4 La niña que no sabía pedir
El embarazo comenzó a notársele en los gestos antes que en el cuerpo, eso fue lo primero que Brand advirtió.
Elizaveta seguía siendo delgada, blanca hasta parecer hecha de una sustancia más fría que la piel, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros como tinta derramada y esos ojos grises azulados que, bajo cierta luz, podían parecer agua helada o acero recién pulido.
Su cintura todavía conservaba una elegancia casi imposible y, con los vestidos adecuados, la curva de su vientre podía confundirse con un pliegue generoso de tela, con una licencia de la moda, con uno de esos secretos que las mujeres de sociedad aprendían a ocultar bajo sedas bien cortadas, pero Brand miraba demasiado bien.
La veía apoyarse un segundo más en el respaldo de una silla antes de levantarse, la veía llevarse la mano al vientre cuando creía que nadie observaba, la veía rechazar ciertos perfumes con una mueca apenas visible, detenerse ante el olor del café demasiado fuerte, empalidecer cuando en la mesa servían pescado con salsa de mantequilla y limón.
La veía tocarse el cuello cuando algo la alteraba, como si necesitara comprobar que seguía respirando.
También la veía dormir.
No siempre dormía, algunas noches se quedaba inmóvil, de espaldas a él, fingiendo reposo con tal precisión que otro hombre habría creído en la mentira.
Brand no. Él oía el ritmo de su respiración cambiar cuando él movía una página, cuando se levantaba a apagar una lámpara, cuando cruzaba la habitación para abrir la ventana.
Elizaveta estaba aprendiendo a convivir con él como se convive con un enemigo educado: sin darle nunca la espalda del todo, incluso cuando el cuerpo parecía hacerlo.
Aquel día, París amaneció con un cielo de marzo color estaño.
La lluvia había cesado durante la madrugada, dejando en las calles un brillo oscuro y elegante.
Desde las ventanas de la mansión Charpentier se veía la ciudad moverse con esa energía contenida de los días fríos: automóviles salpicando los adoquines, mujeres con sombreros cloche entrando a las tiendas, criados cargando paquetes envueltos en papel crema, vendedores de periódicos anunciando noticias que las familias ricas leerían con distancia, como si Europa no hubiera demostrado ya demasiadas veces que podía entrar en cualquier salón sin pedir permiso.
Elizaveta estaba en el pequeño salón azul.
No bordaba, no leía, no fingía ocuparse en algo femenino y pacífico.
Estaba sentada junto a la ventana, con una manta ligera sobre las rodillas y una taza de té casi intacta en la mesa.
La luz gris le tocaba el rostro, haciéndola parecer más joven y peligrosa, como una muñeca fina que alguien hubiera dejado cerca del fuego sin darse cuenta de que podía arder.
Brand, de pie junto a la biblioteca, la observaba desde hacía varios minutos. Ella lo notó, por supuesto, siempre lo notaba.
Al principio no dijo nada, solo movió la cucharilla dentro de la taza con una lentitud deliberada. El sonido metálico contra la porcelana se repitió una vez. Dos. Tres. Luego dejó la cucharilla con demasiada suavidad, esa clase de suavidad que en ciertas mujeres anuncia el golpe antes que la calma.
—¿Vas a seguir haciéndolo todo el día? —preguntó.
Brand no apartó la mirada del libro que tenía en la mano, aunque no había leído una sola línea.
—¿Haciendo qué?
Elizaveta sonrió sin alegría.
—Pensé que tendrías la elegancia de no fingirte idiota.
Él cerró el libro.
—No sabía que me estabas evaluando.
—Me observas como si fuera una enfermedad rara.
Brand dejó el volumen sobre la mesa, era un libro sobre la nobleza rusa anterior a la revolución, adquirido dos días antes en una librería de viejo cerca del Sena.
Tenía el lomo gastado y algunas páginas aún conservaban olor a polvo, tinta y casas perdidas.
Elizaveta lo había visto, no había dicho nada, pero desde entonces cada gesto de Brand parecía irritarla el doble.
—Te observo porque no hablas —dijo él.
Ella soltó una risa baja.
—La mayoría de los hombres casados agradecerían esa virtud en una esposa, no pensé que fuera diferente contigo.
—Yo no me casé contigo por tus virtudes.
Elizaveta giró la cabeza, la luz le encendió un filo azul en los ojos.
—No. Te casaste conmigo por mi vientre.
Eso no lo hizo retroceder, quizá porque era cierta de una manera demasiado vulgar para merecer defensa; porque ambos sabían que su matrimonio había nacido de una mezcla de deseo, cálculo, imposición y escándalo; ninguna palabra elegante iba a volverlo más puro.
Brand avanzó hasta quedar frente a ella.
—Estoy cansado de rodear la misma pared, Elizaveta.
—Entonces deja de dar vueltas.
—Necesito saber.
La mano de ella, que descansaba sobre la manta, se cerró apenas.
—No necesitas nada de mí.
—Sí.
Esa sola sílaba la irritó más que un discurso.
Elizaveta se puso de pie, lo hizo demasiado rápido y el movimiento la traicionó: una leve pérdida de equilibrio, un cambio brusco de color en la boca, la mano yéndose al vientre antes de que pudiera impedirlo.
Brand dio un paso hacia ella por reflejo, pero ella alzó la palma, cortándole el acercamiento como si hubiera intentado tocar una herida.
—No.
Él se detuvo.
—Estás pálida.
—Soy pálida. No confundas mi rostro con una tragedia nueva.
—Elizaveta.
—Estoy harta de que me vigiles —dijo, y la voz, por primera vez, perdió una capa de esmalte—.
Harta de que midas mis palabras, mis silencios, mi sueño.
Harta de que dejes libros rusos sobre las mesas como migas para que yo me delate.
Harta de las preguntas que no haces y de tus ojos que creen tener derecho a abrirme por dentro.
—Brand la miró con una quietud dura, no se ofendió, y aquello la enfureció más—.
¿Crees que si encuentras una explicación vas a poder hacer algo conmigo?
Como si yo fuera una puerta cerrada y tú el heredero brillante que por fin descubre la llave correcta.
—No busco una llave.
—Mientes.
—Busco una causa.
Elizaveta lo miró como si acabara de insultarla.
—Qué palabra tan pobre.
—Es la única que tengo.
—Entonces úsala con alguien más.
Brand se acercó otro paso, no mucho, lo suficiente para que el aire entre ambos cambiara de temperatura.
—Necesito saber de tu pasado para hacer algo con tu presente.
La frase cayó en el salón con una claridad brutal.
Elizaveta se quedó inmóvil, durante un segundo, solo se oyó la lluvia vieja goteando desde la cornisa, el crujido bajo de la chimenea, el rumor lejano de una doncella cruzando el pasillo con una bandeja.
—Mi presente —repitió ella.
Brand notó el cambio en su respiración.
—Sí.
—¿Cuál presente? —Su voz se afiló, hermosa y venenosa—. ¿El de tu esposa embarazada? ¿El de la mujer que te obligaron a aceptar? ¿El de la vergüenza que respira en tu cama y se sienta en la mesa de tu familia?
—No he dicho eso.
—No hace falta. Hay hombres que gritan menos porque heredaron mejores modales, no porque sean menos crueles.
—No estoy intentando ser cruel.
—Eso es lo peor de ti, Brand. Que a veces haces daño con cara de estar cumpliendo un deber.
Él apretó la mandíbula, aquello sí lo tocó, porque pensó en Elettra, en Saint-Michel, en el umbral donde la había visto volverse silencio para que él pudiera convertirse en hombre correcto por la razón equivocada.
Pensó en el hijo que crecía dentro de Elizaveta, en la posibilidad todavía reciente de que todo su futuro hubiera sido decidido por hombres que hablaban de reputación como si estuvieran discutiendo el clima, pensó en su propia rabia, en su propia culpa.
Pero el rostro de Elizaveta empezó a cambiar, no era solo enojo, era una humedad fina apareció en la línea de su cabello. La piel, ya blanca, tomó un matiz casi translúcido. Respiró una vez, de forma insuficiente, y se llevó ambas manos al vientre.
Brand olvidó la discusión.
—Siéntate.
—No me órdenes.
—Estás sudando.
—Estoy furiosa.
—Estás temblando.
Ella bajó la mirada hacia sus manos, como si solo entonces descubriera que era verdad. Los dedos le vibraban contra la tela del vestido, aquello pareció avergonzarla más que asustarla. Dio un paso hacia atrás, pero la mesa pequeña le impidió seguir.
Brand llegó hasta ella.
—Elizaveta, basta.
Intentó tomarla del brazo. Ella se lo quitó de encima con una violencia torpe, desesperada, casi infantil.
—¡No me toques!
El grito rebotó contra las paredes azules, en el pasillo, algo se detuvo y Brand se quedó con la mano suspendida a medio camino.
Elizaveta respiraba demasiado rápido, los ojos le brillaban de rabia, pero detrás de esa rabia había otra cosa, más vieja, más desnuda, una forma de terror sin nombre que no parecía pertenecer a la mujer capaz de manipular salones enteros con una sonrisa.
—No voy a dejar que me abras —dijo, y ahora su voz temblaba—. No voy a darte eso, no voy a darte nada. Ya tienes mi nombre, mi cama, mi cuerpo creciendo con tu hijo, no vas a tener lo que me queda.
La puerta se abrió. Alice entró sin prisa, pero con una firmeza que ordenó el aire de inmediato.
Llevaba un vestido gris perla y una chaqueta ligera sobre los hombros; una hebra de sus cabellos oscuros, apenas plateados en las sienes, se había soltado del recogido.
No parecía alarmada, era algo peor: decidida.
—¿Qué ocurre aquí?
Brand no respondió enseguida. Elizaveta giró hacia ella con la expresión de una criatura sorprendida en plena caída.
—Nada —dijo.
Pero la palabra se le rompió en la boca; Alice miró a Brand, luego a Elizaveta, luego a la mano que ella mantenía sobre el vientre.
—Ven aquí, querida.