La última elección 2 Las sonrisas distintas #2
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2 Las sonrisas distintas #2

—No sé cuándo ocurrió, quizá desde niños, quizá porque Brand era demasiado orgulloso para pedir ayuda y Nick demasiado brillante para admitir que la necesitaba, quizá porque alguien tenía que notar el incendio antes de que la casa oliera a humo.

—Bajó la voz—. No sé en qué punto tomé ese papel.

Solo sé que, cuando quiero soltarlo, ya hay alguien esperando que lo sostenga.

Camille lo miró con respeto enfadado.

—Entonces déjalo caer.

Thiago soltó una risa muy baja.

—No siempre es tan sencillo.

—Sí lo es. Lo difícil es soportar el ruido que hace al caer.

Aquello le arrancó una mirada.

Camille no retrocedió.

En ese momento, Thiago comprendió algo sobre ella que quizá Nick aún no había querido mirar de frente: Camille no era una mujer frágil atrapada en un compromiso.

Era una mujer furiosa porque todos la confundían con una consecuencia y esa furia tenía dignidad.

Tenía filo, tenía una belleza distinta, menos evidente en los salones, pero más difícil de olvidar.

—No voy a aceptar que cambien de papeles —dijo ella.

Thiago asintió lentamente.

—Lo imaginé.

—Y no por orgullo ni porque me dé miedo el escándalo. Me niego porque Nick debe hacerse cargo por una vez de sus propias acciones. Si quiere casarse conmigo, que venga él; si no quiere, que tenga la decencia de decirlo con su rostro, con su voz y con su cobardía.

Thiago no pudo evitar una sonrisa mínima.

—Se lo diré.

—No. —Camille tomó de nuevo su carpeta—. Se lo mandarás a decir, que no es lo mismo.

La precisión le gustó, más de lo conveniente.

—De acuerdo.

Ella lo observó un instante, y la dureza de su rostro se suavizó.

—Thiago.

—¿Sí?

—No te cases con nadie por salvar a otro.

La frase lo alcanzó donde no esperaba. No respondió.

Porque el rostro de Elettra apareció en su memoria con una nitidez cruel: Elettra de pie en Saint-Michel, con tiza en los dedos y esa mirada capaz de no pedir permiso para existir; Elettra escuchando a Brand con una atención que antes a él le habría parecido intolerable; Elettra, la mujer que lo había sorprendido desde el primer día, la mujer que a él le gustó primero, aunque jamás hubiera sabido qué hacer con ese sentimiento sin convertirlo en renuncia.

Camille lo vio, quizá no entendió el nombre exacto de lo que pasaba por su rostro, pero sí la dirección del golpe.

—Y si ya lo estás haciendo —añadió en voz más baja—, al menos ten la honestidad de no llamarlo deber.

Thiago inclinó la cabeza.

—Gracias.

—No me agradezcas. —Levantó la mano para que no hablara—. Me irrita darte buenos consejos cuando estoy molesta.

Esta vez él sonrió de verdad, una sonrisa pequeña, triste y suya.

—Eso también se lo diré a Nick.

—Dile solo la parte donde debe venir a dar la cara. —Thiago se colocó los guantes, pero ates de salir, Camille lo detuvo con una última frase—: Y, Thiago… —Él se volvió observando que ella señalaba su manga—… Tienes pintura en el traje.

Thiago bajó la vista. En el borde de la chaqueta oscura había una mancha fresca, azul, casi del mismo tono que la de Camille. Debió rozar alguna mesa, algún marco recién barnizado, algún descuido de la galería. Camille sonrió.

—Nick habría convertido eso en una tragedia encantadora. Tú pareces a punto de disculparte con la pintura.

Thiago miró la mancha y luego a ella.

—Tal vez la pintura no lo merecía.

Camille se rió otra vez, más bajo y esa risa lo acompañó cuando salió a la calle, bajo la lluvia fina de París, con la certeza amarga de que algunas mujeres tenían la extraña costumbre de decir la verdad justo cuando uno llevaba años evitando escucharla.

No pidió el automóvil, caminó, necesitaba el frío.

París se extendía a su alrededor con esa elegancia cansada de las ciudades que han sobrevivido a demasiados hombres importantes.

Los escaparates reflejaban sombreros, perlas falsas, plumas, libros recién impresos, frascos de perfume con nombres de mujeres muertas.

En una esquina, un vendedor de castañas removía su brasero y el olor tibio, dulce y ahumado se mezclaba con el de la gasolina, la lluvia y el pan caliente que salía de una boulangerie cercana.

Un grupo de muchachas pasó riendo bajo paraguas oscuros, con las faldas más cortas de lo que Alice habría aprobado en voz alta y quizá menos de lo que en secreto le habría divertido.

Desde un café llegó una conversación sobre Picasso, sobre Cocteau, sobre una bailarina americana que todos decían que estaba volviendo loco a París.

La ciudad parecía empeñada en cambiar de piel cada noche, pero algunas cosas permanecían intactas: los apellidos seguían pesando, los matrimonios seguían negociándose, las mujeres seguían pagando el precio de las decisiones masculinas.

Thiago caminó hasta Saint-Michel sin haber decidido hacerlo.

Cuando se dio cuenta, ya estaba frente a la reja negra.

La escuela no tenía la belleza artificial de la galería.

Allí el color no estaba colgado en marcos dorados, sino en bufandas infantiles, en macetas con tierra húmeda, en dibujos torcidos pegados a las paredes, en una pelota roja abandonada junto a un banco.

El edificio olía a tiza, sopa de verduras, carbón encendido y ropa limpia secándose demasiado cerca del fuego.

Era un olor humilde, vivo, dolorosamente honesto.

Apenas cruzó el patio, tres niños lo vieron.

—¡Monsieur Thiago!

Fue como si su nombre abriera una puerta y en cuestión de segundos, se encontró rodeado.

Uno se colgó de su brazo; otro le mostró una pizarra con una suma mal resuelto; una niña de trenzas deshechas le preguntó si los hombres ricos también se mojaban cuando llovía; un pequeño con la nariz colorada le ofreció solemnemente una piedra, explicando que era “muy importante” porque parecía un huevo de dragón.

Thiago, que venía de fracasar en una mentira adulta, se vio obligado a inclinarse ante la piedra con absoluta seriedad.

—Es una pieza notable —dijo—. Hay que vigilarla, los dragones suelen ser impacientes al nacer.

El niño abrió mucho los ojos.

—¿Usted ha visto uno?

—He visto a mi hermano Nick antes del desayuno. Es parecido.

Los niños estallaron en risas y Thiago sintió que algo en su pecho se aflojaba. Aquello le ocurría siempre en Saint-Michel.

No era felicidad exactamente, era descanso, como si allí nadie esperara que resolviera una guerra familiar, ni que se sacrificara con elegancia, ni que entendiera antes que los demás dónde dolía todo.

Allí bastaba con sostener una pizarra, rescatar una pelota, escuchar una historia imposible sobre dragones.

—Van a convertirlo en uno de ustedes si lo rodean así.

La voz de Elettra llegó desde la puerta del corredor.

Thiago levantó la vista. Ella estaba allí.

Llevaba un vestido de lana oscuro, sencillo, con mangas ajustadas y el cabello recogido atrás.

Algunos mechones se le habían soltado junto a las sienes, dándole una suavidad que contrastaba con la línea firme de su boca.

Tenía tiza en los dedos y una sonrisa calma, casi involuntaria, al verlo atrapado entre niños.

Thiago la miró demasiado tiempo, no fue capaz de evitarlo y Elettra lo vio, ella parecía haber nacido con esa habilidad incómoda de advertir incluso lo que los demás creían haber ocultado bien.

—A clase —dijo a los niños, dando dos palmadas suaves—. Y dejen respirar a monsieur Charpentier antes de que decida no volver.

—¡Él sí vuelve! —protestó la niña de las trenzas.

—Entonces no abusen de su paciencia.

—Tiene mucha —dijo el niño de la piedra.

Elettra miró a Thiago con una ceja apenas levantada.

—Eso dicen.

Los pequeños se dispersaron con risas y pasos desordenados. El patio quedó más amplio y silencioso de golpe. La lluvia había cesado, pero el aire seguía húmedo, lleno de ese olor mineral que queda cuando París ha llorado lo suficiente para sentirse bella otra vez.

Thiago guardó la piedra de dragón en el bolsillo del abrigo.

Elettra lo notó.

—¿Piensa conservarla?

—Me han dicho que es importante.

—Entonces sería una falta de diplomacia abandonarla.

—No me atrevería.

La sonrisa de Elettra se hizo apenas más visible y a ella le ocurrió algo que no quiso nombrar.

Thiago tenía una forma de estar en el mundo que no exigía defensa inmediata.

Con Brand, todo en ella se tensaba y se encendía a la vez, como si su sola presencia le obligara a levantar armas que no siempre quería sostener.

Brand la abrumaba incluso cuando callaba, la miraba como si quisiera descubrirle el punto exacto donde una mujer se convierte en incendio.

Thiago, en cambio, no quemaba. Thiago templaba.

Había en él una paz que no era debilidad, una calma que no se parecía a la indiferencia.

Cerca de él, Elettra sentía algo menos teatral que el deseo y más peligroso precisamente por eso: la posibilidad de no estar luchando.

No sabía qué hacer con aquella tranquilidad, había aprendido a defenderse de la intensidad; la paz, en cambio, le resultaba sospechosa.

—Vienes de ver a Camille —dijo.

Thiago se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo sabes?

Elettra señaló con un gesto mínimo su manga.

—Pintura fresca. Azul cobalto. La galería donde trabaja usa ese tono para las restauraciones de marcos y fondos. Además, traes cara de hombre que acaba de recibir una lección merecida.

Thiago bajó la vista hacia la mancha.

—Empiezo a pensar que hoy mi traje me está traicionando.

—Los trajes suelen ser más honestos que sus dueños.

—Eso también me lo han insinuado esta mañana.

Elettra ladeó la cabeza.

—¿Camille?

—Camille.

Caminaron hacia el corredor cubierto, no entraron del todo, se quedaron bajo el arco, entre el patio y la escuela, en ese lugar intermedio donde el aire frío de fuera se mezclaba con el calor del interior.

Desde un aula cercana llegaba el murmullo de voces infantiles recitando una lección.

Una campana pequeña sonó en alguna parte. Olía a tiza mojada y sopa de puerro.

—¿Y qué hiciste para merecer la lección? —preguntó Elettra.

Thiago apoyó una mano en la piedra del muro.