La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 33
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Me tumbo en la cama y me quedo mirando el techo.

Nuestro nuevo problema es serio y estoy al borde de un ataque de pánico.

Anthony, en cambio, parece insultantemente tranquilo. A veces no entiendo a este hombre.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunto.

Se está quitando los zapatos y ni siquiera levanta la vista.

—Te veo muy preocupada.

Alzo la cabeza.

—Lo que no comprendo es cómo tú no lo estás.

Se acerca y se sienta a mi lado en la cama. Está sonriendo.

—¿Qué tal con Avery?

Dejo caer otra vez la cabeza sobre la almohada.

—Estoy harta de ella. No nos está saliendo nada bien. Después de lo del senador Carcetti ya no sé cómo vamos a librarnos de ella. —Me froto los ojos—. Aunque ahora mismo ese no sea precisamente nuestro mayor problema.

—¿Y si te dijera que sé cómo solucionar lo de Vincent Bellacorte?

Lo miro dubitativa.

—¿De qué estás hablando?

—Esta mañana no he estado tanto tiempo con el asesor fiscal como pensaba. El imbécil tenía prisa y no paraba de recordarme que me estaba haciendo un favor trabajando un sábado por la mañana. No le he dejado sin dientes porque soy un hombre serio y sé controlarme.

—Por supuesto —contesto con ironía.

—No decía más que gilipolleces sobre el dinero que no entendía. A la media hora me he largado.

No entiendo por dónde va.

—¿Y qué tiene eso que ver con Vincent Bellacorte?

—Que he llegado antes de tiempo a Water Mill.

Me incorporo.

—Has llegado tardísimo. No digas tonterías. No sé de qué estás hablando.

Su sonrisa se ensancha.

—No he llegado tarde a Water Mill, Quinn. He llegado tarde a casa.

Me quedo mirándolo.

—Cuando venía por la carretera he visto un Cadillac negro aparcado delante. Y a un tipo hablando con Avery en la puerta.

Ahora sí consigue toda mi atención.

—¿Has visto a Vincent?

—No sabía que era él. Pero me ha parecido raro y no he entrado con el coche a la propiedad. He seguido un poco más y he aparcado en el camino. Desde allí he visto cómo terminaba de hablar con Avery y regresaba al Cadillac.

Me pongo en pie.

—¿Te lo has cargado?

Anthony suelta una carcajada.

—No, cariño. ¿Con qué? No llevaba nada encima. Pero sé dónde está.

—¿Qué quieres decir?

—Que lo he seguido.

Lo miro sin entender.

—¿Has seguido a Vincent Bellacorte?

—Así es. Hasta un hostal de carretera. —Se levanta despacio—. Así que mañana por la mañana, tú y yo no vamos a ir a pasear, vamos a hacerle una visita.

Se acerca al armario, abre las puertas y alza una mano hacia el altillo. Saca una caja negra que deja sobre la cómoda.

—Mira.

Abre la tapa.

Dentro hay una pistola.

—¿De dónde coño has sacado eso?

—Era de Luke. Me habló de ella una vez. La conservaba de sus tiempos con los Scaletta. Según me contó, el cañón está modificado para dificultar que se puedan relacionar las balas con el arma.

Miro la pistola y después a Anthony.

De repente, el nudo que llevo toda la tarde sintiendo en el estómago empieza a aflojarse.

Sonrío.

Anthony asiente. Se queda frente a mí con los brazos cruzados y esa expresión satisfecha que pone cuando está convencido de que acaba de hacer algo extraordinariamente inteligente.

No puedo evitar reírme. Me abalanzo sobre él y Anthony apenas tiene tiempo de reaccionar cuando lo empujo. Cae de espaldas sobre la cama y yo caigo encima.