20 #2
Según el artículo, alguien perteneciente al entorno de los Scaletta había estado proporcionando información a la policía durante años.
Documentos, movimientos de dinero, nombres, lugares.
Datos suficientes para reconstruir buena parte de las actividades de la organización y llevar a los investigadores hasta Silverio Scaletta.
Me quedo mirando esas últimas palabras un rato, intentando decidir qué estoy buscando exactamente. Si Vincent Bellacorte pertenece a los Scaletta y apareció en esta casa preguntando por Raymond, lo lógico es empezar por ahí.
Abro una pestaña nueva.
Escribo: «Raymond Scaletta».
Pulso Enter.
Nada.
Hay resultados sobre los Scaletta y algunos Raymond que no tienen relación con ellos. Pruebo otra posibilidad.
«Ray Scaletta».
El resultado es prácticamente el mismo.
Me recuesto contra el cabecero y me froto los ojos. Estoy a punto de cerrar la pestaña cuando recuerdo a Connor esta mañana, la forma en que iba modificando las búsquedas, probando combinaciones distintas cuando Google se empeñaba en llevarlo siempre a los mismos sitios.
Vuelvo a colocar las manos sobre el teclado.
«Raymond AND Scaletta».
Esta vez aparece algo diferente.
Está casi al final de la primera página, en una web de aspecto anticuado cuyo título no me dice nada.
Entro y descubro una especie de enciclopedia sobre el crimen organizado estadounidense.
No parece una página oficial ni mucho menos.
Más bien el trabajo obsesivo de alguien que ha dedicado una cantidad preocupante de tiempo a recopilar artículos de prensa, fotografías antiguas, detenciones y relaciones entre familias mafiosas.
Hay un índice alfabético en uno de los laterales.
Abbadessa. Barone. Caruso. DeLuca.
Sigo bajando.
Me sorprende la cantidad de clanes que aparecen. Algunos tienen decenas de nombres asociados y otros apenas cuatro o cinco. Llego hasta la S y encuentro lo que busco.
Scaletta.
Hago clic y aparece un organigrama.
Silverio Scaletta ocupa la parte superior. Debajo de él se despliegan varias líneas que conducen a nombres que ya he visto en los artículos anteriores y a muchos otros que no conozco. Hay lugartenientes, hombres de confianza, asociados. Vincent Bellacorte aparece en una de las ramas inferiores.
Eso confirma que la página, al menos en parte, coincide con lo que he leído.
Voy recorriendo los nombres sin saber muy bien qué espero encontrar hasta que uno, situado a un lado del organigrama y conectado directamente con Silverio, hace que detenga el cursor.
Raymond Venturi (contable).
Me incorporo.
Raymond.
Leo el nombre otra vez. Raymond Venturi.
Ahí está. Tiene que ser él.
Vincent Bellacorte no apareció en casa de los Frost buscando a un Raymond cualquiera.
Es un hombre relacionado con los Scaletta y, según esta página, los Scaletta tenían a un Raymond entre sus miembros.
Un contable, además. Alguien que, por su trabajo, habría tenido acceso a dinero, sociedades, cuentas, movimientos bancarios.
Y acabo de leer un artículo sobre un topo que proporcionó durante años información financiera a la policía.
Noto una descarga de excitación. No porque haya demostrado nada, todavía no, sino porque por primera vez hay dos piezas que parecen pertenecer al mismo puzle.
Copio el nombre y regreso al buscador.
«Raymond Venturi».
Esta vez espero encontrar decenas de resultados, pero no encuentro prácticamente ninguno.
Cambio el orden de las palabras, añado Nueva Jersey, pruebo con «Scaletta», con «Silverio», incluso con «contable». Es extraño. Un hombre que figura en el organigrama de una organización criminal, alguien supuestamente cercano a su líder, debería haber dejado algún rastro.
Pero Raymond Venturi parece haberse borrado de internet.
Al final encuentro una única imagen.
La miniatura muestra a dos hombres sentados en una terraza. Abro el resultado y la página devuelve un error. El artículo ya no existe. Solo queda la fotografía almacenada por el servidor y una pequeña línea de información debajo.
Amplío la imagen.
Es antigua. Los dos hombres están sentados frente a una mesa con varias copas.
Uno de ellos fuma un puro y mira hacia alguien situado fuera del encuadre.
Reconozco a Silverio Scaletta por la fotografía de su detención, aunque aquí tiene más pelo, menos barriga y no lleva un batín abierto hasta el ombligo.
El hombre sentado a su lado debe de ser Raymond.
Leo el texto bajo la fotografía.
«Silverio Scaletta y Raymond Venturi. Imagen de archivo».
Lo observo durante unos segundos.
No he visto a ese hombre en mi vida.
Estoy segura.
No recuerdo haberme cruzado con él en Water Mill ni haber visto su fotografía entre las pertenencias de los Frost. Es un completo desconocido.
Intento una última búsqueda con su nombre entre comillas.
Nada.
Cierro el portátil y lo dejo a un lado.
Por esta noche, me doy por vencida.
Me acurruco entre las sábanas y cierro los ojos. Treinta segundos más tarde vuelvo a pensar que es absurdo intentar dormir. La cabeza me va a mil y, además, acabo de recordar algo.
Los cuadros de Natalie están en el sótano y quedé con Connor en averiguar el pseudónimo.
Durante el día no he tenido ocasión de echarles un vistazo sin arriesgarme a que alguien me descubriera, pero ahora es diferente. Luke y Natalie están durmiendo, nadie tiene por qué saber que he bajado.
Salgo del baño y abro la puerta de mi habitación despacio.
El pasillo está a oscuras. Espero unos segundos antes de salir, atenta a cualquier movimiento, y después avanzo hacia las escaleras procurando apoyar los pies cerca de los extremos de los peldaños para evitar que crujan.
Bajo uno a uno, sin encender ninguna luz, guiándome por el resplandor que entra desde las ventanas del piso inferior.
Llego a la planta baja, cruzo el vestíbulo y me dirijo hacia la puerta del sótano. La abro con cuidado y encuentro pura oscuridad. Busco el interruptor, que encuentro fuera, junto al marco. Lo pulso y la bombilla del techo se enciende.
La luz es pobre, amarillenta e insuficiente para abarcar todo el espacio.
Las tuberías recorren el techo y proyectan sombras alargadas sobre las paredes.
A un lado se acumulan cajas, herramientas y algunos muebles viejos.
Todavía huele a hormigón, seguramente por los arreglos que Luke tuvo que hacer nada más mudarse a la casa.
Parte del suelo es más nuevo que el resto y en algunos puntos el hormigón tiene una tonalidad diferente.
No me gusta este lugar.
Y mucho menos a estas horas.
Localizo los cuadros al fondo, apoyados contra una de las paredes. Son varios, quizá cinco o seis, colocados unos delante de otros y cubiertos por una sábana que los envuelve casi por completo.
Me acerco.
El corazón empieza a latirme con más fuerza, aunque intento convencerme de que no estoy haciendo nada especialmente grave. Solo voy a mirar una firma. Eso es todo.
Me agacho junto a los cuadros y busco una abertura en la tela.
Encuentro una esquina a medio cerrar y tiro con cuidado hasta descubrir parte del lienzo.
No veo ninguna firma. Solo una combinación de formas y colores que no consigo interpretar bajo esta luz.
Intento inclinar el cuadro para orientarlo, pero no sirve de nada.
Podría estar del derecho o completamente al revés.
El dibujo parece un castillo sobre un lago, no estoy segura.
Necesito ver otra esquina.
Tiro de la sábana, pero está demasiado ajustada. Introduzco los dedos entre la tela y el marco y fuerzo un poco más. Escucho el sonido de la tela al rasgarse.
Mierda.
Me detengo y miro hacia las escaleras.
No veo nada. Solo una escena que pone los pelos de punta.
Vuelvo al cuadro. Ya he llegado hasta aquí y tengo que terminar lo que he venido a hacer.
Aprovecho el pequeño desgarro para tirar un poco más y dejar al descubierto la esquina inferior del lienzo. El corazón se acelera aún más. Durante unos segundos solo distingo un color oscuro, pero entonces veo algo.
Son letras.
Acerco la cara y descubro unas palabras escritas junto al borde.
«The Red Comets».
Las leo otra vez para asegurarme.
En ese mismo instante escucho un golpe a mi espalda.
Me giro.
La puerta del sótano acaba de cerrarse.
Y, un segundo después, alguien echa el cerrojo desde el otro lado.