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Me he bebido un par de tragos y me ha dado por cantar.
No debería.
Sé que no canto bien. De hecho, sé que canto fatal, pero me importa una mierda que Avery me escuche desde cualquier rincón de la casa y se ría de mí.
A estas alturas estoy tan metida en el papel de loca que empiezo a preocuparme por lo fácil que me resulta.
Hay momentos en los que ni siquiera tengo que esforzarme.
Me basta con dejarme llevar, hacer lo primero que se me pasa por la cabeza y preguntarme después si lo he hecho porque estoy actuando o porque realmente estoy perdiendo la puta cabeza.
Supongo que mientras yo sepa distinguir una cosa de la otra, todo irá bien.
Anthony ha salido a hacer de Luke. Bueno, en realidad ha salido a aprender a ser Luke, que no es exactamente lo mismo.
El problema de robarle la vida a un hombre es que también tienes que hacerte cargo de todas esas cosas aburridas que formaban parte de ella, y Anthony no tiene ni idea de economía, de inversiones ni de qué demonios debe hacer con la cartera de clientes de Luke.
Le he dicho que lo deje. Se lo he repetido varias veces.
Tenemos más dinero del que podríamos gastar en los próximos cincuenta años, incluso esforzándonos, así que no entiendo esa obsesión suya por convertirse en el nuevo Lobo de Wall Street.
Podríamos cerrar esa parte de su vida y dedicarnos a disfrutar de lo que ya tenemos.
Pero no. El muy garrulo se ha empeñado en intentarlo.
Por eso se ha ido a Manhattan.
Su brillante idea consiste en visitar a un asesor fiscal y fingir que los activos de uno de los clientes de Luke son suyos para que el tipo le explique qué haría con ellos.
Después, supongo, Anthony regresará convertido mágicamente en un experto en gestión patrimonial y empezará a mover millones sin que nadie se dé cuenta de que es un impostor.
Un plan sin fisuras.
Por supuesto.
Normalmente estaría cabreada con él, pero hoy estoy demasiado enfadada con Avery para repartir mi hostilidad entre dos personas.
Entro en la ducha. Dejo que el agua me caiga sobre la cabeza durante unos minutos y, cuando cierro el grifo, me siento bastante mejor. Más despejada. Me envuelvo el pelo en una toalla y empiezo a secarme cuando creo escuchar algo al otro lado de la puerta.
Me detengo.
Al principio pienso que es Avery moviéndose por la casa.
Me acerco un poco a la puerta y aguzo el oído.
Nada.
Estoy a punto de volver a secarme cuando otro sonido atraviesa la casa, pero esta vez lo reconozco perfectamente.
Alguien acaba de llamar a la puerta.
Cuando salgo del baño encuentro a Avery en la habitación. Dice que ha venido a avisarme de que han llamado.
La acompaño abajo y me quedo detrás, mirando cómo abre la puerta y atiende a quien ha llamado.
—Estoy buscando a una persona —dice una voz de hombre.
—Pues no conozco a mucha gente del barrio. Acabo de llegar.
Desde mi posición no puedo verlo, pero sí veo a Avery apoyada en el canto de la puerta. El hombre dice algo más y ella le explica que no es su casa, que trabaja aquí.
—¿Está el dueño de la casa? Me gustaría hablar con él.
Levanto la vista.
Hay algo en la forma de hablar de ese hombre que no me gusta. Pronuncia las palabras despacio, arrastrándolas, y entre una frase y la siguiente deja pasar demasiado tiempo.
—No se encuentra en estos momentos —responde Avery.
—¿Y su mujer?
Avery niega con la cabeza.
Bien.
Me quedo donde estoy. No sé quién coño es ese tipo, pero no tiene ninguna razón para saber que estoy aquí.
—¿Quién es usted? —pregunta Avery.
—Soy un viejo amigo de Raymond.
Al escuchar ese nombre siento como si una lanza me atravesara el pecho.
Raymond.
Por un instante dejo de respirar.
No. No puede ser. Nadie sabe dónde estamos. Nadie puede habernos encontrado aquí.
Raymond es el verdadero nombre de Luke Frost. El que tenía antes de entrar en el programa de protección de testigos.
Y Anthony lo mató. Primero a él y luego a su mujer. Los asfixió a ambos con sus propias manos sin que pudieran hacer nada para defenderse.
—Disculpe, pero no sé quién es Raymond —dice Avery—. Aquí no vive nadie con ese nombre.
No me muevo.
—¿Estás segura?
La voz del hombre suena ahora más cerca.
Avery empuja un poco la puerta y, desde donde estoy, alcanzo a ver durante un segundo parte del ala de un sombrero. El hombre intenta asomarse al interior.
Doy un paso atrás.
—Márchese, por favor —dice Avery.
Esta vez no hay ninguna duda en su voz. Está asustada.
Y yo también. Solo que yo entiendo por qué.
Transcurren un par de segundos antes de que el hombre vuelva a hablar.
—Dile a Ray que Vincent le envía saludos. Volveré en otro momento.
Es Vincent.
Me quedo inmóvil mientras escucho sus pasos alejándose del porche. Avery sigue junto a la puerta, observando cómo se marcha.
Anthony y yo hemos oído cientos de veces las historias que Luke contaba sobre Vincent.
Vincent Bellacorte.
Tenemos un serio problema.