La última elección 4 La niña que no sabía pedir #2
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4 La niña que no sabía pedir #2

Elizaveta se quedó paralizada, no entendió la orden al principio o quizá la entendió demasiado bien y por eso no supo qué hacer con ella.

Alice abrió los brazos sin dramatismo, sin ese exceso sentimental que habría humillado a una mujer orgullosa, lo hizo como si ofreciera algo antiguo y sencillo: un lugar donde dejar de sostenerse sola durante un minuto.

Elizaveta dio un paso. Luego otro. Cuando llegó hasta ella, Alice la abrazó.

Al principio, Elizaveta no reaccionó.

Se quedó rígida dentro de aquellos brazos, con las manos suspendidas a los costados y el rostro vuelto apenas hacia el hombro de su suegra. Brand observó la escena con el ceño fruncido, no por desaprobación, sino porque algo en la imagen lo incomodó de una forma que no supo nombrar.

Elizaveta, la impecable, la calculadora, la mujer que sabía cómo inclinar la cabeza para parecer víctima o reina según conviniera. Ahora estaba inmóvil como una niña que no recuerda qué debe hacerse cuando alguien la sostiene sin exigirle nada.

Alice le pasó una mano por la espalda, fue un gesto lento, pequeño, maternal y entonces Elizaveta se quebró, no de manera hermosa ni como lloraban las mujeres en los cuadros, con lágrimas discretas y cuello inclinado.

Se quebró con un sonido ahogado, casi avergonzado, y enterró el rostro en el hombro de Alice como si aquello le hubiera sido negado durante años.

Sus manos se aferraron al vestido de Alice, torpes, necesitadas, furiosas por su debilidad.

Brand no se movió. Algo se le cerró dentro del pecho, no era ternura todavía, era comprensión o el primer golpe de ella. Alice levantó los ojos hacia su hijo por encima del cabello oscuro de Elizaveta. La mirada que le dedicó no tenía suavidad.

—Fuera.

Brand endureció el rostro.

—Madre…

—He dicho fuera.

Elizaveta lloraba en silencio, pero su cuerpo seguía temblando. Alice la sostuvo con más firmeza y bajó la voz, aunque no la dureza.

—Esto es malo para ella y para el bebé, no necesito saber qué pregunta formulaste ni con qué tono la envolviste, si la has llevado a este estado, te has equivocado.

Brand recibió el reproche sin apartar la mirada.

—Necesitaba hablar con ella.

—No —corrigió—. Tú necesitabas respuestas, eso no es lo mismo.

La frase lo golpeó de una manera demasiado exacta.

Elizaveta respiró contra el hombro de Alice, agotada, con una mano todavía sobre el vientre. Brand bajó la mirada hacia esa mano, hacia el hijo, hacia la mujer que no sabía llorar sin parecer sorprendida por sus propias lágrimas.

—Lo siento —dijo.

Fue rápido. Seco. Casi insuficiente. pero real.

Alice no respondió.

Brand tomó su abrigo del respaldo de una silla y salió del salón sin mirar atrás, porque si miraba otra vez a Elizaveta abrazada a su madre quizá tendría que aceptar que había cosas en ella que no eran perversión ni cálculo, sino hambre.

Y él no estaba seguro de saber qué hacer con una mujer hambrienta de cariño.

Fue directo a la casa de los Rostov. No mandó aviso.

París olía a carbón húmedo, pan caliente y gasolina.

El coche avanzó entre calles brillantes por la lluvia, dejando atrás cafés donde los hombres discutían de política con periódicos abiertos, escaparates de moda que exhibían vestidos rectos, bordados geométricos y sombreros imposibles, librerías con traducciones recientes de autores rusos que la ciudad leía con fascinación morbosa, como si el exilio pudiera volverse elegante cuando se encuadernaba bien.

Brand no miró demasiado.

Tenía en la mente el rostro de Elizaveta, no el rostro adulto, sino otro que apenas había alcanzado a ver entre el llanto: una niña pálida dentro de una habitación demasiado grande, esperando que alguien la abrazara antes de aprender a morder.

La mansión Rostov no tenía la calidez antigua de los Charpentier.

Era más severa, más mineral. La riqueza allí no se exhibía con suavidad francesa, sino con una precisión casi religiosa: mármol oscuro, lámparas art déco, maderas pulidas, vitrinas donde algunas joyas parecían observar al visitante con frialdad imperial.

Una casa hecha por personas que habían perdido un país y se negaban a perder también el derecho a intimidar.

Alekséi no estaba, quien llegó al vestíbulo fue Delaila.

Venía de GICH.

Eso era evidente antes de que nadie lo dijera.

Llevaba un abrigo color crema con cuello de piel clara, guantes impecables y una carpeta de cuero bajo el brazo; un alfiler dorado sujetaba su sombrero y había en ella esa mezcla de cansancio y autoridad propia de las mujeres que habían pasado la mañana decidiendo telas, cuentas, vitrinas y futuros ajenos sin permitir que el mundo las viera sudar.

Su perfume olía a iris, seda nueva y lluvia fría.

Al ver a Brand, se detuvo.

—Primo.

—Delaila.

Ella entregó los guantes a una doncella y lo observó con atención.

—Tu cara anuncia una tragedia familiar o una mala decisión. En esta familia, por desgracia, a menudo son la misma cosa.

Brand no sonrió.

—Necesito hablar con Alekséi.

La expresión de Delaila cambió poco, apenas se le tensó la boca.

—No está.

—Entonces hablaré contigo.

—Qué privilegio tan repentino.

Brand se acercó un paso.

—Necesito saber sobre Elizaveta.

Delaila no respondió de inmediato, fue una pausa pequeña, pero Brand la vio. Vio el cálculo, la lealtad hacia su esposo, la incomodidad de tocar una historia que no era suya, la inteligencia de comprender que él no estaba allí por curiosidad vulgar.

—Si quieres saber de tu esposa, empieza preguntándole a ella.

—Lo intenté.

—Y por tu expresión, lo hiciste mal.

—Delaila.

Ella suspiró.

—No uses ese tono, lo heredaron todos de sus padres y ninguno lo maneja con la delicadeza que cree.

Brand apretó la mandíbula.

—Si no me hablas de ello, iré directamente con Alekséi.

Delaila soltó una risa breve, sin humor.

—Alekséi no te dirá nada.

—Entonces buscaré a Pavel.

Eso sí la hizo quedarse quieta.

Brand lo notó y continuó, más bajo:

—Lo cuestionaré sobre su esposa, por la madre de Elizaveta. Le preguntaré por qué mi mujer tiene una carencia tan grande que cuando mi madre la abrazó pareció no saber qué hacer con el cuerpo.

La dureza de Delaila se volvió más grave.

—¿Alice la abrazó?

—Sí.

—¿Y Elizaveta?

Brand tragó el recuerdo.

—Lloró.

Delaila bajó la vista un instante, no pareció triunfar, tampoco compadecer. Únicamente recibió la información como quien escucha el sonido lejano de algo que por fin se rompe después de haber estado agrietado demasiado tiempo.

—También habla en sueños de Alekséi —añadió Brand.

Delaila levantó los ojos hacia él.

—Eso sí no deberías decírselo a mi esposo.

—Por eso estoy aquí.

El silencio entre ambos se volvió más pesado.

A lo lejos, dentro de la casa, sonó una puerta, una doncella cruzó el corredor con flores blancas. En algún salón cercano, un reloj dio la hora con campanadas suaves, demasiado francesas para aquella casa llena de fantasmas rusos.

Delaila señaló una salita lateral.

—Ven.

Brand la siguió a una habitación íntima, aunque no cálida.

Había un sofá de terciopelo verde oscuro, una mesa baja con servicio de té, libros en francés y ruso, y un retrato de Pavel Rostov más joven, con la mirada de un hombre que todavía no sabía que la historia estaba afilando un cuchillo detrás de él.

Delaila dejó la carpeta de GICH sobre una silla.

—No voy a contarte lo que no me corresponde.

—Entonces cuéntame lo que sí.

Ella lo miró con cierta tristeza.

—Sabes que Elizaveta no es una mujer sencilla.

—No he venido buscando sencillez.

—Has venido buscando una explicación que te permita soportarla.

Brand no negó. Delaila se sentó. Él permaneció de pie.

—Cuando los zares cayeron —empezó ella—, los Rostov no perdieron solo privilegios.

Perdieron el suelo. Habían vivido durante generaciones alrededor de un mundo que, de pronto, dejó de existir.

El nombre, la casa, los talleres, las joyas, los contactos con la corte…

todo eso se volvió peligroso de la noche a la mañana.

Brand escuchó sin moverse.

—Pavel fue arrestado durante los años más duros.

No fue un arresto limpio ni honorable. Ninguno lo era en ese tiempo.

Lo tomaron como a tantos hombres ligados al antiguo régimen: aristócratas, comerciantes ricos, personas demasiado visibles para pasar inadvertidas.

Alekséi y Elizaveta quedaron prácticamente solos durante un periodo.

Jóvenes, exiliados antes de serlo del todo, dependiendo de amigos, sobornos, rutas inciertas, nombres falsos.

Pavel consiguió salir después, no como quien gana una batalla, sino como quien es expulsado de un país que prefiere verlo lejos antes que muerto.

Hubo intervención de contactos extranjeros, dinero, documentos.

Fue una extradición disfrazada de misericordia.

Brand pensó en la niña del recuerdo que él había imaginado. En Elizaveta buscando una cama ajena. En Alekséi convirtiéndose demasiado pronto en refugio.

—¿Y su madre?

Delaila apretó los dedos sobre la falda.

—De ella se habla poco.

—Eso ya me dice bastante.

—No lo suficiente.

—Dime lo que sabes.

Delaila se levantó, inquieta ahora. Caminó hacia una ventana y miró el jardín húmedo.

—Sé que Elizaveta se aferró a Alekséi con una fuerza que no era normal para una hermana.

No al principio. Al principio era comprensible.

Él era su hermano mayor, su protector, el único punto fijo cuando todo lo demás caía.

Pero la guerra, el exilio, el miedo… esas cosas deforman los afectos.

Lo que en una niña era refugio, en una joven empezó a parecer otra cosa.

Brand sintió que algo frío le bajaba por la espalda.

—¿Estuvo enamorada de él? —Delaila no lo miró, esa fue respuesta suficiente—. Dilo.

—Sí —dijo al fin—. O creyó estarlo. No sé si hay una diferencia útil en casos como el suyo.

Brand apartó la vista.