La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) AVERY
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AVERY

PARTE III

Quizá merezca morir por estúpida.

Me han engañado como han querido desde el principio y no he sido capaz de verlo.

He vivido bajo su mismo techo, he hablado con ellos, he aceptado sus explicaciones y hasta he llegado a preocuparme por Natalie.

Ahora, encerrada en este sótano, resulta tan evidente que me cuesta entender cómo pude caer en algo así.

Voy a morir.

No sé cuándo ni cómo, pero estoy segura de que va a ocurrir.

Ya les he dejado claro lo que querían saber.

Todo aquel teatrillo con Quinn encerrada aquí conmigo no fue más que otra mentira.

Su historia sobre Luke, sobre las cosas horribles que había hecho, sobre esa supuesta personalidad que aparecía para protegerla... Me lo creí. Dios, me lo creí todo.

Ahora me pregunto cuánto habrá de verdad en lo de su doble personalidad.

Y, sobre todo, me pregunto quiénes demonios son estas dos personas.

Escucho el cerrojo y, un instante después, la puerta del sótano se abre.

La luz se enciende de golpe y cierro los ojos, deslumbrada.

Me duele la cabeza. Me duele todo. Estoy tan agotada que la posibilidad de morir ya no consigue provocarme el mismo miedo de antes.

Solo quiero que, cuando decidan hacerlo, sea rápido.

Oigo unos pasos acercándose.

Entrecierro los ojos.

Quinn está frente a mí.

Esta mujer está completamente pirada.

Se sienta en el suelo, a un par de metros de distancia, con toda la tranquilidad del mundo. Lleva una bandeja entre las manos y sobre ella hay un plato de comida. La deja delante de sí y me dedica una sonrisa.

—Te he traído espaguetis.

La miro sin contestar. No pienso comerme eso.

Quinn empuja la bandeja hacia mí.

—Supongo que tendrás hambre.

Niego lentamente con la cabeza.

—Déjame marchar, Quinn. Yo no he hecho nada malo.

Su sonrisa no desaparece.

—No, cariño. Eso no es posible.

—Por favor —insisto—. Yo solo quiero empezar de nuevo. Eso es todo. Me iré de aquí y no volveréis a verme. No le diré nada a nadie, te lo prometo.

Quinn me observa con una sonrisa que hace que se me revuelva el estómago.

—Eso no va a suceder.

Lo dice con tanta tranquilidad que durante unos segundos no sé qué responder. Entonces señala la bandeja que ha dejado en el suelo.

—De hecho, he preparado esa cena con mucho esmero porque va a ser la última.

Siento que algo se rompe dentro de mí.

Quinn suelta una risita.

—Es gracioso, ¿no? Es como en el corredor de la muerte.

A los condenados les dejan elegir su última cena.

—Mira el plato—. Aunque debo disculparme porque aquí no había gran cosa y tampoco me has dado tiempo para preguntarte qué te apetecía.

Así que he preparado espaguetis a la carbonara. Me salen muy ricos.

Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. No puedo contenerlas, pero tampoco aparto la vista de ella.

—No llores, corazón. Anthony se encargará de que sea rápido. —Inclina ligeramente la cabeza—. Y perdona por haberte engañado antes, pero teníamos que asegurarnos de que no quedaba ningún cabo suelto. Imagínate que alguien más estaba al tanto de todo esto. Sería muy malo para nosotros.

Hay un nombre que se impone sobre todo lo demás.

—¿Quién es Anthony?

—Oh, claro. —Quinn abre mucho los ojos—. Esa parte todavía no la tienes del todo clara.

Se acomoda en el suelo, disfrutando de cada segundo.

—Bueno, pareces una chica lista. Aunque no tanto como yo, claro.

—Sonríe—. Supongo que tarde o temprano habrías llegado a la solución.

Por eso no podía dejar que siguieras metiendo las narices donde no te llamaban.

Anthony es mi novio desde hace quince años.

Nos conocemos de toda la vida. Aunque tú no lo conoces por ese nombre.

La observo.

Quinn alarga la pausa.

—Tú lo conoces como Luke.

Todo encaja de golpe.

Las llamadas. Sus explicaciones. Las contradicciones. La forma en que los dos parecían interpretar un papel distinto dependiendo de quién estuviera delante.

—No fue él quien me contactó para trabajar aquí, ¿verdad? —pregunto—. Y tú no estás enferma. No tienes ninguna doble personalidad. Ni siquiera eres la verdadera Natalie.

Quinn abre la boca en una expresión exagerada de sorpresa y empieza a aplaudir.

—¡Bingo! ¡Un punto para Avery!

Se ríe.

—Lástima que hayas llegado demasiado tarde.

Se me encoge el estómago.

—Así es. Los verdaderos Luke y Natalie Frost están justo debajo de ti. Los enterramos en hormigón nada más llegar a esta casa. —Hace una pausa—. Aunque he de decir que ellos también eran unos impostores.

Bajo la mirada.

Ahora entiendo lo del mal olor cuando llegué.

Es repugnante.

Llevo horas sentada sobre este suelo. He apoyado las manos, las rodillas, me he sentado encogida contra esa superficie sin saber que debajo hay dos cadáveres.

De repente necesito apartarme, pero no tengo adónde ir.

Arrastro los pies unos centímetros hasta que mi espalda vuelve a chocar contra la pared.

Dos personas muertas bajo mis piernas.

Y la asesina confesa se sitúa frente a mí, sonriendo.

No sé qué me provoca más repulsión.

—¿Por qué? —pregunto.

—Oh, muy sencillo. Sus nombres reales eran Raymond y Barbara Venturi. No eran trigo limpio. Además de unos traidores, trabajaban con una familia mafiosa de Nueva Jersey.

El nombre me viene de inmediato.

—Los Scaletta.

Quinn chasquea los dedos y me señala.

—Qué orgullosa estoy de ti, Avery.

Se pone en pie y coloca las manos en las caderas, sonriente.

—Eres una psicópata —digo.

Ni siquiera se molesta en responder. Hace un gesto con la mano, quitándole importancia a mis palabras.

—Deja que termine de contarte la historia. Resulta que Raymond trabajó con el FBI. Colaboró, mejor dicho. Les entregó pruebas suficientes para encerrar a Silverio Scaletta, el líder del clan, y a otros capos. Luke Frost fue la identidad que le ofrecieron para protegerlo después.

—Y tú y tu novio los matasteis para robársela.

—Sí. Brillante, ¿verdad?

La facilidad con la que lo reconoce me deja helada.

—Y, como comprenderás, no voy a dejar que una zorra como tú lo eche todo a perder.

Su rostro cambia.

La sonrisa desaparece y, por primera vez desde que ha entrado en el sótano, veo algo diferente en sus ojos. Ya no parece estar divirtiéndose. Cada palabra ha salido cargada de una rabia que no estaba ahí hace unos segundos.

De repente entiendo que esa es la verdadera Quinn.

—No os vais a salir con la vuestra —digo—. Connor me buscará. Y mis padres harán preguntas. Os descubrirán.

—Eso ya lo veremos. —Quinn vuelve a sonreír—. Aunque no creo que Connor te busque demasiado. Estaba deseando irse esta tarde. Creo que lo de su padre ha sido una excusa barata para largarse corriendo de aquí.

Aprieto los dientes.

—No creo que seas su tipo, Avery —continúa—.

Ese tipo de chicos está acostumbrado a mujeres con más clase que tú.

Tal vez, si tuvieras mejores modales o te preocupases un poco más por tu aspecto, podrías aspirar a alguien un poco peor que Connor.

Pero él tiene un padre senador y una carrera prometedora como atleta.

Tú no estás a su altura. —Se encoge de hombros—.

Además, te recuerdo que le has mandado un mensaje diciéndole que te largas.

Miro a un lado y a otro mientras ella habla y calculo mis posibilidades. La escalera está detrás de Quinn. La puerta, arriba. No sé dónde está Anthony.

El desprecio con el que me habla enciende algo dentro de mí. Por un instante tengo ganas de abalanzarme sobre ella. Tirarla al suelo y hacerle tragarse sus palabras una a una.

Pero no soy idiota.

Aunque consiguiera vencerla, tendría que enfrentarme a Anthony. Es más fuerte que yo y va armado. Además, ya han decidido matarme. Si intento algo ahora y sale mal, solo conseguiré adelantar el momento.

Tengo que esperar.

—¿Por qué no me matas ya y acabas con esto?

Quinn ladea la cabeza.

—¿Quieres que te cuente la verdad? —me pregunta.

—Adelante —respondo con sarcasmo.

—Porque no tenemos suficiente hormigón.

La miro fijamente.

—A primera hora de la mañana, Anthony irá a comprar más y entonces te mataremos. Pero, si lo hiciéramos ahora, dentro de unas horas empezarías a oler y esto se llenaría de sangre... —Arruga la nariz—. Uf. Sería asqueroso.

Lo dice como si el inconveniente de asesinarme fuera tener que limpiar después.

Quinn se pone en pie y se sacude las manos.

—Así que te recomiendo que disfrutes de tu última cena.

Le da una patada a la bandeja. Esta se desliza por el suelo y vuelca parte de los espaguetis fuera del plato, dejando un rastro de salsa sobre el hormigón.

—En unas horas ya no respirarás.

Se da la vuelta.

La fulmino con la mirada mientras sube las escaleras. Cada peldaño que asciende me acerca un poco más a la muerte. A Anthony. Al hormigón. A lo que tienen pensado hacer conmigo.

La puerta se cierra arriba y poco después se apaga de nuevo la luz.

Es bastante probable que muera.

Pero voy a morir luchando.