28
Sé que ha llegado el momento idóneo cuando los golpes que vienen del sótano cesan.
Anthony debe de haber terminado. Habrá alisado el hormigón, dejando la zona lo bastante presentable para que nadie sospeche lo que hay debajo. Puede que todavía tenga trabajo por hacer, pero los cadáveres de los Frost ya no estarán a simple vista si Avery decide curiosear donde no debe.
Me pongo en pie, lista para la acción.
La habitación que le hemos destinado a Avery resulta perfecta para lo que pretendo hacer.
La puerta puede cerrarse con llave desde fuera, algo que descubrimos al revisar la casa y que ahora pienso aprovechar.
Subo procurando no hacer ruido, llego hasta su puerta e introduzco la llave con cuidado. La giro despacio.
El clic de la cerradura es muy leve.
Retiro la llave y espero.
Tarda poco en darse cuenta.
Primero escucho el picaporte. Una vez, después otra con más fuerza. La puerta se sacude. Avery empuja desde dentro haciendo vibrar el marco.
Me tapo la boca. No debería reírme todavía.
Pero no puedo evitarlo.
Dejo escapar una risita entrecortada, lo bastante baja para que durante unos segundos no sepa si realmente la ha escuchado.
De repente, se detiene.
—Abre la puerta, por favor —dice.
No contesto.
Me acerco un poco más y vuelvo a reírme. Esta vez no intento contenerme tanto. Dejo que me escuche deliberadamente.
—¡Abre la puerta!
Empiezan los golpes.
—¡Natalie! ¡Abre!
Me río aún más fuerte, ya comienza a ser forzado. Avery golpea con más fuerza y yo permanezco al otro lado, disfrutando de cada segundo. ¿Por qué soy tan mala?
Entonces deja de golpear y escucho pasos apresurados dentro de la habitación. Poco después, el sonido de la ventana al abrirse.
—¡Socorro! —grita—. ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!
Mierda.
Eso sí que no lo esperaba.
Me aparto de la puerta y avanzo por el pasillo hasta una de las ventanas desde la que puedo ver parte del exterior. Avery vuelve a pedir auxilio. Grita una y otra vez, cada vez más fuerte.
Me doy cuenta de que tengo que terminar con esto cuando veo que alguien corre por la carretera en dirección a la casa.
¿Cómo puede correr tan rápido ese chico?
Regreso a la habitación y saco la llave. La introduzco en la cerradura y la giro despacio.
Tengo unos segundos para respirar hondo y cambiar mi registro.
Cuando abro la puerta, soy Natalie.
Avery está pegada a la pared del fondo, mirándome aterrorizada. Tiene el rostro enrojecido y respira con dificultad. Sus ojos recorren la habitación, buscando algo, y durante un instante pienso que va a lanzarme cualquier objeto que encuentre.
Sería ideal, así podríamos despedirla justificadamente.
Le dedico mi sonrisa más dulce.
—Hola, soy Natalie. ¿Estás bien? He escuchado gritos.
No responde.
Escucho pasos acelerados en las escaleras. Anthony aparece a toda prisa al final del pasillo con la camiseta empapada en sudor.
Perfecto.
—¿Qué ha pasado? He oído gritos.
Me vuelvo hacia él y sonrío.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
Anthony se detiene frente a la puerta. Me mira a mí y después a Avery.
—¡Me ha encerrado! Yo… He intentado salir y no podía —grita Avery.
Pongo cara de desconcierto.
—Yo no he encerrado a nadie. He escuchado gritos, me he asustado y he venido a ayudar. La puerta estaba abierta.
Avery me fulmina con la mirada.
—Acabas de abrir la puerta con la llave.
Anthony baja los ojos hacia el pomo.
—Ni siquiera sabemos dónde están las llaves de esta puerta. ¿No puede ser que simplemente se haya atascado? —pregunta Anthony.
Luego me mira y le cambia el rostro.
—¿Natalie?
Aparto los ojos de Avery.
—Sí, cariño. ¿Estás bien?
Mantiene la mirada fija en mí durante unos segundos.
—Mi amor, ven aquí.
Se acerca y me abraza.
Tengo que reconocer que está haciéndolo bien.
Muy bien.
Le devuelvo el abrazo y, por encima de su hombro, veo a Avery. Tiene una expresión difícil de describir, a medio camino entre la incredulidad y la desesperación.
Entonces alguien aporrea la puerta de entrada.
Genial. Ahora tendremos que lidiar también con el idiota del vecino.