3 Finales de año #3
Habría sido más fácil odiarlo sin restos de ternura, habría sido más limpio mirarlo y no recordar la primera vez que su sonrisa le pareció una tragedia luminosa, ni la manera en que su voz podía volver interesante hasta la frase más irresponsable, ni esa parte de ella que, contra todo juicio, seguía buscándolo en las puertas antes de recordar que no debía hacerlo.
Lo quería todavía y eso la enfurecía, pero no iba a entregarle ese amor como un premio de consolación, no iba a ser la muchacha conveniente que lo perdonara porque él se veía hermoso arrepentido.
Quería que la viera, de verdad, no como consecuencia de su error, no como una mujer arruinada a la que debía reparar, no como el altar obligado al final de un escándalo.
Quería que se enamorara de ella si era capaz de hacerlo con los ojos abiertos y, si no lo hacía, tendría que marcharse, aunque el mundo se lo prohibiera, aunque París entero intentara cerrarle las puertas.
Nick observó su silencio y comprendió lo que no decía: que había una distancia nueva entre ellos y que no bastaría cruzarla con encanto.
—Tus padres —dijo él al fin—. ¿Ya hablaron contigo?
Camille tomó la taza, pero no bebió.
—Sí.
—¿Y?
Ella respiró despacio.
—Me dijeron la fecha de la boda.
Nick sintió que el café entero se apagaba alrededor.
—¿Cuándo?
Camille miró hacia la ventana. La lluvia había empezado a detenerse y sobre el vidrio quedaban líneas transparentes, como cicatrices limpias.
—A finales de año.
Nick soltó el aire que no sabía estar reteniendo. Finales de año. No era una salvación. Era una prórroga. Una cuerda alargada lo suficiente para que ambos pudieran ver el pozo con más claridad antes de caer o aprender a trepar.
—Tenemos meses —dijo Camille—. Todo ese tiempo para descifrar si podremos estar juntos o no.
Nick la miró.
La luz de la lámpara le doraba el cabello rubio y le hacía sombras delicadas bajo los ojos. No parecía una mujer vencida, sino una que acababa de poner condiciones en medio de una jaula.
—¿Y si descubrimos que no? —preguntó.
Camille alzó la barbilla.
—Entonces me escaparé si es necesario.
Nick se quedó inmóvil. No sonrió ni hizo un comentario ingenioso, porque la imaginó: Camille con una maleta pequeña, huyendo antes del amanecer por una estación fría.
Camille bajando del tren en una ciudad que no la conociera.
Camille creyendo que la libertad podía comprarse con distancia cuando su apellido, el de sus padres, el de él, el de todos los hombres que habían decidido por ella, la seguiría como una sombra legal.
Sus padres la buscarían, la encontrarían y la encerrarían, si no con llave, con médicos, tías, vigilancia, reputación, cartas interceptadas y esa clase de cárcel sin barrotes que las familias respetables construyen para las hijas que se atreven a desobedecer demasiado.
No era posible, no para ella, no así.
Y entonces, sentado frente a Camille en un café lleno de artistas, humo y música moderna, Nick sintió que algo dentro de él cambiaba de lugar.
No se volvió bueno, ojalá las cosas fueran tan simples.
No se curó de golpe de su cobardía ni de sus viejos vicios ni de esa necesidad suya de convertir cada herida en una broma antes de que alguien pudiera mirarla demasiado; pero por primera vez, al pensar en el matrimonio con Camille, la culpa no fue lo único que encontró.
También apareció una decisión torpe, aterrada y feroz: se iba a enamorar de ella.
No como quien cumple una condena con elegancia, ni como quien repara un daño poniendo su apellido sobre la mesa.
Se iba a enamorar de ella a como diera lugar, si es que el amor podía aprenderse mirando bien, quedándose quieto, escuchando sin convertirlo todo en espectáculo.
Se iba a ganar su perdón. No porque lo mereciera, sino porque ella merecía que alguien hiciera el esfuerzo completo por una vez.
Camille lo miró, desconfiada.
—¿Qué estás pensando?
Nick bajó la vista a sus manos, luego volvió a mirarla, no sonrió.
—Que no voy a dejar que tengas que escapar. —Camille no respondió. Él continuó, con voz más baja—: Y que si al final decides irte, no será porque yo te dejé sin otra salida.
La frase quedó entre ellos, frágil y seria, tan impropia en su boca que a ambos les costó respirarla. Camille apartó la mirada primero.
Afuera, París comenzaba a encenderse: los faroles, las marquesinas de los teatros, las ventanas de los cafés, los letreros que prometían música hasta tarde y mujeres con plumas bailando.
Nick permaneció sentado, no intentó tocarla ni intentó convencerla o hacerla reír y quizá por eso, solo por eso, Camille no le pidió que se marchara.
Durante un largo rato, compartieron la misma mesa sin saber si aquello era el principio de algo o apenas una forma más lenta de despedirse.
Pero Nick, mirando sus ojos azules reflejar la luz dorada del café, comprendió con una claridad casi dolorosa que enamorarse de Camille no sería una estrategia; sería, si ocurría, una rendición y por primera vez, la idea de rendirse no le pareció insoportable.