La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Han pasado dos años desde aquel día.

Los dientes del cepo me aplastaron la pierna muy cerca de la articulación y eso me dio problemas durante meses.

Operaciones, rehabilitación, fisioterapia y muchas visitas a un médico que no me caía especialmente bien.

Todavía hay días en los que el dolor aparece sin previo aviso y me recorre la pierna hasta la rodilla, obligándome a detenerme o a cambiar la forma de caminar durante un rato.

Pero conservo la pierna. Supongo que esa es la parte positiva.

No hay mucho más que pueda rescatar de aquella experiencia en la que decidí dejar atrás a mi familia y a mi tan querido como odiado barrio de Queens.

Dicen que más vale malo conocido que bueno por conocer y, aunque nunca me han gustado demasiado los refranes, quizá debería haberle prestado más atención a ese antes de aceptar la oferta de trabajo que terminó cambiándome la vida.

Ahora estoy sentada en los escalones de entrada de la casa que Connor y yo alquilamos desde hace dos meses en Augusta, Maine. Él ha salido a hacer unos recados y yo lo espero con una bolsa preparada a mi lado y una chaqueta ligera que seguramente no será suficiente en cuanto caiga la tarde.

No sé muy bien por qué elegimos este estado tan frío.

Supongo que a mí me daba un poco igual dónde acabáramos.

Me atraía que fuera tan verde, los bosques interminables, los lagos y ese aire misterioso que tienen los pueblos de las novelas de Stephen King.

Después de lo sucedido en Water Mill, mudarme a un lugar que me recordaba a las historias de terror que leí en mi infancia, quizá no fuera la decisión más inteligente, pero nunca he destacado por aprender rápido de mis errores.

A Connor le daba incluso más igual que a mí.

Lo pasó mal hace un año y medio, cuando recayó de su lesión.

Esta vez la rehabilitación no fue suficiente.

Perdió velocidad, resistencia y, con ellas, cualquier posibilidad realista de alcanzar las marcas mínimas que necesitaba para seguir planteándose una carrera seria en el atletismo.

Durante unas semanas estuvo insoportable.

Lo comprendo; después de todo no podrá perseguir su sueño.

Al final decidió centrarse en los estudios y ese mismo año terminó la carrera en Penn. Sí, se me ha pegado llamar así a la Universidad de Pensilvania. Ahora trabaja como becario en la empresa de un amigo de su padre.

Connor siempre ha tenido facilidades para esas cosas. Ser hijo de un senador abre algunas puertas que al resto de los mortales nos cuesta bastante más empujar.

Yo también he conseguido lo que quería. Hoy es mi día libre en el hospital, donde trabajo como enfermera de urgencias desde hace nueve meses, y me encanta.

De verdad. A veces hago horas extra y ni siquiera es por el dinero.

Me quedo porque me apetece seguir trabajando.

Sé que no suena demasiado creíble. Yo tampoco lo creería si me lo contara otra persona, pero juro que es verdad.

Quizá tenga algo que ver con haber pasado tanto tiempo sintiendo que no tenía ningún control sobre mi propia vida.

En urgencias todo ocurre deprisa, cada decisión importa y nadie tiene tiempo para preguntarte de dónde vienes, cuánto dinero tienen tus padres o por qué demonios decidiste largarte de Queens para terminar trabajando en una mansión de los Hamptons con dos personas que no eran quienes decían ser.

Allí soy la enfermera Parker. Y eso me gusta.

Hoy, aprovechando que ninguno de los dos trabaja, vamos a hacer algo que llevamos posponiendo desde que llegamos a Maine: visitar el lago Rangeley.

Está a unas dos horas en coche y llevamos semanas viendo fotografías y guardando sitios que queremos conocer por la zona.

Connor dice que el trayecto merece la pena y por una vez estamos de acuerdo.

Un motor rompe la tranquilidad de la calle y levanto la cabeza.

El coche de Connor aparece al fondo.

Me pongo en pie, me cuelgo la bolsa del hombro y bajo los escalones.

Cuando se detiene frente a la casa, baja la ventanilla del copiloto y me hace un gesto con la mano para que deje la bolsa en el maletero.

Subo al coche y escucho la voz de Mike por el manos libres.

—Sí, ya te contaré. Acabo de recoger a Avery —dice Connor.

—Hola, Mike —saludo.

—Hola, Avery. No os robo más tiempo. Hablamos cuando volváis.

Connor se despide de él y cuelga la llamada. Después me mira, sonriente.

—¿Lo tienes todo? —pregunta.

—Sí.

Se inclina hacia mí, me da un beso y arranca.

—Han subido tu última entrevista. ¿Quieres oírla?

Me encojo de hombros. He perdido la cuenta de las veces que me he escuchado en la radio o me he visto en televisión durante estos dos años.

También de las editoriales que se han puesto en contacto conmigo para convencerme de que escriba un libro.

Al principio incluso me divertía. Una vez me invitaron a los estudios de Fox y fue una experiencia increíble, pero llega un momento en el que contar la misma historia una y otra vez empieza a resultar agotador.

—Venga, ponla. Siempre será mejor que la basura de música que escuchas.

Connor se lleva una mano al pecho, fingiendo que acabo de herirlo.

—Eso ha sido cruel.

Toca la pantalla del salpicadero y busca el audio, aunque por la rapidez con la que lo encuentra sospecho que ya lo tenía preparado.

La entrevista fue con Kathleen Howard, en su programa semanal.

La semana anterior había estado allí Kim Kardashian, así que reconozco que me sentí bastante halagada cuando me llamaron.

—Mola tener una novia famosa —dice Connor.

—No me tientes a dejarte.

Mientras conduce, comienza a sonar una breve sintonía y poco después la voz de Kathleen llena el coche.

—Una semana más, es un placer compartir este espacio de entrevistas con vosotros y hoy, sin duda, va a ser un día muy especial.

Hoy recibimos a la que muchos conocen como la enfermera de Water Mill.

Avery Parker, quien hace un par de años vivió en su propia piel uno de los episodios más oscuros que ha conmocionado al país. Buenas tardes, Avery. ¿Cómo estás?

Escuchar mi propia voz siempre me resulta extraño.

—Hola, Kath. Gracias por invitarme.

Connor gira la cabeza hacia mí.

—¿Kath? ¿Y esas confianzas?

Me río.

—Me dijo entre bastidores que la llamara así. ¿Tan mal suena?

—Bastante.

Le doy un pequeño golpe en el brazo y vuelvo la atención a la entrevista.

—Todos conocemos tu historia, Avery. Tus primeros días en Water Mill, un lugar soñado para muchos pero que terminó convirtiéndose en una pesadilla para ti; tu convivencia con Anthony Tremblay y Quinn Van Horn, y el infierno que supuso descubrir quiénes eran realmente, acabar encerrada en aquel sótano y tener que contar los minutos que te quedaban antes de morir.

Han pasado dos años. ¿Crees que este tiempo te ha servido para recuperarte?

En la grabación se produce una pausa. Connor me mira de reojo.

—No lo sé —responde mi voz por los altavoces—. A nivel físico, casi del todo. La fractura después de tropezar con una piedra en el bosque fue complicada y he tardado mucho en recuperarme. Todavía me duele de vez en cuando.

Connor aparta una mano del volante y me agarra el muslo.

—Gracias una vez más por no contar la verdad y mencionar lo del cepo. Le habría costado muy caro a mi padre.

—Bueno, yo no tenía seguro médico y él se encargó de todas las facturas, así que también le salió bastante caro.

Connor se ríe y vuelve a colocar la mano en el volante.

—¿Y qué hay de las heridas a nivel emocional? —pregunta Kathleen.

—Esas son más difíciles de gestionar.

—¿Crees que tiene que ver con el hecho de que Quinn lograse escapar?

Esta vez la pausa es más larga. Recuerdo perfectamente ese momento de la entrevista. Recuerdo haber mirado a Kathleen sin saber qué contestar porque ni siquiera yo tenía clara la respuesta.

—No sabría explicar de dónde viene el miedo.

A veces aparece mientras duermo. Otras, estoy en un centro comercial y veo algo que me recuerda a aquella experiencia.

Me ha pasado varias veces. En una joyería, cuando vi un collar.

En una librería, por uno de los libros que llevaba otro cliente en la mano...

Aparece y desaparece a su antojo. Pero estoy contenta.

Tengo el apoyo de mi novio y he vuelto a trabajar. Intento llevar una vida normal.

—Hablamos de Connor Carcetti, la persona que te salvó de la muerte.

Connor se da dos golpes en el pecho con el puño y levanta ligeramente la barbilla, orgulloso de sí mismo. No puedo evitar sonreír.

—Sí —digo en la grabación—. Si no hubiera sido por él, estaría muerta.

—Durante todo este tiempo os habéis convertido en una de las parejas favoritas del país. ¿Cómo lleváis la fama?

—Creo que con bastante normalidad. A Connor y a mí nos gusta la tranquilidad y el anonimato, por eso ahora vivimos en una ciudad tranquila y llevamos una vida bastante normal.

—Pero hay rumores de que habéis vendido los derechos de vuestra historia para convertirla en una serie de televisión. ¿Qué puedes decirme sobre eso?

—Lo siento, pero no puedo hablar de ese tema.

Connor se incorpora a la autovía y niega con la cabeza.

—Sí, habría quedado feo decir que nos han dado cien de los grandes por los derechos.

La entrevista discurre igual que las otras treinta que he concedido este año.

A veces tengo la impresión de que todos los periodistas comparten un documento con las preguntas y se limitan a cambiar el orden.

Kathleen quiere saber si alguna vez llegué a sospechar que me estaban engañando, cómo se comportaba Quinn conmigo, si hubo algún momento en el que temí por mi vida antes de descubrir la verdad.

Después llega una de mis favoritas.

Dónde creo que pudo esconderse Quinn cuando huyó.

Siempre me hace especial gracia. Si supiera hacia dónde huyó, ¿qué les hace pensar que no habría avisado a la policía?

Yo no me enteré de nada.