La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 21
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Esto debe ser una broma. Aunque no tiene ninguna gracia.

Subo las escaleras y empujo la puerta con cuidado.

No se mueve.

Vuelvo a intentarlo, esta vez agarrando el pomo con las dos manos y girándolo con fuerza. Nada. Tiro hacia mí, empujo después con el hombro, sacudo el pomo varias veces y pruebo de nuevo, cada vez con más fuerza.

—¿Hola?

Mi voz retumba en el sótano.

—¡Luke!

Golpeo la puerta con la palma abierta.

—¡Natalie! ¡Abridme!

Nadie responde.

El miedo me llega de golpe. No de forma gradual, no como esa inquietud que lleva acompañándome desde que llegué a esta casa y que he aprendido a controlar.

Esto es distinto. El corazón late con tanta fuerza que siento las pulsaciones en el cuello y resultan dolorosas.

Vuelvo a sacudir el pomo, tiro de él hasta que me duelen los dedos y después golpeo la puerta con el hombro.

—¡Eh! ¡Estoy aquí abajo! ¡Abrid la puerta!

Nada.

Comienzo a sentir que me falta el aire.

Intento inspirar profundamente, pero no soy capaz. Cada respiración es más corta que la anterior y durante unos segundos me quedo frente a la puerta sin saber qué hacer, mirando el pomo, esperando que se mueva por sí solo.

Alguien me ha encerrado.

La idea termina de desatar el pánico.

Bajo los escalones a toda prisa. Necesito encontrar algo. Una herramienta, un martillo, una barra de hierro, cualquier objeto con el que pueda forzar la cerradura o romper la puerta. Incluso algo que pueda utilizar para defenderme.

He bajado cuatro o cinco peldaños cuando la luz se apaga.

Me detengo en seco.

La oscuridad es absoluta.

Durante un instante no me atrevo a mover un solo músculo.

Tengo un pie apoyado en un escalón y el otro más arriba, las manos extendidas buscando una barandilla que no alcanzo.

Sé que la escalera continúa delante de mí, pero no sé cuánto falta para llegar al suelo y un paso en falso bastaría para caer rodando.

—Joder...

Palpo alrededor hasta encontrar el borde de un escalón.

Me agacho con cuidado y termino sentándome.

Después bajo uno a uno, apoyando primero las manos, buscando con el pie el siguiente peldaño antes de trasladar el peso.

Avanzo despacio, respirando por la boca y tratando de convencerme de que no ocurre nada, de que quizá la bombilla se ha fundido justo ahora, aunque ni siquiera yo consigo creerme semejante casualidad.

Cuando por fin toco el suelo, permanezco unos segundos sentada.

No veo absolutamente nada.

Extiendo los brazos y comienzo a moverme a ciegas.

Tardo un buen rato en orientarme. Tropiezo con algo de madera, cambio de dirección, avanzo dos pasos y mi mano termina chocando contra una tubería.

El metal está helado. La reconozco. Es una de las tuberías que recorren la pared lateral y bajan al fondo, cerca de los cuadros.

Me agarro a ella y avanzo siguiendo su recorrido hasta alcanzar la pared.

El frío del sótano se me ha metido bajo la ropa.

Hay humedad en el suelo y noto las rodillas mojadas cuando vuelvo a agacharme para tantear alrededor.

Mis dedos encuentran una caja, varios trozos de madera, algo parecido a un cubo y una pieza metálica que no consigo identificar.

La cojo con la esperanza de poder usarla, pero es pequeña y roma.

No me servirá para hacer palanca. La dejo caer y sigo buscando.

Encuentro más objetos: tornillos, tablones, recipientes vacíos. Voy palpándolo todo con desesperación creciente, intentando encontrar cualquier cosa que pueda utilizar contra la puerta.

Nada.

—¡Luke! —grito de nuevo—. ¡Luke, estoy aquí abajo!

Espero.

No hay respuesta.

—¡Natalie!

Mi propia voz vuelve desde algún punto del sótano y después solo escucho mi respiración.

¿Por qué me han encerrado?

Pienso en Natalie.

O en Quinn.

¿Ha vuelto a ocurrir? ¿Ha cambiado otra vez? ¿Quinn ha tomado el control y me ha encerrado igual que hizo aquella vez en mi habitación?

La posibilidad debería asustarme todavía más, pero encuentro algo tranquilizador dentro de ella.

Si ha sido Quinn, no estoy en peligro. No de verdad.

Luke sabe lo que ocurre cuando Natalie cambia.

Ya me sacó de la habitación la otra vez y hará exactamente lo mismo en cuanto se dé cuenta de que estoy aquí abajo.

Solo tiene que oírme.

Me pongo en pie ayudándome de la pared y lleno los pulmones todo lo que puedo.

—¡Luke!

El grito me araña la garganta.

—¡Luke, estoy en el sótano! ¡Abre la puerta!

Espero unos segundos y vuelvo a gritar.

Una vez.

Otra.

Y otra más.

Sigo gritando hasta que la garganta empieza a dolerme.

Al principio dejo unos segundos entre cada llamada, pendiente de cualquier ruido al otro lado de la puerta.

Después los intervalos se hacen más largos.

Cinco minutos. Tal vez diez. Me siento en uno de los escalones para recuperar el aliento y vuelvo a intentarlo.

Grito el nombre de Luke hasta quedarme ronca.

Vuelvo a subir los escalones a tientas y golpeo la puerta, espero en balde porque no sucede nada.

Bajo de nuevo al sótano, busco otra vez entre los objetos que ya he registrado y termino regresando a las escaleras.

El tiempo sigue pasando.

No sé cuánto.

Llega un momento en que cada grito me cuesta un esfuerzo enorme. La voz se me rompe y tengo que tragar varias veces antes de intentarlo de nuevo. Después ya solo consigo pronunciar su nombre. Más tarde ni siquiera eso. Me quedo sentada en el suelo, abrazándome las rodillas, tratando de pensar.

Tiene que haber alguna forma de salir.

Repaso mis posibilidades una y otra vez, pero todas terminan en el mismo punto.

No tengo teléfono. No puedo forzar la puerta.

No hay ventanas. Estoy bajo tierra y nadie puede oírme desde fuera de la casa.

Podría buscar algo con lo que golpear las tuberías, aunque ni siquiera sé adónde conducen ni si el ruido serviría para alertar a alguien.

También podría intentar romper la puerta, pero ya he comprobado que es demasiado resistente.

Entonces escucho algo.

Un roce.

Levanto la cabeza cuando algo se mueve cerca de mí.

Me pongo en pie demasiado deprisa y choco contra una caja. El golpe hace que varios objetos caigan al suelo. Retrocedo, extiendo las manos delante de mí y noto que el corazón vuelve a acelerarse.

Doy otro paso y algo me roza la pierna.

Grito. Sacudo el pie con violencia y salto hacia atrás hasta golpearme contra la pared. Empiezo a pasarme las manos por los pantalones, convencida de que algo trepa por ellos, aunque no noto nada. Escucho otro correteo rápido y el chillido inconfundible de una rata.

La oscuridad la convierte en algo mucho peor. No puedo saber dónde está ni hacia dónde se mueve. Cada pequeño ruido hace que me tense.

Y entonces empiezo a llorar.

No quiero hacerlo. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y trato de controlarme, pero cuanto más lo intento, peor es. Estoy encerrada en un sótano, a oscuras, sin saber cuánto tiempo llevo aquí ni por qué nadie ha venido a buscarme.

Avanzo a rastras hasta encontrar las escaleras. Mis dedos chocan por fin contra el primer peldaño y comienzo a subir a cuatro patas, palpando cada escalón antes de avanzar al siguiente. Cuando llego arriba busco la puerta con las manos y empiezo a golpearla.

—¡Luke!

Golpeo otra vez.

—¡Luke, por favor!

Sigo haciéndolo durante lo que calculo que debe de ser otra media hora. Quizá sea menos. Quizá mucho más. He perdido por completo la noción del tiempo. Podrían ser las tres de la madrugada o estar a punto de amanecer y no tendría forma de saberlo.

Apoyo la frente contra la puerta.

—Luke...

Esta vez su nombre apenas sale de mi garganta.

Entonces escucho algo al otro lado.

Me incorporo de golpe.

—¿Luke?

—Avery, apártate de la puerta. Voy a abrir.

El corazón me da un vuelco.

—¡Luke!

—Apártate.

Me pongo en pie tan deprisa que casi pierdo el equilibrio.

—No veo nada. Está oscuro aquí abajo.

—Voy a dar la luz. Baja las escaleras.

Obedezco. Tanteo el primer escalón con el pie y empiezo a descender con las manos pegadas a la pared. Unos segundos después, la luz se enciende.

Cierro los ojos de inmediato.

El resplandor me hace daño. Me cubro la cara con una mano y continúo bajando mientras parpadeo, intentando acostumbrarme después de tantas horas a oscuras. Todo aparece desdibujado, excesivamente brillante.

Llego abajo con los ojos entrecerrados y me fijo en un objeto que hay detrás de una estantería.

Me quedo mirándolo hasta que la puerta se abre.

Escucho pasos en las escaleras. Más de un par.

Alguien empieza a bajar y poco a poco distingo unos pies, después unas piernas.

Es Natalie.

Veo que baja de una forma extraña, rígida, con los brazos ligeramente separados del cuerpo y esa expresión de miedo instalada en el rostro. Ya no es Natalie; vuelve a ser Quinn.

Tras ella aparece Luke.

Primero veo sus zapatos. Después sus piernas, su torso…

No entiendo lo que ocurre hasta que ella desciende otro peldaño y deja al descubierto la mano derecha de Luke.

Sujeta una pistola.

Y la está apuntando a ella.

Se me escapa un gemido. Noto calor entre las piernas y tardo un instante en comprender que me estoy orinando encima. No puedo evitarlo. Mi cuerpo ha decidido por mí. Las lágrimas vuelven a brotar mientras retrocedo hasta chocar contra la pared.

—Luke...

Él no me mira.

De repente la empuja. Ella pierde el equilibrio en los últimos escalones y cae al suelo con un golpe seco.

Me llevo una mano a la boca.

Queda tendida a pocos metros de mí. La miro de soslayo y descubro un hilo de sangre que nace de su labio inferior y le baja hasta la barbilla. Pero lo que más me asusta es su expresión. Tiene el pánico grabado en la cara. Los ojos muy abiertos, la respiración agitada.

Luke no se marcha.

Cuando creo que va a subir las escaleras, se detiene y mete la mano en el bolsillo. Saca algo y me lo lanza. Intento atraparlo en un acto reflejo, pero soy incapaz y cae al suelo.

Es mi teléfono.

—Cógelo —me ordena.

Lo miro sin entender qué quiere que haga con él.

—Quiero que grabes un mensaje para Connor —añade.

La pistola continúa en su mano, apuntando a Quinn, que permanece en el suelo con una mano apoyada sobre el labio ensangrentado.

—¿Qué?

—Dile que te vuelves a Queens. Que has decidido dejar el trabajo. Invéntate lo que quieras. Dile que todo esto te supera, que no es tu estilo de vida y que no quieres pasar aquí ni una noche más. —Hace una pausa—. Solo asegúrate de que se lo crea.

Me agacho y cojo el teléfono entre los dedos.

—Luke, por favor...

—Y antes de que se te ocurra hacer alguna tontería, quiero que entiendas que, si intentas avisarle, si dices una sola palabra que no debas o te pasas de lista, le vuelo la tapa de los sesos.

—Yo solo quiero volver a casa...

Luke mueve la pistola y me apunta a mí.

—Primero la mataré a ella y después te mataré a ti.

Miro la pantalla. Me tiemblan tanto las manos que fallo la primera vez que intento desbloquearla.

Abro la conversación con Connor.

Durante unos segundos no sé qué decir. Tengo la garganta cerrada y la cabeza completamente en blanco.

—Vamos, Avery.

Pulso el botón para grabar un mensaje de voz.

—Connor... —Tengo que aclararme la garganta—.

He estado pensando y al final voy a volverme a Queens.

Sé que te va a parecer raro después de todo lo que hemos hablado, pero...

esto me supera. Han pasado demasiadas cosas desde que llegué y no quiero seguir aquí.

He hablado con Luke y mañana recogeré mis cosas.

Necesito alejarme de Water Mill unos días y pensar. Quiero estar sola.

Dejo de grabar.

Miro a Luke.

—¿Así?

—Pensaba que necesitaríamos más de un intento.

Miro la pantalla.

—No se ha enviado. Aquí abajo no hay señal.

Luke extiende la mano.

—Eso no es un problema. Dame el teléfono.

La pistola vuelve a orientarse hacia Natalie.

Se lo entrego.

Luke mira la pantalla para comprobar que el mensaje sigue ahí, pendiente de que el terminal recupere la señal para ser enviado. Después, guarda el móvil en el bolsillo.

—Yo me encargaré de que le llegue.

—Luke, espera...

No responde.

Se da la vuelta y empieza a subir las escaleras. Sus pasos se alejan hasta que desaparece al otro lado de la puerta.

—¡Luke!

La puerta se cierra.

Después, escucho el cerrojo.

Y unos segundos más tarde, la luz se apaga de nuevo.