27
Anthony vuelve a subir las escaleras al cabo de un rato. Lo oigo recorrer el pasillo y espero hasta que entra en la habitación para cerrar la puerta a su espalda.
—¿Qué tal ha ido?
La sonrisa que se dibuja en su rostro me da la respuesta antes de que abra la boca.
—Mejor de lo que esperaba.
—¿Se lo ha creído?
Anthony suelta una carcajada y se deja caer sobre el borde de la cama, satisfecho consigo mismo.
—Todo. Absolutamente todo.
—Dame más detalles.
—Pues he hecho lo que querías. Le he dicho que sufres un trastorno de identidad disociativo y que la mayor parte del tiempo no eres Natalie, sino Quinn.
No puedo evitar sonreír.
—He improvisado un poco —continúa—. Le he dicho que eres desconfiada, impredecible y que estás convencida de que alguien quiere matarte. Que puedes estar manteniendo una conversación perfectamente normal y, cinco minutos después, salir corriendo porque crees que vienen a por ti.
—No está nada mal.
—Espera a oír esto. Me he acordado de los cuadros que hay en el sótano envueltos en sábanas y me he inventado que antes de enfermar eras una artista de éxito, que trabajabas demasiado y te exigías hasta el límite.
Me llevo una mano a la frente.
—¿No has caído en que puede buscarlo por internet? —inquiero elevando la voz.
—Tranquila. Le he dicho que eras una artista bastante reconocida, pero que trabajabas bajo pseudónimo y que prometí no revelar jamás tu identidad. Así no podrá descubrir que Natalie Frost no ha pintado un cuadro en su vida.
Asiento despacio. Menudo alivio.
—¿Algo más? Necesito saberlo todo para meterme en el papel.
Anthony asiente.
—Le he explicado por qué la he contratado.
Le he dicho que Quinn se ha puesto en peligro varias veces y por eso necesitamos una enfermera que pueda vigilarla cuando yo esté trabajando.
Le he dicho que quiero que sea alguien estable, que no podemos estar metiendo desconocidos en casa cada pocos meses porque eso te altera.
—Lo has hecho muy bien, cariño.
—También le he dejado claro que no puede traer a nadie a casa y le he preguntado por ese chico, el tal Connor.
Ladeo la cabeza. Estoy gratamente sorprendida por lo bien que ha actuado.
—¿Qué te ha dicho? —pregunto.
—Que no es su novio. Dice que lo conoció en el autobús y que prácticamente no sabe nada de él.
Me paro a pensar en las distintas maneras que tengo de asustar a esa chica. Después de todo lo que le ha contado Anthony, el abanico de posibilidades es enorme.
Eso me encanta.
—Bien. Ahora baja al sótano y termina el trabajo —le digo.
—¿Y qué harás tú?
—Voy a meterle miedo. Tienes que estar preparado para subir si escuchas gritos, ¿de acuerdo?
—Estás como un cencerro, cariño. Te quiero.
Me inclino hacia él hasta que nuestros rostros quedan enfrentados.
—Escúchame, porque esto es importante. Cuando llegues, tienes que actuar como si Natalie hubiera vuelto.
Me mira extrañado.
—¿Qué?
—Eso mismo que le has contado ahí abajo. Quinn aparece, Quinn desaparece. Pues vamos a enseñárselo. Cuando subas, yo ya no seré la mujer desequilibrada que ha conocido. Seré Natalie, una mujer tranquila y amigable.
Anthony se queda mirándome y se pasa ambas manos por la cara.
—Me vas a volver loco tú a mí, joder.
—Haz lo que te digo. Ve a terminar el trabajo del sótano.
Durante unos segundos permanece delante de mí sin moverse. Después masculla algo que no alcanzo a entender, abre la puerta y sale al pasillo.
Ahora solo necesito darle a Avery unos minutos para que se relaje.
Y después empezará el juego.