La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 32
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Paso las siguientes horas con Avery en el salón.

Estoy desesperada y necesito que Anthony vuelva ya.

Esta vez no tengo que fingir que estoy medio loca. No necesito poner cara de asustada, ni morderme las uñas. Estoy aterrada de verdad.

Los Scaletta han encontrado a los Frost.

No consigo pensar en otra cosa.

Durante años, Raymond y Barbara consiguieron mantenerse fuera de su alcance. Cambiaron de nombre, de ciudad, de vida. El programa de protección de testigos hizo su trabajo y los Scaletta dejaron de ser un problema. Hasta ahora.

¿Qué ha cambiado?

¿Qué movimiento ha despertado sus alarmas?

No tengo ni idea. Nosotros hemos sido cuidadosos. Anthony y yo lo planeamos todo pensando que nadie echaría de menos a los Frost cuando suplantáramos su identidad.

Y, sin embargo, Vincent Bellacorte ha aparecido en nuestra puerta preguntando por Raymond.

Luke nos contó una vez que Bellacorte era uno de los hombres que se encargaban del trabajo sucio de los Scaletta. Según él, incluso dentro del clan le tenían miedo.

Miro a Avery. Está sentada en el otro extremo del sofá. Ella cree que estoy nerviosa porque tengo un trastorno de la personalidad. No tiene ni idea de que, de todas las personas que podían presentarse en esta casa, probablemente acaba de abrirle la puerta a una de las peores.

Intento pensar.

En realidad, si vuelve, podríamos dejarlo entrar.

La idea me cruza la cabeza y durante unos segundos hasta parece razonable. Podríamos contarle la verdad. Explicarle que Raymond y Barbara están muertos, que sus cadáveres están enterrados bajo el suelo del sótano y que Anthony y yo nos hemos quedado con sus identidades.

Tal vez hasta nos diera las gracias. Al fin y al cabo, le hemos ahorrado el trabajo.

Quizá los Scaletta llevan años queriendo ver muerto a Raymond y nosotros se lo hemos servido en bandeja. Podrían olvidarse de esta casa, dejarnos conservar el dinero de los Frost y marcharse satisfechos sabiendo que el hombre al que buscaban ya no existe.

Sí.

Claro.

Y después podríamos invitar a Vincent a cenar y contar historias de nuestra infancia.

Descarto la idea enseguida. Un hombre como Bellacorte no nos daría las gracias. Nos torturaría sin remordimientos hasta estar convencido de que no escondemos algo más.

Me levanto otra vez y voy hacia la ventana. Aparto un poco la cortina y observo la carretera.

Tengo la sensación de que voy a desbordarme en cualquier momento.

Cada coche que escucho a lo lejos me obliga a mirar hacia la entrada.

Cada minuto que Anthony tarda en volver hace que imagine una posibilidad peor que la anterior.

Cuando por fin oigo un vehículo detenerse frente a la casa, se me encoge el estómago.

Avery se levanta.

Es el Mercedes que conduce Anthony.

La puerta se abre poco después y entra en casa. Avery va hacia él enseguida y empieza a contarle lo ocurrido: el hombre del sombrero, las preguntas, Raymond, la manera en que miraba hacia el interior de la casa. Yo observo a Anthony mientras la escucha.

Y entonces sucede algo que no esperaba.

No entra en pánico. No hace ninguna pregunta estúpida ni deja que la preocupación se refleje en su rostro. Escucha a Avery hasta el final y reacciona con una rapidez que consigue tranquilizarme un poco.

Le dice que mañana se tome el día libre porque él y yo iremos a dar un paseo.