EPÍLOGO #2
Aquel día desperté en la cama de un hospital con la imagen de un techo blanco desplazándose a toda velocidad sobre mi cabeza.
Durante unos segundos no supe dónde estaba ni por qué había varias personas caminando deprisa a mi alrededor.
Alguien me hablaba, alguien más decía que tenía que entrar en quirófano cuanto antes y yo intentaba preguntar por Connor, aunque ni siquiera estaba segura de que las palabras llegaran a salir de mi boca.
El anestesista se inclinó sobre mí y, antes de que consiguiera entender qué estaba ocurriendo, volví a dormirme.
No conocí el resto de la historia hasta mucho más tarde, cuando Connor vino a verme y me contó lo sucedido.
Yo había conseguido escapar del sótano. De esa parte sí me acordaba.
También recordaba haber corrido por el bosque sin saber muy bien hacia dónde iba, únicamente preocupada por alejarme de aquella casa.
Lo que ocurrió después fueron fragmentos.
En mi huida metí el pie en uno de los cepos que el padre de Connor había colocado después de que unos zorros atacaran a sus pavos reales.
Los dientes se cerraron sobre mi pierna y ya no pude seguir corriendo.
Anthony me alcanzó y, cuando estaba a punto de estrangularme, Connor apareció con una de las pistolas de su padre y me salvó la vida.
Un disparo.
Eso fue suficiente.
Anthony cayó y yo perdí el conocimiento poco después.
Cuando la policía llegó a Water Mill y registró la casa de los Frost, Quinn ya no estaba allí.
Había desaparecido. Buscaron por la propiedad, por los alrededores, revisaron carreteras, cámaras y cualquier pista que pudiera indicar hacia dónde se había marchado, pero no dieron con ella.
Durante estos dos años se supone que la policía ha seguido buscándola.
Al igual que a Anthony, se le acusa de triple asesinato y usurpación de identidad tras dar muerte a Natalie y Luke Frost, además de a Vincent Bellacorte.
Este último había dado con ellos después de que Anthony, debido al desconocimiento de las finanzas del verdadero Luke Frost, moviese una gran cantidad de dinero de una de las cuentas congeladas que aún pertenecían a Raymond Venturi, la antigua identidad de Luke.
Por ahora nadie ha dado con Quinn; no ha aparecido ni una sola pista nueva que permita conocer su paradero. Algo que el país espera con ansia desde que recuperé la conciencia y lo conté todo.
Mi primera declaración debió de parecer el resultado de una mente enferma.
Recuerdo perfectamente la cara de los detectives cuando les expliqué que los verdaderos Luke y Natalie Frost estaban enterrados en el sótano de aquella casa, bajo una gruesa capa de hormigón.
Creo que durante unos segundos ninguno de los dos supo qué decirme.
Probablemente pensaron que los analgésicos estaban haciendo su trabajo demasiado bien.
Después encontraron los cuerpos.
Y todo explotó.
La aparición de dos cadáveres en el sótano de una mansión de los Hamptons ya habría sido suficiente para llenar titulares durante semanas, pero cuando comenzaron a salir a la luz las conexiones con la mafia y el programa de protección de testigos, el caso se convirtió en una locura.
Mi fotografía apareció en televisión, los periodistas se plantaron frente al hospital y mi teléfono empezó a llenarse de llamadas de números que no conocía.
Pasé del anonimato a que medio país supiera mi nombre en cuestión de horas.
La voz de Kathleen sigue sonando por los altavoces, aunque ahora la entrevista entra en su parte más distendida.
Me pregunta por mis aspiraciones profesionales, por mi trabajo como enfermera y por dónde me veo dentro de cinco o diez años.
Preguntas fáciles. Preguntas que no incluyen cadáveres, sótanos ni personas desaparecidas.
Miro a Connor.
—Me aburre un poco.
—A mí me gusta escucharte. —Sonríe sin apartar la vista de la carretera—. En cualquier caso, queda poco.
Estira la mano hacia la pantalla y apaga el audio.
Giro la cabeza hacia la ventanilla. Maine se muestra tal y como lo había imaginado antes de venir.
Bosques inmensos se extienden a ambos lados de la carretera, una sucesión de pinos, abetos y arces que en algunos tramos crecen tan cerca del arcén que parece imposible adivinar qué hay detrás.
El verde lo ocupa todo y, de vez en cuando, entre los árboles se abre algún camino estrecho que se pierde hacia ninguna parte.
Durante la siguiente media hora no vemos prácticamente nada más.
Ni pueblos, ni gasolineras, ni grandes cruces. Solo carretera y bosque.
Connor conduce con una mano apoyada en el volante y yo permanezco mirando por la ventanilla. Ninguno de los dos siente la necesidad de hablar. Con él me ocurre eso. Podemos pasar media hora conversando sin parar y después estar otra media sin decir una palabra y que no resulte incómodo.
Lo miro de reojo.
A veces pienso en lo absurdo que fue todo. En la cantidad de pequeñas decisiones que tuvieron que coincidir para que termináramos juntos. Si aquel primer día en Water Mill hubiera tomado otro autobús, si me hubiera sentado en otro sitio, si Connor no hubiera estado allí...
No sé qué habría sido de mí.
Me salvó la vida aquella noche, eso es indiscutible. Llegó cuando Anthony estaba a punto de matarme y tuvo el valor de hacer algo que seguramente seguirá acompañándolo durante el resto de su vida sin temer las consecuencias. Pero no es eso lo que más pesa cuando pienso en él.
Connor me salvó después.
Durante los meses de hospital, cuando despertaba asustada.
Durante la rehabilitación, cuando estaba convencida de que nunca volvería a caminar sin dolor.
Cuando llegaron los periodistas, las cámaras y las primeras noches en las que soñaba que seguía encerrada en aquel sótano.
Estuvo cuando tuve que empezar de nuevo y también cuando él tuvo que aceptar que su propia vida no iba a ser la que llevaba años imaginando.
Se ha convertido en el pilar fundamental de mi existencia.
Y no sé qué habría hecho sin él.
Connor nota que lo observo y gira la cabeza durante un instante.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
Sonrío y vuelvo la vista hacia la ventanilla.
—Conduce, Carcetti.
El resto del camino hasta el lago lo hacemos prácticamente en silencio. Connor pone música de fondo y, por una vez, no puedo criticar su elección. Ha escogido una lista de bandas sonoras de películas y, cuando empiezan a sonar los primeros acordes de El último mohicano , sube un poco el volumen.
—Esta te gusta —dice.
Sonríe y continúa conduciendo.