3 Finales de año #2
Camille tenía voluntad y él, idiota de nacimiento y práctica, casi había intentado resolverla cambiándola de hombre.
Se quedó afuera hasta que Foujita se levantó.
El pintor tomó la mano de Camille y la inclinó con una elegancia que parecía venir de otro continente y de otro siglo.
Ella sonrió, pero no bajó la mirada. Cuando él salió del café, Nick se apartó lo suficiente para no ser visto.
Esperó a que el hombre se alejara bajo la lluvia fina y solo entonces entró.
El interior de La Rotonde olía a café fuerte, tabaco rubio, lana húmeda, vino tinto y sopa de cebolla.
Había voces en francés, español, italiano, inglés; risas demasiado altas; una mujer con labios oscuros fumando en boquilla larga; un poeta flaco escribiendo furiosamente en una servilleta.
En una esquina, alguien mencionó a Picasso como si fuera un santo insoportable, en otra, dos hombres discutían sobre si el cubismo ya había muerto o solo se había vuelto caro.
Camille no lo vio hasta que él estuvo junto a su mesa, entonces cerró la carpeta, el gesto fue pequeño, definitivo.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Nick.
Camille se cruzó de brazos y volvió la cara hacia la ventana.
Nick pensó, con una inoportunidad casi dolorosa, que se veía preciosa incluso cuando lo despreciaba. La línea del cuello, la firmeza de la barbilla, la manera en que la luz le volvía los ojos de un azul más frío, casi invernal. Tomó asiento sin esperar respuesta.
—Gracias —dijo.
—No te di permiso.
—Lo sé. Estoy practicando ser peor de lo que esperas para que cualquier mejora parezca admirable.
Camille no lo miró.
—No estoy de humor para tus frases.
Nick apoyó las manos sobre la mesa, por una vez, no las movió.
—Perdón.
La palabra, dicha sin adorno, produjo un silencio raro entre ellos.
Camille giró apenas el rostro.
—¿Por qué?
—Por lo de Thiago.
—No. —Sus ojos se clavaron en él—. Te pregunto por qué propusiste una treta como esa. ¿Me creías tan estúpida?
Nick negó de inmediato.
—No.
—¿Tan desesperada?
—No.
—¿Incapaz de distinguir al hombre con el que pretenden casarme?
La frase le dolió de una forma merecida.
—No, Camille.
—Entonces explícame.
Nick miró su taza, el borde manchado de café, la huella tenue de sus labios sobre la porcelana.
—Notaba cómo me odiabas.
Camille se quedó quieta.
—Y pensé… —Nick soltó una risa baja, amarga—. No, no pensé. Eso sería darme demasiado crédito. Sentí que quizá la única forma decente de pedirte disculpas era librándote de mí.
Camille lo miró, no había suavidad en su rostro.
—Eso no es una forma de pedir disculpas.
—Ya me lo dijeron.
—Es una forma cobarde de salir de una situación que no te agrada.
Nick asintió.
—Sí.
Camille pareció preparada para discutir, pero su aceptación la dejó un instante sin lugar donde empujar la rabia.
—¿Eso es todo? ¿Vas a decir que sí a todo para parecer arrepentido?
—No. Voy a decir que sí cuando tengas razón, sospecho que será incómodo y frecuente.
Ella apretó los labios, el silencio volvió, esta vez, Nick no lo llenó.
Afuera, la lluvia caía sobre el boulevard como una cortina de cuentas, dentro, el café seguía vibrando a su alrededor: cucharillas contra porcelana, risas, fósforos encendiendo cigarrillos, un fragmento de jazz que llegaba desde algún local vecino, pero entre ellos dos se había formado un espacio distinto, más quieto y severo.
Nick bajó la voz.
—¿Quieres seguir con esa boda?
Camille miró hacia la ventana, la pregunta no la sorprendió, quizá llevaba días esperándola, no porque tuviera esperanza, sino porque necesitaba oírlo aceptar que su voluntad existía.
—No.
Nick sintió el golpe, porque oírlo en su boca lo volvía real.
—Entiendo.
—No, no entiendes. —Camille volvió a él—. Yo puedo decir que no. Puedo pensarlo, puedo escribirlo cien veces en una hoja y esconderla bajo mi almohada; pero mis padres no me permitirán algo diferente.
Nick cerró los dedos sobre el borde de la mesa.
—Por mi culpa.
—Sí. —Ella no lo suavizó. Él agradeció, de una manera amarga, que no lo hiciera.
Camille continuó—: Por lo que pasó aquella noche.
Por lo que la gente cree, por lo que otros insinuaron, por lo que mis padres decidieron que era mejor enterrar bajo un compromiso.
Estoy arruinada para ellos, Nick. No porque yo haya hecho algo imperdonable, sino porque la sociedad prefiere creer que una mujer manchada necesita dueño más rápido.
Nick bajó la mirada, el recuerdo del callejón volvió.
La noche húmeda, la pared fría. Camille mirándolo con una mezcla de miedo, ternura y una confianza que él no merecía.
Su propia mano tomándole el rostro, la desesperación con la que había buscado en ella un refugio que no tenía derecho a exigir.
Había sabido que ella lo quería, eso era lo peor, lo había sabido y, aun así, había usado esa bondad como un hombre usa una puerta abierta cuando huye de un incendio: sin preguntar si al otro lado había alguien que podía quemarse también.
No quería pensar en los detalles, no porque no importaran, sino porque importaban demasiado.
Recordaba la suavidad de Camille, su temblor, la forma en que ella había intentado convertir la confusión en cuidado.
Recordaba haberle tomado más de lo que debía: atención, ternura, nombre, reputación.
Había querido olvidar su propio vacío usando el corazón de ella como si fuera un pañuelo limpio y ahora la miraba sentada frente a él, hermosa, furiosa, entera pese a todo, y la culpa no era un gesto elegante. Era una mano cerrada en la garganta.
—¿Cómo puedo remediarlo? —preguntó.
Camille lo observó durante un largo momento, algo en sus ojos cambió, no se ablandó del todo, pero la rabia se mezcló con un cansancio más íntimo.
—Descúbrelo por tu cuenta.
Nick tragó saliva.
—Camille…
—No. —Ella se inclinó un poco hacia él—. No voy a darte instrucciones para que repares lo que rompiste. No voy a convertir mi dolor en una lista de tareas para que te sientas noble al cumplirlas.
Nick aceptó el golpe en silencio.
—Además —añadió, mirando la carpeta—, dejé de sentir algo por ti.
La frase fue precisa. Nick no se movió, pero algo en su pecho hizo un ruido sordo, como madera quebrándose en una habitación vacía.
—Ya veo.
Camille sostuvo la mentira con la misma postura con que sostenía una negociación: espalda recta, manos quietas, mirada fría; pero por dentro, la frase tembló, no había dejado de sentir.
Ojalá.