4 La niña que no sabía pedir #4
—Quiero empaparme del país de origen de mi esposa.
Elizaveta parpadeó.
—¿Para qué?
—Para hablarle de ello al bebé.
El silencio que siguió fue distinto, no tenso, no del todo.
Elizaveta se quedó mirándolo como si hubiera respondido en otro idioma. Luego bajó la vista hacia su vientre, sus dedos tocaron la tela del camisón con una delicadeza casi incrédula.
—¿Quieres hablarle de Rusia?
—Sí.
—No conoces Rusia.
—Por eso leo.
Algo cambió en su rostro.
Fue lento, casi luminoso. La desconfianza no desapareció, pero se apartó lo suficiente para que otra cosa saliera a respirar.
Elizaveta se incorporó con más cuidado, acomodándose contra las almohadas.
De pronto parecía menos cansada y afilada.
Una sonrisa verdadera, pequeña al principio y luego más abierta, le suavizó la boca.
Brand se quedó mirándola.
Era hermosa siempre, sí. De una forma casi mortal. Pero al sonreír así se volvía otra, no una mujer hecha para vencer, sino una muchacha que había recordado algo antes de aprender a usarlo como arma.
—Rusia no se entiende en libros franceses —dijo ella, con una seriedad encantadora—. Los franceses creen que todo puede explicarse con suficiente vino y una frase elegante.
—Entonces explícame tú.
Elizaveta lo miró con sospecha final.
Luego cedió.
—Cuando era niña, antes de todo, la nieve parecía más limpia que cualquier cosa en el mundo.
No como aquí. La nieve de París se vuelve barro en un minuto.
Allá era… —buscó la palabra, y sus manos se movieron levemente, como si aún fueran manos de bailarina—.
Era silencio, un silencio blanco, las casas parecían contener la respiración.
Brand no la escuchaba del todo.
La veía.
Veía cómo sus hombros descendían, cómo la voz perdía veneno, cómo las manos dibujaban formas en el aire.
Elizaveta hablaba de salones con lámparas enormes, de vestidos de invierno, de los samovares brillando en las mesas, del té fuerte con mermelada, del olor a cera en las iglesias, de los iconos dorados bajo la luz de las velas.
Habló de San Petersburgo como si describiera un sueño antes de que alguien lo manchara con historia.
Después habló del ballet, entonces cambió todavía más.
—La primera vez que pisé un salón de ensayo, creí que iba a morir de frío —dijo, riendo apenas—.
Las ventanas estaban empañadas y el suelo olía a resina, a madera, a pies lastimados.
La maestra tenía manos horribles, huesudas, pero cuando marcaba el ritmo, todas obedecíamos como si Dios hubiera golpeado el suelo con un bastón.
Brand la miró fascinado.
—¿Te gustaba?
Elizaveta lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—Me salvaba.
La palabra salió sin cálculo. Ambos la oyeron. Ella bajó la vista enseguida, pero no se corrigió.
—Cuando bailaba —continuó más bajo—, no tenía que ser hija, ni hermana, ni rusa, ni exiliada. Solo cuerpo, solo música, si dolía, mejor. El dolor era una prueba de que estaba haciendo algo correctamente.
Brand sintió que aquella frase se le quedaba dentro.
“Si dolía, mejor.”
Ahí estaba otra parte de ella: la niña que aprendió a dormir junto a su hermano para sobrevivir, la joven que confundió el refugio con amor, la bailarina que volvió el dolor disciplina, la mujer que ahora no sabía recibir ternura sin defenderse de ella.
Elizaveta siguió hablando de los teatros, de los aplausos, de los ramos arrojados al escenario, de la primera vez que sintió que el público entero respiraba con ella.
Habló de una Rusia anterior a la caída, cuando los Rostov todavía importaban de una manera visible, cuando Pavel entraba a una habitación y todos sabían quién era, cuando Alekséi aún no llevaba en la mandíbula esa dureza de hombre obligado a reconstruir un imperio con los dientes.
Su voz fue volviéndose lenta.
El sueño empezó a tomarla a mitad de una frase.
—Había un vestido… azul… para una variación… Alekséi dijo que parecía una llama equivocada porque todo en mí quería ser rojo…
Se quedó dormida antes de terminar. Brand permaneció a su lado, con el libro abierto sobre las rodillas y la lámpara encendida. No la despertó, no se movió durante varios minutos.
Elizaveta dormía de lado, de cara a él, con una mano cerca del vientre y la otra abierta sobre la sábana. La boca, sin sonrisa ni veneno, parecía más blanda, más humana, más difícil de odiar.
Brand cerró el libro despacio.
Pensó en el cartel de ballet que había visto aquella tarde, pensó en la forma en que Elizaveta había dicho: me salvaba y entonces, por primera vez desde que se casó con ella, pensó en hacer algo no para entenderla, ni para contenerla, ni para cumplir con ella.
Algo para verla feliz otra vez.
No por accidente, no por nostalgia.
A propósito.
Apagó la lámpara con cuidado.
En la oscuridad tibia de la habitación, mientras París murmuraba detrás de las ventanas y el hijo de ambos dormía todavía dentro de ella, Brand decidió que al día siguiente compraría boletos para el ballet más próximo.
No sabía si aquello bastaría, probablemente no, pero por alguna parte se empezaba.