La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) EPÍLOGO #3
100%

EPÍLOGO #3

El lago Rangeley empieza a dibujarse en el horizonte un rato después, una enorme extensión de agua oscura rodeada de montañas y bosques que parecen no terminar nunca.

Hace tiempo que buscamos información sobre este lugar.

De hecho, Rangeley estaba anotado desde que llegamos a Maine como uno de nuestros posibles destinos para alguna escapada, pero una serie de circunstancias ha terminado convirtiéndolo en una visita obligada en nuestro calendario.

Los dos tenemos muchas ganas.

Seguramente volvamos a casa esta misma tarde.

Pero estoy segura de que va a ser un día inolvidable.

Connor abandona la carretera principal y toma un camino más estrecho.

Unos minutos después reduce la velocidad y gira hacia la entrada de una propiedad.

Reconozco la granja enseguida. Llevamos varios días viéndola en fotografías por internet, aunque las imágenes no le hacen justicia.

La casa principal es una construcción de madera de dos plantas, con un amplio porche delantero y tejado inclinado.

A uno de sus lados, un riachuelo baja entre las piedras y atraviesa la propiedad hasta alimentar un viejo molino de agua que sigue girando con lentitud.

Hay varias vacas pastando detrás de una cerca y, más allá, un enorme granero de madera se levanta junto a un grupo de árboles.

Desde aquí todavía puede verse parte del lago entre las ramas.

Connor aparca frente a la casa y apaga el motor.

Lo miro.

—Gracias por todo, Connor. Te quiero.

Su expresión cambia. Esa sonrisa burlona que lleva puesta buena parte del día desaparece y se inclina hacia mí.

—Yo también te quiero.

Nos besamos. Después me abraza y apoyo la cabeza contra su hombro. Cierro los ojos durante unos segundos antes de separarme.

Connor me observa.

—¿Estás lista?

Asiento.

—Estoy lista.

Bajamos del coche.

Según varios foros que hemos consultado, en esta granja hacen el mejor whoopie pie de todo Maine.

Hay decenas de comentarios y bastantes fotografías de gente enseñando sus pasteles frente a la casa.

Una de ellas, en particular, nos llamó la atención: una pareja sonreía ante la cámara sosteniendo uno enorme mientras, al fondo de la imagen, podía verse a la repostera trabajando la masa en la cocina.

Ni Connor ni yo tenemos intención de desaprovechar la oportunidad.

Porque a nadie le amarga un dulce.

Subimos los escalones del porche y Connor llama con los nudillos.

Esperamos unos segundos hasta que escuchamos movimiento al otro lado.

La puerta se abre y aparece una mujer que debe rondar los setenta años.

Su cabello completamente blanco está recogido hacia atrás y en una de sus manos sostiene un bastón blanco.

Su manera de moverse y su mirada perdida revelan que es ciega.

—¿Quién llama?

—Hola, buenos días, señora —responde Connor—. Venimos desde Augusta. Nos han recomendado unos whoopie pies que hacen en esta granja y queríamos probarlos.

La mujer sonríe.

—Ah, sí. Desde que contraté a esa chica, no hacen más que venir a por esos dichosos pasteles.

—Niega con la cabeza, aunque parece divertida—.

Esperad, voy a llamarla. Se levanta muy temprano para preparar la masa y últimamente tiene tantos encargos que pasa media vida en la cocina. Iré a buscarla y así podéis saludarla.

—Muchas gracias —digo.

La mujer se da la vuelta y se adentra en la casa, tanteando el suelo con el bastón.

Connor y yo nos quedamos en el porche.

No nos miramos.

Al principio escucho únicamente el golpeteo del bastón alejándose por el pasillo. Después una puerta, el ruido de algo que se mueve en otra estancia y unos pasos.

Mi corazón comienza a latir más deprisa.

Connor sigue a mi lado, inmóvil. Noto su brazo rozando el mío. Ninguno dice nada.

Entonces escuchamos la voz de la anciana desde el interior.

—¡Lisa! Han venido a comprarte más pasteles.

Silencio.

Unos segundos después llegan unos pasos desde el fondo de la casa.

Lentos.

Cada vez más próximos.

Una mujer aparece al final del pasillo. Camina con la cabeza inclinada mientras termina de ajustarse el delantal alrededor de la cintura.

Tiene el pelo oscuro y recogido. Está más delgada que la última vez que la vi.

Su rostro tiene un aspecto demacrado con unas enormes ojeras que oscurecen la piel bajo sus ojos.

Da dos pasos más.

Después levanta la cabeza.

Y me ve.

Entonces se detiene en seco.

Sus labios se entreabren. Los hombros se tensan. Durante un instante parece que deja incluso de respirar mientras sus ojos pasan de mí a Connor y regresan a mí.

Tiene miedo.

Después de dos años despertándome por las noches pensando que quizá algún día Quinn aparezca detrás de mí; después de preguntarme dónde está, qué nombre utiliza o si alguna vez ha vuelto a acercarse lo suficiente para observarme sin que yo lo sepa, descubrir que ahora es ella la que tiene miedo de mí provoca algo en mi interior que no esperaba.

Y ver cómo se borra de su cara esa maldita sonrisa para dejar paso al terror es lo más placentero que he sentido en mucho tiempo.

Doy un paso hacia ella.

Quinn no retrocede. No creo que pueda. Se ha quedado petrificada en mitad del pasillo, con una mano todavía aferrada al extremo del delantal.

Me acerco hasta dejar solo unos centímetros entre las dos.

La miro directamente a los ojos.

Y sonrío.

—Hola, Quinn.