La última elección 3 Finales de año
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3 Finales de año

Thiago encontró a Nick en el salón de billar.

No estaba jugando. Eso, en sí mismo, ya era una señal de alarma.

Nick solía convertir cualquier habitación en una extensión de su propio desorden: un vaso abandonado junto a una ventana, una bola de billar empujada sin propósito, una carta doblada entre dos dedos, una sonrisa usada como cortina de humo; pero aquella tarde permanecía sentado en el borde de la mesa, con la chaqueta abierta, la corbata apenas aflojada y una copa intacta sobre el paño verde.

Afuera, París comenzaba a perder la luz bajo una lluvia finísima que hacía brillar los cristales como si alguien hubiera derramado plata líquida sobre ellos.

Thiago cerró la puerta, Nick escuchó, pero no giró de inmediato.

—Por tu cara —dijo—, deduzco que Camille te recibió con rosas, lágrimas de gratitud y una admiración renovada por mis ideas.

Thiago se quitó los guantes con lentitud.

—Camille me descubrió en menos de un minuto.

Nick soltó una risa breve.

—Qué ofensivo. Yo habría apostado por treinta segundos.

—También me mandó a decirte algo.

Ahora sí, Nick lo miró. En sus ojos violetas había burla todavía, pero debajo, más abajo, en ese sitio donde casi nadie llegaba porque él no lo permitía, algo se tensó.

—Qué honor. —Intentó jugar con la situación—. ¿Debo sentarme o ponerme de pie para recibir la sentencia?

Thiago se acercó hasta quedar frente a él.

—Dice que no se casaría conmigo.

Nick sonrió, la sonrisa le salió demasiado rápida.

—Una mujer sabia. Yo tampoco me casaría contigo, sería agotador tanta decencia durmiendo en la cama.

—Y dice que te hagas cargo de lo que hiciste mal con ella.

La sonrisa desapareció. No de golpe. Nick era demasiado hábil para permitir esas caídas visibles. Se le fue apagando desde los bordes, como una lámpara cubierta por una mano. Miró su copa, luego las bolas quietas sobre la mesa, luego a Thiago otra vez.

—Qué frase tan limpia —murmuró—. Casi parece fácil.

—No lo es.

—No me digas.

Thiago dejó los guantes sobre una silla.

—Nick.

—No empieces con esa voz.

—¿Cuál voz?

—La de hermano bueno que entra a una habitación oliendo a lluvia y sacrificio, listo para reconvenir.

Thiago lo sostuvo con la mirada.

Nick se bajó de la mesa y caminó hacia la ventana. Desde allí, el jardín interior parecía hecho de sombra, piedra y ramas desnudas. En el reflejo del cristal, su rostro se veía casi igual al de Thiago y, al mismo tiempo, brutalmente distinto.

—Me enteré de lo de los Rinaldi —dijo al fin.

Thiago no respondió.

—Padre no lo dijo en voz alta delante de mí, pero Philip escucha mejor de lo que finge y los criados hablan más cuando creen que uno está demasiado ebrio para entender. —Nick apoyó una mano sobre el marco de la ventana—. La fecha ya está escogida.

Thiago bajó la vista, no preguntó cuál, no todavía.

Nick giró la cabeza.

—Lo lamento por ti.

Aquello, viniendo de Nick, sonó tan desnudo que Thiago casi habría preferido una crueldad.

—No lo hagas.

—Sí lo hago. —Nick tragó saliva, incómodo con su propia sinceridad—. Porque ambos sabemos qué es ese matrimonio. Alekséi intentando salvar el de Elizaveta con Brand. Un apellido para contener otro. Una mujer ofrecida como muro. Un hombre puesto donde otro no sabe sostenerse.

Thiago permaneció quieto. La mansión olía a leña fina, cuero viejo, coñac sin tocar y flores blancas que Alice había mandado renovar antes de la cena.

Era un olor hermoso, también pesado, la belleza de aquella casa tenía la costumbre de envolver las tragedias familiares hasta volverlas presentables.

—Es gracioso —dijo Thiago, con una calma tan baja que dolía.

Nick lo miró.

—¿Qué cosa?

—Que me emparejan con la mujer de la que me enamoré. —Una sonrisa mínima, sin alegría, le tocó la boca—. Y aun así no hay triunfo posible, porque ella no me quiere.

Nick no hizo un chiste.

Ese fue su gesto de respeto, dejó pasar un silencio largo, de esos que entre hermanos no necesitan llenarse porque ya vienen cargados de demasiada infancia compartida.

—Tal vez se dé cuenta —dijo— de que contigo estaría mejor.

Thiago negó despacio.

—No.

—No seas tan dramático. Eso me corresponde a mí.

—No quiero ser la segunda opción de nadie.

La frase cayó con una dignidad sencilla.

Nick apartó la mirada primero, quizá porque no sabía qué hacer con la honestidad cuando no podía burlarse de ella o quizá porque, por un segundo, se vio a sí mismo desde fuera: un hombre a punto de casarse con una mujer que merecía ser elegida y no arrastrada hacia un altar por escándalo, deseo mal usado y cobardía.

—Camille me odia —dijo.

—Camille está enojada.

—Es una diferencia hermosa para bordar en servilletas.

—Es una diferencia real.

Nick tomó la copa y bebió por fin. El coñac le dejó un ardor breve en la garganta, un calor inútil que no llegó a donde hacía falta.

—¿Dónde está?

—En la galería, supongo o quizá no, dijo que debías ir tú.

—Por supuesto que lo dijo.

Thiago se acercó a la puerta.

—No vayas si solo piensas convertirlo en teatro.

Nick rió, pero sin ganas.

—Thiago, querido, yo soy teatro incluso cuando pido agua.

—Entonces aprende a quedarte después de que caiga el telón.

La frase lo dejó inmóvil, Thiago salió.

Nick permaneció en el salón unos segundos más, mirando la puerta cerrada. Luego dejó la copa, se abotonó la chaqueta, tomó el abrigo y abandonó la habitación con una decisión que aún no sabía si era valentía o simple miedo para quedarse quieto.

La galería estaba abierta, pero Camille no estaba allí.

La joven asistente, la misma que horas antes había presenciado la derrota teatral de Thiago, se irguió al ver entrar a Nick. Por un instante, su rostro mostró esa confusión mínima que los trillizos producían en quienes no los conocían lo suficiente, luego la sonrisa de Nick terminó de orientarla.

—Monsieur Charpentier.

—Mademoiselle. Busco a Camille.

La muchacha dudó. Nick apoyó un codo sobre el mostrador, inclinándose con esa gracia natural que hacía que hasta la impertinencia pareciera una cortesía mejor vestida.

—Prometo no robar ningún cuadro mientras me lo dice.

—No está aquí.

—Eso ya lo noto. Soy vanidoso, no ciego.

La asistente se ruborizó apenas.

—Fue a reunirse con un pintor.

Nick sintió algo desagradable moverse bajo las costillas, no celos, no tenía derecho, ese pensamiento lo irritó más que los celos mismos.

—¿Un pintor?

—Monsieur Foujita. Están hablando sobre una posible exposición, creo que iban a verse primero cerca de Montparnasse, en La Rotonde, o quizá en Le Dôme. Mademoiselle Camille mencionó ambos lugares.

Nick sonrió.

—Qué amable.

—Ella no dijo que pudiera decírselo.

—Entonces seré discretamente agradecido y fingiré que lo adiviné.

Salió antes de que la joven pudiera arrepentirse.

París lo recibió con una ráfaga de aire húmedo, humo de carbón y perfumes que escapaban de mujeres envueltas en pieles claras.

La tarde tenía ese color azul acerado que cae sobre la ciudad antes de encender los cafés.

En los bulevares, los automóviles avanzaban entre carruajes rezagados y peatones que levantaban los bajos de sus abrigos para salvarlos del agua.

Las vitrinas brillaban con sombreros cloche, frascos de Guerlain, guantes de cabritilla, novelas recién llegadas de imprenta y carteles que prometían música, baile y cuerpos modernos.

Nick tomó un taxi.

—Montparnasse.

El conductor arrancó entre un insulto y un bocinazo.

Mientras el automóvil cruzaba la ciudad, Nick miró el reflejo de su propio rostro en el vidrio; podía ser Thiago si se quedaba quieto, podía ser Brand si endurecía la mandíbula, podía ser cualquier Charpentier si el mundo solo necesitaba un apellido y un perfil correcto, pero Camille no lo había confundido.

Camille jamás lo confundía, ni siquiera cuando habría sido más cómodo para ella odiar el rostro equivocado.

La encontró en La Rotonde, la vio a través del cristal empañado.

Camille estaba sentada junto a una mesa redonda, con una taza de café negro a medio beber y una carpeta abierta frente a ella.

Llevaba un vestido azul oscuro que hacía más claro el color de sus ojos y un sombrero discreto ladeado sobre el cabello rubio.

La luz cálida del café le rozaba el perfil, encendiendo los mechones sueltos junto a la mejilla.

Frente a ella, Foujita escuchaba con una atención ladeada, el rostro fino, los lentes redondos brillando bajo la lámpara, los dedos manchados de tinta descansando cerca de una copa.

Nick se quedó afuera, no porque quisiera ser noble, sino porque algo en verla así lo detuvo.

Camille no estaba sonriendo como una muchacha que intenta seducir a un artista, no coqueteaba, no se inclinaba para regalar encanto; trabajaba y lo hacía de una manera que Nick no le había visto nunca porque, quizá, jamás se había molestado en mirarla el tiempo suficiente sin estar pensando en sí mismo.

La vio señalar un documento, esperar, no interrumpir.

Vio cómo cambiaba el tono de su cuerpo cuando necesitaba ceder sin parecer débil: los hombros relajados, la mano quieta, la mirada firme; vio cómo Foujita sonreía y ella no se dejaba distraer por el halago; vio cómo negociaba fechas, condiciones, espacio, catálogo, porcentaje de venta; cómo hablaba de luz, de público, de crítica, de modernidad.

No pedía un favor, ofrecía una oportunidad con la cortesía exacta para que el otro creyera que la estaba aceptando por inteligencia propia.

Nick sintió una punzada de admiración tan inesperada que casi le resultó ofensiva.

Camille era hermosa, eso ya lo sabía. Tenía ojos azules y cabello rubio, una boca hecha para parecer dulce incluso cuando estaba a punto de destrozar a alguien con una frase bien puesta; pero allí, viéndola trabajar entre humo de cigarro, café amargo, copas de absenta y hombres que discutían sobre arte como si hubieran inventado el sufrimiento, Nick comprendió que su belleza era apenas la puerta menos interesante de ella.