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Mi plan habría sido perfecto si la desgraciada de Avery no se hubiera puesto a chillar como una energúmena.
Tal vez debería haber previsto esa reacción. Reconozco que en ocasiones me precipito, pero tampoco es un problema que vaya a preocuparme durante mucho tiempo. Quiero quitarme a esa chica de encima cuanto antes.
Anthony tampoco ha ayudado.
Se ha metido demasiado en el papel del nuevo Luke Frost. Lo de darle trescientos dólares a Avery ha sido una cagada monumental. Entiendo que ahora somos millonarios y que resulta agradable sacar un fajo de billetes y repartir dinero como si fueras Rockefeller.
Pero, por supuesto, ahora la chica no quiere marcharse.
¿Quién iba a imaginarlo?
Cuando Avery se ha ido con Connor a comer y pasar la tarde, Anthony y yo hemos tenido una discusión bastante acalorada por ese motivo.
Ha sido culpa mía. Siendo sincera, la mayoría de nuestras discusiones son por mi culpa.
Sé que soy mandona y controladora. También sé que nuestra relación funciona precisamente porque cada uno tiene un papel y yo me encargo de que no olvidemos cuál es.
Es la mejor manera de aprovechar nuestras capacidades.
Las decisiones importantes debo tomarlas yo.
Soy el faro que guía a Anthony cuando se empeña en navegar en dirección contraria.
El problema es que, de vez en cuando, le entra uno de esos arrebatos de masculinidad emergente que supongo que tendrá alguna relación con un pico de testosterona.
Por suerte, sé cómo calmarlo.
Es cierto que lo encontré especialmente enfadado porque, según él, yo llevaba horas dándole órdenes.
Que entierre los cadáveres, que lo limpie todo, que se comporte de una determinada manera con Avery…
Terminó diciéndome que estaba harto de que lo tratara como a un empleado.
Entonces pasé por su lado y le agarré el paquete.
Hay pocas discusiones capaces de sobrevivir a ese estímulo.
No sé cuántas veces hicimos el amor. Perdí la cuenta y creo que Anthony también. Él ni siquiera se dio cuenta de que Avery había regresado a casa. No tiene el oído tan fino como yo.
Yo escuché la puerta. Después sus pasos.
Y entonces gemí más fuerte; mucho más fuerte.
Y sí, lo hice para que me oyera.
A veces actúo de esa manera y ni siquiera soy capaz de explicar por qué.
Después vinieron tres días largos en los que, a decir verdad, tampoco he tenido tiempo para demasiado. Me he limitado a ser Natalie Frost.
Y no me viene mal.
Cuanto más tiempo paso siendo ella, más fácil resulta.
Voy aprendiendo poco a poco cómo debo comportarme, qué se espera de una mujer con esta casa, este marido y esta cantidad obscena de dinero.
Incluso he estado fijándome en cómo actúan las mujeres de los millonarios en las películas.
Se supone que a estas alturas debería haber cocinado una lasaña y llevado una fuente a los vecinos para presentarme.
Después tendría que organizar una fiesta en casa, invitar a todo Water Mill y demostrarles que somos superfelices y superguays porque tenemos mucho dinero, mi marido es un as de las finanzas y yo soy el maravilloso soporte que da sentido a su vida.
Supongo que también tendremos que apuntarnos a todas las actividades de mierda que vayan surgiendo.
Recoger colillas en la playa. Plantar árboles que morirán en un par de meses.
Pasear perros abandonados los domingos por la mañana.
Cualquier cosa que demuestre que nosotros, los habitantes de los Hamptons, somos personas extraordinarias, comprometidas con el mundo y situadas varios peldaños por encima del bien y del mal.
Detesto toda esta porquería.
Pero tendré que acostumbrarme.
Lo que no voy a hacer ni en un millón de años es preparar una lasaña para los vecinos. Si quieren conocernos, que vengan ellos y se presenten.
Bastante ocupada estoy intentando conseguir que esta casa parezca un hogar.
Aunque con dinero todo resulta mucho más fácil, eso también hay que reconocerlo.
Hemos contratado jardineros y albañiles y, en solo unos días, están dejando la propiedad perfecta.
Mientras ellos se encargan del exterior y de los desperfectos, yo he ido abriendo cajas y decidiendo qué merece la pena conservar de la antigua vida de los Frost.
Poca cosa.
Los libros de Natalie, por ejemplo.
Esa mujer estaba mal de la cabeza de verdad. Yo estaba delante cuando su marido se lo dijo bien claro en Bowling Green, con la casa revuelta y todas sus cosas desperdigadas bajo nuestros pies.
—Coge lo imprescindible. Nos vamos de aquí. Estamos en peligro.
Y con toda la calma del mundo metió libros en una caja.
Por respeto a su memoria, y porque no quedan mal del todo, he decidido conservarlos.
Los he apilado en una estantería de la nueva habitación de Quinn.
Al fin y al cabo, si queremos que el plan con Avery funcione, tendremos que cuidar los detalles.
Si yo tengo dos personalidades, no resulta demasiado creíble que las dos compartan dormitorio con Anthony y se acuesten con él indistintamente dependiendo de quién esté al mando en ese momento.
Quinn necesita su espacio.
Y Natalie el suyo.
Por otro lado, la vida de Luke Frost debe continuar con cierta normalidad.
Sus clientes no pueden desaparecer de un día para otro, así que Anthony se está encargando de su agenda.
Reconozco que esa parte del plan me preocupa bastante más.
Ya hemos acordado que irá desprendiéndose de ellos poco a poco, alegando problemas personales y buscando una manera razonable de cerrar cada relación profesional sin despertar sospechas.
Por suerte, el verdadero Luke hacía casi todo por correo electrónico y evitaba las reuniones presenciales. Tenía auténtico pánico a que alguien reconociera su rostro y avisara a los Scaletta de que Raymond Venturi seguía vivo. Sabía que incluso había una recompensa por encontrarlo.
Qué ironía.
Pasó años escondiéndose de ellos y al final el peligro vino de donde menos lo esperaban.
A veces me sorprende lo bien que está saliendo todo.
Soy mucho más lista de lo que creía. Supongo que por eso he llegado tan lejos. Solo tengo que mirar por una de las enormes ventanas del salón para comprobarlo. Ahí está el océano, extendiéndose frente a la casa que ahora es mía.
Eso es: mía.
Me gusta pensar de esa manera.
Hoy creo que ha llegado el momento de dar un paso más. Ya nos hemos asentado lo suficiente y Avery ha tenido tiempo para acostumbrarse a nosotros, así que podemos dar el golpe definitivo. Lo he hablado con Anthony esta mañana y lo tenemos todo preparado.
Vamos a tenderle una trampa para quitárnosla de encima.
Y para hacerlo utilizaremos el collar de diamantes de Natalie.
Una preciosidad que cuesta una pequeña fortuna. En cuanto todo esto termine pienso venderlo. Nunca he sido muy de joyas.
Avery está conmigo en la cocina y ha llegado el momento. Llevo un rato dándole conversación mientras termino de preparar la comida.
Por supuesto, termino sacando el tema de Connor.
—Es guapísimo —digo.
Avery se ríe.
—Natalie...
—¿Qué? Solo digo que el chico está bien.
Perfecto. Ya está relajada.
—Además, me he estado fijando en una cosa —continúo—. No tienes demasiada ropa.
Deja de sonreír.
—Gracias.
—No lo digo como algo malo. Bueno, quizá un poco. —Me río—. Me refiero a que esta noche tienes tu primera cita con Connor y prácticamente no tienes ropa ni complementos.
—¡No es una cita!
—Por supuesto que lo es.
—Solo vamos a ir al cine.
—Un viernes por la noche. Los dos solos.
Antes de que pueda seguir protestando, me levanto y voy a buscar la caja. La he dejado preparada. Regreso a la cocina, la coloco delante de ella y levanto la tapa.
Sus ojos se clavan inmediatamente en el collar.
Es justo la reacción que esperaba.
—Ni hablar.
Pongo cara de ofendida.
—¿Por qué?
—Porque cuesta más que mi salario de un año.
—Eso no es una razón.
—Para mí sí.
Insisto un poco más. Le digo que quedará perfecto con el vestido negro que tiene en el armario y, por supuesto, eso provoca otra pregunta.
Quiere saber por qué he estado mirando entre sus cosas.
Le cuento que solo quería comprobar si su habitación necesitaba que pasara también la empresa de limpieza.
No parece completamente convencida, pero tampoco importa.
Vuelve a mirar el collar y sé que está imaginándoselo puesto. Solo necesito darle el último empujón, así que le cuento una patraña. Le digo que Luke me lo regaló en nuestro primer aniversario y que me hará ilusión que lo lleve.
Mentira, evidentemente.
No tengo ni idea de cuándo compró el verdadero Luke Frost ese collar.
Pero funciona.
Avery termina guardándose la caja en el bolsillo con un cuidado que casi me hace sentir culpable.
Casi.
—Lo cuidaré con mi vida.
Eso espero.
Entonces cometo el error de seguir dándole conversación.
Avery me pregunta cómo nos conocimos Luke y yo y tengo que inventarme sobre la marcha una pantomima sobre una exposición en Nueva Jersey, un millonario excéntrico, dos cuadros vendidos por tres millones de dólares y Luke acompañando al comprador para negociar.
No está mal para haberme inventado la historia mientras compruebo la comida.
El problema de improvisar es que puedes acabar pisando una mina sin darte cuenta.
—Creía que utilizabas un pseudónimo para tus obras. ¿También exponías en galerías con tu nombre real?
Mierda.
La miro durante un instante y sonrío.
Piensa, Quinn.
Le cuento que la galería protegía mi anonimato, que en las operaciones en las que era necesaria mi presencia se firmaban cláusulas de confidencialidad y que así podía intervenir personalmente sin revelar mi identidad.
No tengo ni idea de si algo así funciona de verdad.
Probablemente sí. En este país puedes conseguir casi cualquier cosa poniendo delante un contrato y suficiente dinero.
Avery se lo traga entero.
A veces hasta yo misma me sorprendo de lo buena que soy.
Vuelvo a la comida y dejo pasar unos segundos. Ya está. No necesito seguir tentando a la suerte. El collar está en su bolsillo y Anthony sabe exactamente lo que tiene que hacer.
Ahora solo falta colocarla donde necesitamos.
Levanto la cabeza.
—¿Puedes hacerme un favor? Ve a buscar a Luke. Está en el sótano terminando de arreglar el desastre y la comida ya está lista.
Avery se levanta y se lleva una mano al bolsillo para comprobar que la caja continúa allí.
—Gracias otra vez por el collar.
—Deja de darme las gracias.
Niego con la cabeza y sonrío mientras la veo salir de la cocina.
Espero hasta que desaparece por el pasillo.
Después escucho sus pasos alejándose en dirección a las escaleras que conducen a la puerta del sótano.
Y sigo con la comida.
Ahora solo tengo que apagar los fuegos, subir las escaleras y dejar que Natalie desaparezca durante un rato para que Quinn tome el control.
Estoy deseando ver la cara de Avery cuando suba del sótano con Anthony y me encuentre revolviéndolo todo, buscando desesperadamente un collar de diamantes que, casualmente, ella lleva guardado en el bolsillo.