2 Las sonrisas distintas
La galería olía a aceite fresco, barniz caro y flores que alguien había colocado con demasiada confianza junto a una ventana abierta.
No era un olor desagradable, al contrario, tenía esa mezcla particular de los sitios donde París fingía hablar de belleza cuando en realidad hablaba de dinero, deseo y reputación.
Sobre las paredes color crema colgaban lienzos de mujeres largas, naturalezas muertas demasiado sensuales, calles lluviosas de Montmartre, bailarinas inclinadas en un gesto cansado y retratos de hombres que parecían haber nacido con la seguridad de que alguien, tarde o temprano, pagaría por conservarles la expresión.
Afuera, la mañana continuaba gris y brillante, lavada por una llovizna que convertía los adoquines en pequeños espejos oscuros.
Los automóviles pasaban junto a carruajes rezagados, las mujeres caminaban con sombreros cloche y labios más atrevidos de lo que sus madres habrían tolerado, y desde un café cercano llegaba, amortiguado por los cristales, el sonido de una trompeta ensayando una melodía de jazz con descaro americano.
Thiago Charpentier se detuvo frente a la entrada de la galería y respiró hondo, el aire le supo a error, no era que no supiera mentir, todo hombre nacido en una familia como la suya aprendía a mentir antes de aprender a nombrar sus propias emociones.
Se mentía en cenas, en funerales, en bailes, en compromisos, en cartas escritas con tinta azul y frases escogidas para decir exactamente lo contrario de lo que el corazón estaba gritando, pero lo suyo nunca había sido el disfraz ruidoso.
Thiago era capaz de callar, de sostener un gesto, de proteger una verdad encerrándola bajo siete capas de cortesía.
Fingir ser Nick, en cambio, exigía otra clase de imprudencia.
Nick no ocultaba. Nick iluminaba el desastre para que todos lo miraran.
Thiago se acomodó los guantes, entró y sintió de inmediato que estaba haciendo el ridículo de una manera refinada, lo cual no la hacía menos ridícula.
La campanilla de la puerta sonó con un tintineo discreto.
Una joven asistente levantó la vista desde un escritorio y se apresuró a saludarlo al reconocer el rostro, o el apellido, o ambas cosas.
Thiago inclinó apenas la cabeza, demasiado correcto.
Se dio cuenta al instante y corrigió el gesto con una sonrisa más amplia, un poco torcida, intentando reproducir esa facilidad peligrosa con la que Nick parecía disculparse y ofender al mismo tiempo.
—Busco a mademoiselle Camille —dijo y su voz sonó como la suya, eso era un problema, carraspeó, dejó que la sonrisa le subiera más a la boca y añadió—: Aunque, si está ocupada admirando cosas más bellas que yo, sabré esperarla con dignidad herida.
La asistente parpadeó. Thiago también, por dentro. Aquello había sonado a Nick escrito por un hombre moribundo.
—Un momento, monsieur Charpentier.
La joven desapareció por una puerta lateral.
Thiago se quedó en medio de la galería, rodeado de cuadros y silencio elegante.
Había un lienzo de una mujer de espaldas frente a una ventana, el vestido abierto hasta la mitad, la nuca inclinada con una melancolía tan precisa que parecía indecente.
Más allá, una escena de cabaret: una bailarina con medias negras, boca roja, ojos cansados, una pluma verde inclinándose como una pregunta sobre su frente.
París adoraba ese tipo de imágenes: mujeres convertidas en símbolo, en tentación, en modernidad.
Mujeres pintadas por hombres que luego volvían a casa con esposas adecuadas.
Thiago pensó en Camille, luego deseó no haberlo hecho.
Ella apareció desde la sala posterior con una carpeta entre las manos y una mancha diminuta de azul cobalto en la manga clara del vestido.
Llevaba el cabello recogido con sencillez, aunque algunos rizos rebeldes le rozaban las mejillas; no tenía la belleza hiriente de Elizaveta ni la gravedad extraña de Elettra.
Camille era otra cosa, una luz más limpia, una mujer que parecía hecha de educación y voluntad, de suavidad exterior y firmeza en el centro.
Al verlo, se detuvo. Thiago sintió que todos sus músculos tomaban conciencia de sí mismos.
—Camille —dijo, intentando que su voz sonara más ligera—. Qué alivio. Temía encontrarme obligado a conversar con esos cuadros. Algunos tienen expresión de querer cobrarme por mirar.
Ella lo observó, un segundo, dos, luego se rio.
No una risa cortés, no una risa de salón, medida para permitir a un hombre conservar su vanidad, se rio de verdad, con una mano cubriéndose apenas la boca y los ojos brillando de una diversión tan franca que Thiago sintió, con horror, que se le calentaban las orejas.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
Thiago sostuvo la sonrisa.
—Vine a verte.
—No. —Camille se acercó, todavía riendo—. Eso puedo verlo, pregunto por qué estás intentando comportarte como tu hermano.
El golpe fue limpio. Thiago cerró la boca.
Camille ladeó la cabeza y lo miró con una atención casi maternal, aunque ella no tenía nada de maternal en ese momento, parecía más bien una mujer observando a un hombre que ha entrado en una habitación con una máscara puesta al revés.
—Thiago —dijo—, incluso cuando sonríes como Nick, pareces estar pidiendo perdón por él.
Él bajó la vista hacia sus guantes.
—Entonces no ha funcionado.
—No ha empezado a funcionar.
La humillación, por alguna razón, no fue tan desagradable como esperaba. Tal vez porque Camille no lo estaba castigando. Se reía, sí, pero no con crueldad y eso lo desarmó más que cualquier reproche.
—Nick me propuso cambiar de lugar con él —dijo al fin.
La risa de Camille se apagó, la galería pareció quedarse sin música.
—¿Perdón?
Thiago respiró despacio.
—Pensó que sería más llevadero para ti. Que, si yo ocupaba su lugar durante algunas entrevistas, quizá durante ciertos encuentros familiares, quizá durante parte del compromiso…
—¿Durante parte del compromiso? —Camille dejó la carpeta sobre una mesa cercana con demasiada precisión—. ¿Y luego qué? ¿Ibas a presentarte también en la iglesia? ¿A decir mis votos por mí? ¿A vivir mi matrimonio cuando Nick se canse de hacerlo?
—No.
—¿No?
—No así.
—¿Y cómo, entonces?
Thiago no respondió. Afuera pasó un automóvil salpicando agua contra la acera. Dentro, el olor a barniz se volvió más fuerte y áspero.
—Nick pensó que te disgustaría menos casarte conmigo que con él.
Camille lo miró como si la frase acabara de manchar algo más importante que un vestido.
—Qué considerado de su parte decidir también la forma exacta en que debo sentir asco.
Thiago cerró los ojos un instante.
—Camille…
—No. —Ella alzó una mano—. No digas mi nombre con esa voz, no lo suavices, estoy cansada de que todos suavicen las decisiones que toman por mí para que parezcan favores.
Thiago recibió la frase sin moverse.
Ella tenía razón, eso era lo peor, que no había defensa digna cuando la verdad estaba tan bien dicha.
—Lo siento —dijo.
Camille lo miró con el ceño fruncido, no satisfecha, pero atenta.
—¿Lo sientes porque fue una mala idea o porque te descubrí demasiado pronto en tu treta?
—Por ambas cosas, quizá.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Al menos eso sí sonó a ti.
Thiago se quitó los guantes lentamente, necesitaba hacer algo con las manos, había hombres que al sentirse acorralados bebían, otros gritaban, otros seducían. Thiago ordenaba cosas: los guantes, el abrigo, los silencios. Era una forma pobre de no desmoronarse.
—No vine para burlarme de ti —dijo—. Ni para empeorar lo que ya de por sí resulta injusto.
—Pero lo empeoraste.
—Sí. —Camille cruzó los brazos, la mancha de pintura en su manga parecía una herida pequeña y azul—. Dime la verdad. ¿Por qué?
Thiago la miró.
—Quizá el cambio habría hecho más llevadero el matrimonio.
Camille respiró por la nariz, con paciencia furiosa.
—¿Para quién?
La pregunta fue sencilla. Devastadora. Thiago abrió la boca y no encontró respuesta inmediata: había pensado en Camille, en Nick, incluso en Elettra, aunque no se lo había permitido con claridad.
Había pensado en daños que podían evitarse, en escándalos que podían atenuarse, en sacrificios que podían repartirse; pero la pregunta de Camille partía el plan por el centro y lo dejaba al descubierto: todos seguían moviéndola como una pieza.
—Para ti —dijo, aunque ya no estaba seguro.
—No. Para Nick, para ti, para las familias… para la tranquilidad de todos menos la mía.
Thiago inclinó la cabeza.
—Tienes razón.
Ella pareció más irritada por su rendición que por la idea misma.
—¿Por qué haces eso?
—¿Qué cosa?
—Ponerte siempre en el lugar donde alguien va a recibir el golpe.
Thiago frunció apenas el ceño.
—No lo hago.
—Sí lo haces. —Camille se acercó un paso—. Primero con Elettra, ahora conmigo, siempre dispuesto a ser el salvavidas y la víctima de todos, como si tu vida fuera una especie de embarcación disponible para naufragios ajenos.
Thiago sintió que algo le cruzaba el pecho, no fue dolor, fue reconocimiento… lo cual era peor.
—No es así.
—¿No? —Camille lo miró con esa claridad que no necesitaba ser cruel para resultar insoportable—. ¿No piensas en el amor, Thiago? ¿No piensas en lo que tú quieres? ¿O eso también te parece una frivolidad que tus hermanos pueden permitirse y tú no?
El nombre de Elettra apareció sin ser pronunciado otra vez.
Thiago volvió la vista hacia un cuadro colgado a la derecha: un puente sobre el Sena bajo una tarde violeta, pinceladas rápidas, agua partida por luces amarillas.
Era una escena bella, impersonal, le pareció injusto que el mundo siguiera produciendo belleza mientras algunas frases abrían cosas que uno prefería mantener cerradas.
—En algún momento —dijo despacio— empecé a ser la persona que salva a mis hermanos de sus metidas de pata.
Camille no interrumpió.