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El día está gris y ha empezado a llover con tanta fuerza que cuesta distinguir los coches que circulan por la carretera. Quizá eso sea bueno. Con un tiempo así, nadie tiene motivos para estar en la calle y mucho menos para fijarse en nosotros.
Anthony conduce el Mercedes hasta el Rosewood Inn, un hostal de carretera a medio camino de Manhattan que parece haber conocido tiempos mejores, aunque sospecho que esos tiempos debieron de ser hace varias décadas.
El letrero que anuncia el nombre tiene varias letras apagadas, la pintura de la fachada se desprende en algunos puntos y uno de los canalones vierte agua directamente sobre el aparcamiento.
No entiendo cómo puede dormir aquí un hombre como Vincent Scaletta.
Se supone que los mafiosos tienen dinero. Mucho dinero. Si yo tuviera una fortuna conseguida extorsionando, traficando o haciendo cualquiera de las cosas que hacen esos tipos, desde luego no dormiría en un sitio donde probablemente las sábanas tengan más antecedentes que yo.
Intento aferrarme a ese pensamiento, pero no funciona.
Me tiemblan las piernas.
No quiero que Anthony se dé cuenta, así que las mantengo juntas y miro a través de la ventanilla mientras avanzamos despacio por el aparcamiento. Él, en cambio, parece tranquilo. Mucho más de lo que debería. Y tengo que reconocer que, de los dos, es quien está demostrando más valentía.
Aunque quizá no sea valentía.
Quizá sea que hemos llegado demasiado lejos para permitirnos dudar.
Ya hemos matado a dos personas. Dos. Todavía me cuesta asumirlo cuando lo pienso de esa manera.
La primera vez crees que existe una frontera que, una vez cruzada, debería cambiarte para siempre.
Que algo dentro de ti se romperá y ya nunca volverás a ser la misma persona.
Lo sorprendente es descubrir que no funciona exactamente así.
La primera muerte es una puerta que cuesta horrores atravesar.
Después descubres que la puerta se ha quedado abierta. Y que matar de nuevo ya no parece tan imposible.
La lluvia golpea el techo del Mercedes con tanta fuerza que Anthony tiene que accionar los limpiaparabrisas a máxima velocidad.
No hay nadie fuera. Ni clientes fumando bajo el alero, ni empleados entrando y saliendo de recepción.
Solo una hilera de coches aparcados frente a las habitaciones, todas distribuidas en una única planta baja y con las puertas dando directamente al exterior.
Entonces lo veo.
El Cadillac negro está aparcado frente a la habitación número nueve.
Se me encoge el estómago.
Las persianas están bajadas, pero por los bordes escapa una luz tenue. Vincent está dentro. O, al menos, alguien lo está.
Anthony aparca el Mercedes junto al Cadillac y apaga el motor. Durante unos segundos permanece con las manos apoyadas en el volante, mirando hacia la habitación número nueve. Después inspira profundamente y se vuelve hacia mí.
Durante diez minutos ninguno de los dos habla. Nos limitamos a observar el terreno hasta que Anthony rompe el silencio.
—¿Estás lista?
Lo miro.
—Sí.
Es mentira, pero ya no importa.
Abro la puerta y salgo corriendo. La lluvia me empapa antes de que consiga recorrer los pocos metros que me separan de la habitación contigua. Me coloco frente a la puerta y saco la llave que llevo preparada. La introduzco en la cerradura aun sabiendo perfectamente que no va a abrirla.
A mi espalda escucho el golpe de la puerta del Mercedes al cerrarse.
Anthony ya está fuera.
Intento girar la llave.
Nada.
Vuelvo a intentarlo, esta vez moviéndola con más fuerza. Empujo la puerta con el hombro y hago tintinear las llaves de manera deliberada. Necesito que se oiga. Que cualquiera que esté en la habitación número nueve pueda escucharme forcejeando con una cerradura que supuestamente debería abrirse.
—Joder... —maldigo en voz baja.
Saco la llave, vuelvo a introducirla y lo intento otra vez, haciendo todavía más ruido.
Escucho movimiento al otro lado de la puerta. Unos pasos, quizá, amortiguados por el estruendo de la lluvia al golpear el asfalto y salpicar en los charcos que se han formado frente a las habitaciones.
Dejo la llave dentro de la cerradura.
La puerta de al lado se abre.
Fuerzo una expresión de sorpresa y giro la cabeza.
Frente a mí está Vincent Bellacorte. Esta vez no lleva el sombrero que le vi en Water Mill y descubro que es completamente calvo.
Tiene una mano todavía apoyada en el picaporte y me observa con una expresión que no invita precisamente a mantener una conversación.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta.
Doy un paso atrás.
Solo uno.
Exactamente lo que he hablado con Anthony.
—Lo siento —digo.
Levanto las manos a la altura del pecho y junto las palmas durante un instante, en un gesto exagerado de disculpa, casi una súplica. Es nuestra señal. La que hemos acordado para confirmar que Vincent está solo y que Anthony puede acercarse sin encontrarse con nadie más en la habitación.
—Me he equivocado de habitación.
Todo sucede en menos de un segundo.
Anthony aparece a mi lado y se interpone entre Vincent y yo. Vincent ni siquiera tiene tiempo de reaccionar. La pistola ya está levantada cuando comprende lo que ocurre.
Anthony dispara a bocajarro.
El estampido queda medio devorado por la lluvia.
La bala alcanza a Vincent en el cuello. Sus ojos se cierran y su cuerpo se desploma hacia atrás, sin siquiera intentar agarrarse al marco de la puerta. Cae dentro de la habitación y queda inmóvil en el suelo.
Un disparo.
Ha sido suficiente.
Anthony entra en la habitación lo justo para tirar de la puerta y cerrarla. No dice nada. Yo tampoco. Nos damos la vuelta y cruzamos el aparcamiento bajo la lluvia sin mirarnos, caminando deprisa hacia el Mercedes.
Me meto en el asiento del acompañante y cierro la puerta. Anthony ocupa su sitio, arranca el motor y sale del aparcamiento mientras los limpiaparabrisas empiezan a barrer el agua del cristal.
Ninguno de los dos dice una sola palabra.
Ponemos rumbo a Water Mill.
Acabamos de ocuparnos de un problema enorme.