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Espero unos minutos sin moverme, obligándome a respirar despacio mientras mis ojos intentan acostumbrarse otra vez a la oscuridad.
No sirve de mucho. Poco a poco empiezo a distinguir algunos volúmenes, formas todavía imprecisas que sé que están ahí porque las he visto antes, pero nada que pueda ayudarme a orientarme.
Tengo que moverme.
Extiendo los brazos y avanzo a tientas por el sótano.
Resulta mucho más complicado de lo que imaginaba.
Cada paso es una amenaza: una caja, una pata de algún mueble, cualquier cosa con la que pueda tropezar y caer al suelo.
Mantengo una mano delante de mí y la otra hacia un lado, buscando alguna referencia.
Cuando la luz se ha encendido antes he visto algo.
Algo que podría ayudarme.
Es la única baza que tengo.
Mis dedos rozan una tela. Me detengo y la palpo, intentando recordar. Es una de las sábanas que cubren los cuadros que deben de ser las portadas de los discos de The Red Comets. Eso significa que estoy cerca.
Me desplazo hacia la derecha. La mano choca contra un saliente de la pared y noto un pinchazo seguido de un escozor intenso.
—Joder...
Me llevo los dedos de la otra mano al corte. No parece profundo. Da igual. No tengo tiempo que perder.
Continúo palpando la pared hasta que mis dedos encuentran algo metálico. Recorro su superficie, bajo por uno de los laterales y reconozco la forma.
Es la estantería que buscaba.
El destornillador estaba detrás. En el suelo.
O debería estar.
Me agacho y empiezo a buscarlo. Paso la palma por el suelo, primero despacio y después con movimientos cada vez más amplios. Nada. Cambio de posición. Vuelvo a intentarlo. Nada.
No puede haber desaparecido.
Me arrodillo y tanteo alrededor de la estantería, estirando el brazo hasta donde alcanzo. El sudor empieza a acumularse en mi frente y mi corazón se acelera. He visto ese destornillador. Sé que estaba aquí.
Tiene que estar aquí.
Los minutos pasan y mi desesperación aumenta. Busco una vez más por el mismo sitio, luego por otro, arrastrándome por el suelo hasta que empiezo a preguntarme si he confundido la estantería o si alguien lo ha recogido.
Entonces mis dedos chocan contra algo.
Me quedo inmóvil. Vuelvo atrás y lo toco de nuevo.
Es metálico.
Cierro la mano alrededor de un mango y deslizo el pulgar hacia el extremo hasta encontrar la punta del destornillador.
Suelto el aire que estaba conteniendo y lo aprieto con fuerza.
La batalla no está ganada, pero es un comienzo.
Ahora tengo que llegar hasta la puerta.
Me arrastro hasta localizar las escaleras y comienzo a subirlas despacio. Apoyo bien cada pie antes de dar el siguiente paso. No puedo permitirme tropezar, mucho menos hacer ruido. Cuando alcanzo el último escalón, estiro una mano hasta encontrar la puerta.
Mis dedos localizan el pomo. Desde ahí se desplazan hacia el marco de madera.
Palpo la unión entre la puerta y el marco hasta encontrar un pequeño hueco. Introduzco con cuidado la punta del destornillador.
Cabe.
Si consigo meterlo un poco más y hago suficiente palanca, quizá pueda partir la madera alrededor del cierre. No parece especialmente robusta.
Podría funcionar.
Solo hay un problema: haré ruido.
Y en cuanto lo haga, sabrán exactamente lo que estoy intentando.
Me dispongo a jugar mi última bala.
Me acerco todo lo que puedo a la puerta, tomo aire y grito.
—¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude!
Mi voz retumba en el sótano. Espero unos segundos, atenta a cualquier sonido al otro lado, pero no escucho nada.
Vuelvo a gritar.
—¡Socorro! ¡Estoy encerrada aquí! ¡Ayuda!
No lo hago porque crea que alguien va a venir a rescatarme. Esta casa está demasiado apartada y la tormenta se encargará de borrar cualquier posibilidad de que mi voz llegue hasta la carretera. Podría desgañitarme durante horas y nadie me escucharía.
Pero Quinn sí.
Quinn está ahí arriba.
Y quiero que sepa que estoy gritando.
Sigo haciéndolo. Una vez detrás de otra.
Golpeo la puerta con la palma, pido auxilio, grito que estoy encerrada, que alguien llame a la policía.
Después vuelvo a empezar. Al cabo de unos minutos me arde la garganta y cada palabra sale más ronca que la anterior, pero continúo.
Tengo que resultar insoportable. Tengo que obligarla a hacer algo.
Cinco minutos. Quizá más.
Pierdo la noción del tiempo. Solo sé que la garganta me duele tanto que tragar saliva se convierte en un suplicio. Me apoyo contra la puerta, respiro un par de veces y vuelvo a gritar con las pocas fuerzas que me quedan.
—¡Ayuda!
Nada.
—¡Quinn! ¡Sé que puedes oírme!
Entonces sucede.
Un ruido lejano llega desde algún punto de la casa.
Lo he conseguido.
Es un zumbido constante que aumenta de intensidad durante unos segundos y después se mantiene. Es el sonido de una aspiradora.
Eso es exactamente lo que necesitaba.
Lo que ella pretende es ahogar mis gritos para que nadie pueda escucharme hasta que puedan ir a por el hormigón.
Lo que no sabe es que también acaba de regalarme la oportunidad de salir.
Me arrodillo frente a la puerta y sujeto el destornillador con las dos manos. Busco otra vez el hueco entre la hoja y el marco e introduzco la punta. Entra unos milímetros. Empujo más.
Nada.
Cambio el ángulo y vuelvo a intentarlo. Esta vez consigo hundirlo un poco más. Aprieto los dientes y hago palanca.
La madera cruje.
Me detengo de inmediato.
El corazón me golpea con tanta fuerza que siento las pulsaciones en el cuello. Me tomo un segundo para escuchar. La aspiradora continúa funcionando al otro lado.
No me ha oído.
Vuelvo a hacer fuerza.
El destornillador se clava en la madera y una pequeña astilla se desprende. La noto caer sobre mi mano.
Sí.
Otra vez.
Introduzco la punta en el espacio que acabo de abrir y giro la muñeca. La madera protesta con un chasquido más fuerte. Me paralizo, convencida de que esta vez Quinn aparecerá al otro lado de la puerta.
Pero el motor de la aspiradora sigue rugiendo.
Continúo.
Empujo, giro, saco el destornillador y vuelvo a clavarlo unos centímetros más arriba. Cada movimiento ensancha un poco el hueco. Algunas veces no consigo nada y tengo que cambiar de posición; otras, una astilla se desprende y siento una descarga de euforia que dura menos de un segundo.
Un poco más.
Solo necesito un poco más.
La mano me duele. El corte que me he hecho antes vuelve a escocer y noto el mango resbaladizo entre los dedos, pero no puedo parar. Hago palanca otra vez.
Crac.
Esta vez se desprende un fragmento más grande.
—Vamos... —susurro.
Introduzco el destornillador en la abertura. Ahora entra mucho más. Lo inclino hacia mí y hago fuerza utilizando las dos manos. Los brazos me tiemblan. Por un instante creo que el destornillador va a resbalar y me va a atravesar la palma.
Otro crujido.
Otro trozo de madera cae al suelo.
El hueco alrededor del cierre empieza a ceder.
Sigo trabajando con rapidez, pero intento no dejar que los nervios me hagan perder el control.
Clavar. Girar. Hacer palanca. Sacar. Volver a empezar.
Cada vez que la madera se rompe siento que estoy un centímetro más cerca de salir de aquí.
Clavo el destornillador con todas mis fuerzas.
Hago palanca una vez más.
El marco cede de golpe y un fragmento cae al suelo con un golpe seco. Introduzco los dedos en el hueco y palpo alrededor del cierre. Está casi fuera.
Agarro el pomo y tiro.
La puerta se mueve.
Empujo con todo mi peso y la madera se parte.
Tiro del pomo.
La puerta se abre.