2 Las sonrisas distintas #3
—Intenté hacerme pasar por Nick.
Elettra lo miró, luego se rio. No se cubrió la boca, no intentó suavizarlo, se rio con una claridad tan inesperada que Thiago sintió una mezcla extraña de vergüenza y gratitud.
—Eso es imposible.
—Gracias por tu confianza.
—No, lo digo con absoluta seriedad, es imposible. Son demasiado distintos, como agua y aceite.
—Tenemos el mismo rostro.
—Tienen una arquitectura parecida, eso no es lo mismo.
Thiago se volvió hacia ella.
—¿Arquitectura?
—Sí. Los huesos, los ojos, el cabello. Lo que la sangre repite porque carece de imaginación, pero todo lo demás los delata.
—¿Todo lo demás?
Elettra lo miró como si aquello fuera evidente.
—Nick sonríe como si estuviera a punto de cometer un pecado y quisiera que alguien le agradeciera por hacerlo interesante.
Tú sonríes como si acabaras de perdonar a alguien sin decírselo.
—Thiago no respondió y Elettra pareció darse cuenta, por lo cual bajó la mirada a sus dedos manchados de tiza—. Perdón. A veces observo demasiado.
—No. —Thiago la miró con una seriedad suave—. Observas bien.
El silencio que siguió fue pequeño, pero no vacío. Elettra sintió esa paz otra vez y, con ella, una incertidumbre incómoda, porque la paz no siempre tranquiliza, a veces revela el cansancio exacto que una persona ha estado negando.
—Camille descubrió el plan de inmediato —dijo él—. Se negó.
—Camille parece inteligente.
—Lo es.
—Entonces era previsible.
—También dijo que Nick debía hacerse cargo de sus acciones.
Elettra sonrió apenas.
—Cada vez me agrada más.
—Me preguntó por qué siempre estoy dispuesto a ser el salvavidas.
La sonrisa de Elettra desapareció, no por dureza, sino porque la frase pedía un lugar más serio.
—¿Y qué respondiste?
Thiago miró hacia el patio, los niños habían dejado la pelota roja bajo un banco. El cielo empezaba a abrirse apenas, mostrando una claridad pálida entre las nubes.
—Que no sé en qué momento empecé a hacerlo.
Elettra no dijo nada.
Thiago continuó:
—Fue una tontería lo de Nick y yo. Pensamos que podíamos cambiar de lugar, aunque fuera por un tiempo, como cuando éramos niños y engañábamos a profesores o criados distraídos. Pero ya no somos niños y las personas que podrían salir heridas no son distraídos.
—No. Son mujeres —dijo Elettra, él la miró y ella sostuvo su mirada sin pestañear—. Mujeres a las que otros siguen acomodando en planes familiares como si fueran muebles heredados.
Thiago inclinó la cabeza.
—Sí.
—Al menos lo sabes.
—Saberlo no lo arregla.
—No. Pero impide que te vuelvas del todo idiota.
Thiago soltó una risa baja.
—Es un consuelo limitado.
—Los consuelos amplios suelen ser mentira.
La familiaridad de la conversación lo golpeó de forma delicada, no porque hubieran hablado así muchas veces, sino porque con Elettra el diálogo parecía encontrar una profundidad inmediata, como si ambos se reconocieran cansancios sin haber intercambiado historias completas.
Ella se quedó mirando la mancha azul en su traje.
—Entonces Camille se negó, tu plan fracasó y eso los sigue sentenciando el uno al otro.
Thiago sintió el peso de la frase.
—Sí.
Elettra bajó la vista. Había algo que llevaba días recordando, una frase suya, una promesa o una advertencia, o quizá ambas cosas. La había guardado dentro no porque le diera alivio, sino porque no sabía qué lugar concederle.
—Recuerdo lo que me dijiste —murmuró.
Thiago la miró.
—¿Qué cosa?
—Que seríamos un matrimonio que no se tomaría en cuenta, un matrimonio solo de nombre.
La seriedad cayó sobre él como sombra, por un instante, Elettra vio desaparecer al hombre de la piedra de dragón, al visitante querido por los niños, al hermano dispuesto a cargar culpas ajenas. Quedó otro Thiago, más quieto, más adulto y triste.
—Eso sigue en pie —dijo.
No titubeó, eso debió tranquilizarla, en parte lo hizo, sin embargo, algo en ella se movió hacia un lugar que no era alivio, porque una cosa era escuchar que no sería poseída, reclamada ni obligada a fingir una ternura inexistente y otra muy distinta era comprender que ese pacto también podía convertirse en una distancia imposible de cruzar.
Un matrimonio de nombre podía ser una jaula sin barrotes, o un refugio, o una condena lenta donde dos personas educadas compartían mesa, apellido y silencio hasta volverse desconocidos.
Elettra no sabía qué le daba más miedo: la intensidad de Brand, que la desordenaba o la calma de Thiago, que podía acostumbrarla.
—Bien —dijo al fin.
Thiago no pareció creerle del todo.
—¿Bien?
—Sí. Bien.
—No suenas convencida.
—No estoy obligada a sonar convencida para estar de acuerdo.
Él aceptó aquello con un leve gesto.
Desde el interior llegó el sonido de pasos adultos, distintos de los pasos infantiles, más medidos, más seguros. Elettra giró la cabeza hacia el corredor, una monja apareció, nerviosa, alisándose el delantal.
—Mademoiselle Rinaldi —dijo—, tiene visitas.
Antes de que Elettra pudiera preguntar, ellos ya estaban allí.
Matteo Rinaldi entró con la elegancia sobria de los hombres que no necesitan anunciar su riqueza porque la llevan en la forma de quitarse los guantes.
Alto, impecable, con un abrigo oscuro y el rostro de una familia acostumbrada a mandar incluso cuando sonríe.
A su lado venía Micaela, su esposa, prima de los Charpentier, hermosa de una manera más cálida, con un sombrero color ciruela y una expresión donde la cortesía intentaba ocultar cierta incomodidad.
Elettra se quedó muy quieta, no fue miedo exactamente, fue preparación, como si todo en ella acabara de cerrar puertas interiores.
—Elettra —dijo Matteo.
Su acento italiano rozó el nombre con una familiaridad que no llegó a ser afectuosa.
—Matteo.
Micaela se acercó con una sonrisa prudente.
—Lamento venir sin avisar.
Elettra miró de uno a otro.
—Si lo lamentaran lo suficiente, habrían avisado.
Thiago bajó la vista para ocultar una reacción; Matteo no se alteró, eso, en un hombre como él, era una forma de poder.
—No tomaremos mucho tiempo.
Sus ojos se desplazaron hacia Thiago.
—Monsieur Charpentier.
—Monsieur Rinaldi.
Micaela saludó a su primo con una inclinación más suave.
La red de parentescos, compromisos y decisiones familiares pareció tensarse bajo el techo humilde de Saint-Michel. Allí, entre paredes con tiza y dibujos infantiles, la aristocracia resultaba casi obscena, como un perfume demasiado caro derramado sobre una mesa de trabajo. Elettra cruzó los brazos.
—¿A qué debo la visita?
Matteo sostuvo su mirada.
—Venimos de reunirnos con William Charpentier.
La mandíbula de Elettra se tensó. Thiago sintió que la frase lo tocaba a él también, aunque todavía no hubiera sido nombrado. Micaela dio un paso hacia adelante, intentando suavizar lo inevitable.
—Se ha hablado de la boda.
Boda.
Elettra miró a Thiago. Él no supo qué había en esa mirada: ¿Paz? ¿Incertidumbre? Una pregunta que ninguno de los dos podía hacer delante de los Rinaldi. Matteo se quitó por fin los guantes.
—Ya hay fecha —dijo.
Y antes de pronunciarla, antes de que el día terminara de volverse sentencia, el silencio se extendió entre ellos con la delicadeza cruel de una carta aún sin abrir.