La última elección 1 La mujer observada #3
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1 La mujer observada #3

Solo dijo su nombre. Bastó. Nick cerró la boca, pero no la sonrisa.

Thiago miraba ahora hacia la ventana, donde París aparecía envuelto en una bruma color plata sucia.

Brand observaba a sus hermanos con una concentración incómoda.

Elizaveta sintió una punzada de interés genuino, esa clase de interés que no nace de la empatía sino del olfato por el desastre. Alice apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Antes de que alguno decida convertir esta mañana en una comedia cruel, diré algo.

Philip murmuró:

—Eso suele ser el prólogo de una ejecución.

Alice lo ignoró.

—Ustedes se parecen demasiado. Lo sé mejor que nadie. Tienen la misma sangre, la misma altura, los mismos ojos violetas de mi familia y el cabello de su padre. Cuando eran niños, había quien necesitaba mirarlos dos veces para distinguirlos, otros ni siquiera lo intentaban.

Nick ladeó la cabeza.

—Siempre me ha parecido ofensivo que digan que somos exactamente iguales. Yo soy claramente el más encantador.

—Tú eres claramente el más dispuesto a decir eso en voz alta —corrigió la madre con una ceja elevada.

Thiago ocultó una sonrisa mínima. Alice continuó—: Pero ninguna madre confunde a sus hijos.

Nunca. Brand siempre ha sido una puerta cerrada con fuego detrás.

Thiago, una lámpara encendida en una habitación donde todos fingen no necesitar luz. Nick…

Nick elevó la copa de agua.

—Sé amable.

—Nick es una ventana abierta durante una tormenta.

Philip tosió una risa. Nick no pareció ofendido, algo en su mirada, sin embargo, se movió. Alice los miró uno por uno.

—Y precisamente porque los conozco, les advierto: no jueguen con aquello que puede destruir a otras personas solo porque ustedes todavía no han decidido qué hacer con lo que sienten.

La frase no tuvo destinatario único, por eso dolió más.

Thiago fue el primero en ponerse de pie.

—Con permiso.

Nick se levantó casi al mismo tiempo.

—Yo también necesito aire. Preferiblemente uno sin sermones maternos flotando en él.

—Nicholas —dijo Brand.

—Brand —respondió Nick, con una reverencia mínima—. Siempre tan útil para repetir mi nombre como si fuera una infracción.

Thiago ya iba hacia la puerta. Nick lo siguió. El resto de la familia los miró salir en silencio. Alice no intentó detenerlos, esa fue la señal más clara de que había entendido más de lo que decía.

Elizaveta tomó su taza de café, el aroma era profundo, oscuro, con un punto de achicoria.

Bebió apenas. El niño, o su estómago, protestó con suavidad.

Brand seguía mirando la puerta. Elizaveta lo observó a él ahora, había algo casi divertido en descubrir que no era la única persona de esa familia siendo estudiada.

Afuera, en el corredor, Nick alcanzó a Thiago junto al ventanal que daba al jardín interior.

La mañana había dejado gotas sobre los cristales y los árboles desnudos parecían dibujados con tinta diluida.

Desde algún salón lejano llegó el sonido de un gramófono apagándose, una melodía de jazz que alguien del servicio habría puesto demasiado bajo para no ser reprendido.

París estaba cambiando incluso dentro de las casas que fingían permanecer intactas.

Thiago no se volvió enseguida.

—Fue una estupidez mirarte en la mesa —dijo.

Nick se apoyó contra la pared.

—No. La estupidez fue que nos miráramos con Alice presente, es como intentar robar una joya bajo la mirada del joyero.

Thiago exhaló, cansado.

—Esto puede salir mal.

—Todo puede salir mal, esa es la virtud de las ideas interesantes.

—Nick.

La forma en que Thiago dijo su nombre le quitó a Nick parte de la sonrisa.

Se quedaron en silencio. Afuera, un jardinero cruzó el patio con una carretilla.

Más allá, París respiraba carbón, pan caliente, gasolina y lluvia.

En los cafés de Montparnasse, a esa hora, algún pintor español probablemente ya discutía con un poeta borracho sobre el color de la modernidad.

En los teatros, las bailarinas dormirían hasta tarde con los pies doloridos.

En los salones correctos, las madres estarían calculando alianzas sobre porcelana fina.

Y allí, en una casa demasiado bella para ser inocente, dos hermanos contemplaban la posibilidad de cometer una locura.

—Cambiar de lugares —murmuró Thiago en medio de una risotada—. Dicho en voz alta suena aún peor.

Nick se llevó una mano al pecho.

—Me hieres. A mí me sonó brillante.

—Porque tú tienes una relación irresponsable con el brillo.

—Y tú una relación enfermiza con la culpa.

Thiago lo miró por fin.

Nick sostenía la broma, pero había tensión en los dedos con que tocaba el borde de su chaqueta. Thiago lo conocía demasiado bien, con Nick, el dolor casi siempre entraba vestido de burla.

—No estoy jugando —dijo Thiago.

—Eso ya lo sé. Es parte del problema.

—Camille no merece esto.

Nick apartó la vista hacia el jardín.

El nombre de Camille pareció modificarle la cara de una manera breve y brutal. No ternura, no exactamente. Algo más torpe, más joven, como si por un instante se le hubiera caído la máscara y debajo hubiera un hombre que no sabía qué hacer con una emoción que no podía convertir en espectáculo.

—No —admitió—. No lo merece.

Thiago dio un paso hacia él.

—Entonces dime qué sientes por ella.

Nick soltó una risa seca.

—Qué pregunta tan poco fraternal.

—Dímelo.

—¿Para qué? ¿Para que puedas decidir si soy un monstruo?

—Para saber si estamos por destruirle la vida a alguien por cobardía.

Nick dejó de sonreír.

Durante un momento, el parecido entre ambos se volvió inquietante: misma mandíbula, mismos ojos violetas, misma boca heredada de Alice y oscurecida por William; pero donde Thiago parecía tallado para resistir, Nick parecía hecho para arder.

—No tengo idea —dijo al fin. La confesión salió baja, casi sucia.

Thiago no respondió. Nick tragó saliva y miró hacia la ventana—.

Eso es lo peor, ¿no? Que no puedo decir que no siento nada.

Sería fácil. Sería cómodo. Podría burlarme, casarme, hacerla infeliz de una forma perfectamente elegante y culpar al mundo por haberme puesto un anillo en la mano.

Pero Camille… —Se interrumpió, irritado consigo mismo—.

Camille me desarma de maneras que no sé nombrar.

cuando no sé nombrar algo, suelo arruinarlo antes de que me arruine a mí.

Thiago bajó la mirada.

—Entonces no la arruines.

Nick rio sin humor.

—Qué consejo tan hermoso. Deberías bordarlo en una almohada.

—Nick.

—Está bien. Está bien. —Se pasó una mano por el cabello—. No sé qué siento. Sé que me importa. Sé que me enfurece que me importe. Sé que cuando pienso en casarme con ella me falta el aire, y no sé si es rechazo o miedo. ¿Eso te sirve?

Thiago lo observó con una tristeza breve.

—Sí.

Nick ladeó la cabeza, recuperando apenas el filo.

—Ahora tú.

—¿Yo qué?

—Elettra.

El nombre quedó suspendido entre ambos. Thiago no parpadeó, pero su rostro cambió, no hacia el dolor evidente, rara vez se concedía esas vulgaridades.

Cambió hacia algo más agotado, como si el nombre no hubiera abierto una herida, sino presionado un moretón que llevaba demasiado tiempo bajo la ropa.

—No —dijo.

Nick alzó las cejas.

—Qué respuesta tan exuberante.

—Ya no.

—¿Ya no qué?

Thiago miró hacia el jardín.

—Ya no puedo sentir nada por ella.

Nick lo estudió con una atención más seria.

—Eso no suena a verdad. Suena a castigo.

Thiago apretó la mandíbula.

—Siento que me he desgastado lo suficiente con ese tema.

La frase fue firme, demasiado firme.

Nick se separó de la pared.

—Thiago…

—No. —Esta vez la voz de Thiago fue suave, pero cerrada—. Hay cosas que uno deja de sentir no porque hayan desaparecido, sino porque seguir sintiéndolas empieza a parecer una falta de dignidad.

Nick guardó silencio, por una vez, no encontró una broma inmediata.

Desde el comedor llegó una risa baja de Philip, luego la voz de Alice, luego el tintinear de una taza.

La vida familiar seguía detrás de ellos como si no acabaran de asomarse al borde de una decisión absurda. Nick miró a su hermano.

—Tal vez esto no funcione nunca.

—Tal vez no.

—Tal vez nos descubran en un día.

—Tal vez en una hora.

—Tal vez Alice ya lo sabe.

Thiago lo miró, ambos pensaron lo mismo, luego Nick sonrió, pero esta vez sin alegría.

—Entonces tenemos menos tiempo del que creíamos.

Thiago volvió los ojos hacia el comedor, hacia la casa, hacia todo lo que aquella familia esperaba de ellos.

—O más razones para detenernos.

—No. Más razones para hacerlo bien.

Y en el silencio que siguió, mientras París se abría bajo la lluvia como una flor gris, ninguno de los dos se atrevió a decir que quizá ya era demasiado tarde para hacer bien cualquier cosa.