.
Brand recordó el llanto contra el hombro de Alice.
—No puedo arreglarla.
—No te he pedido que la arregles.
—Entonces ¿qué me pides?
Alice se acercó un paso.
—Que encuentres la manera de que confíe en ti. Porque si no lo haces, tu vida será un infierno. La suya también. Y ese niño nacerá en medio de una guerra que ninguno de los dos habrá tenido la inteligencia de detener.
Brand bajó la mirada.
—No sé si ella quiere detenerla.
—Empieza por querer detenerla tú.
Alice le tocó el brazo con una suavidad breve, luego se marchó.
Brand permaneció un momento frente a la puerta cerrada, escuchando el silencio del cuarto al otro lado.
Pensó en Delaila. En Alekséi. En Pavel arrestado.
En Rusia convertida en ruina. En una niña enamorada del único hombre que no podía devolverle ese amor sin destruirla.
Pensó en su esposa dormida con la mano sobre el vientre y en el hijo que aprendería, de algún modo, todo lo que ellos no supieran decirse.
Esa noche, cuando regresó a la habitación, Elizaveta estaba despierta.
La doncella se había ido. Ella ya llevaba ropa de noche: un camisón claro, una bata suave sobre los hombros y el cabello negro suelto, cayéndole por la espalda como una sombra viva.
Estaba sentada en la cama, leyendo un libro pequeño.
Al verlo entrar, levantó los ojos por encima de la página.
No dijo nada.
Brand empezó a cambiarse. Se quitó la chaqueta, el chaleco, los gemelos.
Sus movimientos eran lentos, controlados.
Pero no dejó de mirarla. No de una forma invasiva esta vez, o eso intentó, la miraba como quien vuelve a una habitación después de descubrir que había estado entrando siempre por la puerta equivocada.
Elizaveta lo notó.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Tienes demasiados nadas para un hombre que mira tanto.
Brand tomó su bata de noche.
—Hoy no voy a preguntarte nada.
Ella pareció desconfiar de inmediato.
—Qué generoso.
Él no respondió. Tomó un libro de la mesa y se metió en la cama a su lado. Elizaveta cerró el suyo a medias, vigilante. Sus ojos bajaron al volumen que él sostenía. La portada estaba escrita en francés, pero el título hablaba de Rusia.
—¿Por qué estás leyendo esas cosas? —preguntó.
La voz le salió más nerviosa de lo que pretendía.
Brand miró el libro, luego a ella.