37
Cierro la puerta con cuidado, sujetando el pomo mientras la empujo hasta escuchar el leve clic de la cerradura.
No quiero hacer ruido. Durante unos segundos me quedo inmóvil junto a la fachada, tratando de controlar la respiración.
Tengo miedo y necesito ser capaz de actuar.
Inspiro hondo varias veces intentando calmarme, pero no sirve de nada.
El sol está a punto de aparecer. Entre los árboles comienza a filtrarse una incipiente claridad, pero la oscuridad aún es dueña del jardín y no puedo ver más allá de unos metros.
Tengo que salir de aquí cuanto antes o moriré.
Miro hacia un lado y después hacia el otro. Podría bajar hasta la playa y caminar con la esperanza de encontrar algún coche y pedir ayuda.
Lo descarto enseguida. No es una buena idea. Durante esta época del año la playa está desértica. Lo más probable es que no encuentre a nadie. La otra opción es el bosque. Si consigo atravesarlo, podría encontrar a alguien que me ayude.
Me decanto por el bosque.
Comienzo a caminar pegada a la casa, procurando mantenerme fuera del campo de visión de las ventanas.
Agazapada, avanzo al pasar frente a ellas, conteniendo la respiración y resistiendo el impulso de echar a correr.
Él es más rápido, si me ve, me alcanzaría en un abrir y cerrar de ojos.
Solo necesito llegar hasta los árboles. Una vez dentro será mucho más difícil que pueda verme.
El fuerte sonido de la aspiradora se escucha de fondo hasta que se detiene de repente. Después se oye un golpe en el interior de la casa.
Me detengo.
Luego llega un grito y, casi de inmediato, el sonido de unos pasos apresurados bajando una escalera.
Me han descubierto.
Ahora sí, echo a correr todo lo rápido que puedo.
Cruzo el jardín y consigo adentrarme en el bosque.
Las ramas me golpean los brazos y la cara mientras avanzo a ciegas entre los árboles.
No veo bien dónde piso y tampoco puedo detenerme a buscar el camino más fácil.
Solo distingo troncos, sombras y pequeños huecos entre la vegetación por los que intento abrirme paso.
Una rama me alcanza de lleno en la boca y me desgarra el labio.
Siento el sabor metálico de la sangre, pero da igual, la prioridad es huir para salvar mi vida.
Mantengo la mirada al frente y continúo corriendo sin atreverme a mirar atrás.
Un arbusto denso me corta el paso. Freno de golpe y busco por dónde sortearlo.
Es demasiado alto para saltarlo y demasiado tupido para atravesarlo.
Miro hacia la izquierda y luego hacia la derecha.
Solo pierdo un segundo, pero es suficiente para escuchar los pasos aproximándose a mi espalda. Cada vez están más cerca.
Me lanzo hacia la derecha y vuelvo a correr. Esta vez no llego muy lejos.
Algo se cierra alrededor de mi tobillo con un chasquido metálico.
El dolor es tan brutal que durante un instante no comprendo qué ha sucedido. Entonces noto los dientes del cepo atravesando la carne y clavándose con tanta fuerza que siento la presión contra el hueso. El grito escapa de mi garganta y retumba por todo Water Mill mientras caigo al suelo.
Estoy perdida.
Miro mi tobillo y el mundo se inclina. Hay sangre por todas partes.
Me baja por el talón, empapa el calcetín y se extiende por la tierra bajo mi pie.
Los dientes del cepo han atravesado la carne y uno de ellos parece haberse hundido hasta el hueso.
No quiero seguir mirando, pero tampoco consigo apartar los ojos.
El dolor es insoportable. No se parece a nada que haya sentido antes.
No es un golpe, ni una herida, ni siquiera un dolor que pueda localizar en un punto concreto.
Me sube por la pierna en oleadas brutales y me atraviesa el cuerpo entero.
Cada latido de mi corazón parece empujar el metal un poco más dentro de mi tibia.
Intento incorporarme, pero no puedo. El simple gesto de apoyar una mano en el suelo hace que mueva la pierna unos centímetros y un alarido sale de mi garganta.
Me encojo sobre mí misma, temblando, con las manos clavadas en la tierra húmeda.
No sé qué hacer. No puedo abrir el cepo. No puedo arrastrarme. No puedo pensar.
Solo puedo gritar.
Grito hasta que me arde la garganta, hasta que mi propia voz me resulta irreconocible. Entre un alarido y el siguiente escucho algo. Pasos.
Vienen hacia mí.
Levanto la cabeza, pero los árboles se mueven delante de mis ojos y no consigo distinguir nada. Intento averiguar de qué dirección proceden. Derecha. Izquierda. Detrás. El dolor y el mareo lo mezclan todo. Los pasos se detienen y entonces sé que hay alguien a mi espalda.
—¡Cállate! —grita Anthony.
Su mano me cubre la boca antes de que pueda volverme.
Intento apartarlo por puro instinto y ese movimiento desplaza mi pierna.
El metal roza el hueso y creo que voy a desmayarme.
El grito queda atrapado contra su palma.
Mis dedos arañan su muñeca mientras intento librarme de él, pero no tengo fuerzas.
Cada vez que me revuelvo, el cepo me castiga con otra sacudida de dolor que me deja sin aliento.
—¡He dicho que te calles!
Intento morderle la mano. Entonces noto sus dedos alrededor de mi cuello.
Al principio no comprendo qué está haciendo.
Su mano abandona mi boca y durante una fracción de segundo consigo gritar de nuevo, pero enseguida ambas manos rodean mi garganta y aprietan.
Mi voz desaparece. Abro la boca, pero no sale ningún sonido.
Anthony aprieta más. Intento inspirar y no entra aire.
Intento expulsarlo y tampoco puedo. Sus pulgares se hunden bajo mi mandíbula mientras yo golpeo sus brazos desesperadamente.
Ya ni siquiera pienso en el cepo. Ni en mi pierna. Ni en escapar.
Aire. Necesito aire.
Eso es todo lo que existe. El bosque empieza a dar vueltas a mi alrededor.
Los troncos se inclinan. Las ramas se mezclan unas con otras.
Intento clavarle las uñas, pero mis manos ya no obedecen.
Los brazos me pesan. Los sonidos se alejan hasta convertirse en un murmullo confuso y, de pronto, ocurre algo todavía peor.
Dejo de sentir dolor.
El tobillo deja de existir. Anthony también. Solo queda una oscuridad que va cerrándose desde los bordes de mi visión.
Así que esto es todo. Voy a morir aquí.
La presión desaparece de golpe.
Una bocanada de aire entra en mis pulmones con tanta violencia que me hace toser.
Aspiro otra vez, desesperada, pero no consigo entender qué ha ocurrido.
Las manos de Anthony ya no están alrededor de mi cuello.
Su cuerpo cae hacia atrás y yo caigo con él.
Mi espalda golpea el suelo. Algo caliente me salpica y entonces me llega ese olor metálico que conozco demasiado bien.
Sangre.
No sé si es mía. No sé si es suya. No sé nada.
Me quedo tendida mirando hacia arriba. Las copas de los árboles se balancean sobre mi cabeza y el cielo aparece a retazos entre las ramas.
Intento respirar. Una vez. Otra. Cada bocanada me raspa la garganta.
Los párpados empiezan a pesarme y ya no puedo mantenerlos abiertos.
Entonces una figura aparece sobre mí.
Durante un instante creo que se trata de una invención de mi cerebro necesitado de oxígeno. Parpadeo y consigo enfocar su rostro.
Es Connor.
Está de pie frente a mí y tiene una pistola en la mano.
—¡Avery!
Se agacha de inmediato y su cara llena todo mi campo de visión. Me sujeta por los hombros y me zarandea con cuidado.
—Avery, mírame. Mírame.
Estoy tan ida que no me duele la pierna.
Quiero decir su nombre. Quiero preguntarle cómo ha llegado hasta aquí. Quiero decirle que me libere del cepo, pero no consigo pronunciar una sola palabra. Connor está aquí. Eso es lo único que importa.
Estoy a salvo.
Y en cuanto mi cuerpo lo comprende, deja de luchar. Cierro los ojos y todo desaparece.