20
Son las doce de la noche cuando recibo la llamada de Connor.
Estoy en la cama, con el libro abierto sobre las piernas, aunque hace más de media hora que no avanzo una sola página. En cuanto su nombre aparece en la pantalla, dejo el ejemplar a un lado y contesto.
—He estado esperando tu llamada toda la tarde. Estaba preocupada.
Es mentira. Sé que está bien. Lo que llevo horas esperando es que me cuente algo más sobre Vincent Bellacorte y sobre ese hostal de carretera donde lo han encontrado muerto. Eso es lo que me preocupa de verdad.
—Lo siento. He estado ayudando a mi padre hasta hace un rato. Ha parado de llover hace solo un par de horas y ha sido horrible. Estoy hecho polvo.
Miro hacia la ventana. Las cortinas están corridas, pero todavía recuerdo el aspecto del jardín antes de subir a mi habitación: enormes charcos sobre el césped, ramas caídas junto al camino y el agua acumulándose alrededor de los árboles.
—Espero que hayáis podido solucionarlo.
—¿Qué tal con los Frost? ¿Alguna nueva locura?
Miro hacia la puerta cerrada de mi habitación.
Podría contarle lo de la camisa.
Podría decirle que esta tarde, mientras separaba la ropa para poner una lavadora, he encontrado unas manchas oscuras en una de las camisas de Luke. Podría decirle también que estoy casi segura de que eran de sangre.
Pero no voy a hacerlo.
No soy idiota.
Sé perfectamente cuál sería la reacción de Connor.
Volvería a decirme que recogiera mis cosas, que saliera de esta casa, que no merece la pena correr ningún riesgo por un trabajo…
Y la verdad es que no pienso marcharme por unas manchas que pueden tener una explicación perfectamente razonable.
Luke puede haberse cortado, puede haber ayudado a alguien herido, puede haber hecho cualquiera de las mil cosas que terminan con sangre en una camisa.
Además, Natalie y él han regresado antes de Montauk precisamente por la tormenta.
No tiene sentido pensar que pueden tener algo que ver con la muerte de Bellacorte.
He pasado buena parte de la tarde hablando con Natalie y no parecía una mujer que acabara de participar en el asesinato de una persona.
Aunque, tratándose de Natalie, tampoco estoy segura de cuánto significa eso.
—Bastante bien, la verdad —respondo—. Natalie me ha estado interrogando después de comer, pero el resto del día ha sido tranquilo. He estado leyendo un poco, me ha servido para calmarme y después de pensarlo mucho, creo que nos precipitamos juzgándolos antes de tiempo.
—Más vale prevenir que curar.
—¿Has hablado con tu padre sobre Vincent Bellacorte?
Al otro lado de la línea hay una pausa. Escucho su respiración entrecortada, más profunda de lo habitual. De verdad debe de estar agotado.
—No.
—¿No?
—Mi padre se preocupa mucho por estas cosas. Si se lo contara, no dormiría. Ya hicimos lo correcto poniéndolo en conocimiento de la policía. Si en algún momento consideran oportuno informar a mi padre, lo harán.
Tiene sentido, aunque me sorprende que haya decidido ocultárselo. Después de todo, el hombre que apareció en casa de los Frost está relacionado con una familia mafiosa de Nueva Jersey y ahora está muerto. Si yo fuera el senador Carcetti, probablemente querría saberlo.
—¿Tu amigo Mike te ha dicho cómo murió?
—No. Se lo he preguntado, pero me ha dicho que es una investigación abierta y que no puede darme esos detalles.
—Ya veo...
Me quedo mirando el techo.
Decido cambiar de tema.
—¿Quieres que nos veamos mañana por la tarde? Estaré con Natalie hasta media tarde, pero después podríamos dar un paseo o algo.
—¿No te lo dije? Mañana me voy a Filadelfia un par de días.
Me incorporo un poco.
—Ah... No. No me dijiste nada.
—Se me pasaría, perdona. Hay fiesta de la hermandad. El recibimiento de los novatos. No me la pierdo ningún año.
—Claro.
Intento que mi voz no cambie, aunque la decepción me cae encima de golpe.
¿Qué esperaba? Connor tiene su propia vida. Sus amigos, la universidad, las fiestas. Yo llevo aquí unos días y ya estoy actuando como si tuviera algún derecho sobre su tiempo.
Tengo que controlarme.
—Espero que lo pases genial. Nos veremos a la vuelta.
—Claro.
«Claro».
No sé por qué, pero esa palabra me suena mal.
Quizá sea el tono. O puede que simplemente esté cansado y yo esté buscando problemas donde no los hay, pero algo dentro de mí se revuelve.
Hasta ahora Connor siempre ha parecido buscar cualquier excusa para verme. Ha venido a esta casa, me ha llevado a la suya, me ha besado…
Tal vez el incidente con Bellacorte haya cambiado las cosas.
Tal vez, ha hecho balance y se ha dado cuenta de lo problemático que resulta acercarse a mí. Su padre es senador; debe mantenerse alejado de asuntos turbios.
Aprieto el teléfono contra la oreja y me obligo a no preguntar nada. No voy a convertirme en esa chica.
—Entonces supongo que ya nos veremos —digo.
—Ya nos veremos —contesta él.
Nos despedimos y la llamada termina.
Me quedo con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada durante unos segundos.
No debería darle más importancia. Connor está cansado, ha pasado horas ayudando a su padre después de la tormenta y mañana tiene que viajar a Filadelfia.
Eso es todo. No hay ningún mensaje oculto detrás de sus palabras, ni una repentina pérdida de interés, ni una razón para analizar el tono con el que ha pronunciado «ya nos veremos».
Aun así, lo hago.
Dejo el teléfono sobre la mesilla, me acomodo de nuevo en la cama y cojo La profesora .
Leer debería servirme para dejar de pensar en él, pero avanzo dos páginas y descubro que no me he enterado de nada.
Vuelvo atrás. Leo el mismo párrafo tres veces.
A la cuarta cierro el libro con fastidio y me levanto.
En el baño me echo agua fría en la cara y me observo en el espejo.
Estoy cansada. Se me nota en los ojos y también en esa expresión absurda de chica despechada que intento borrar inmediatamente.
Connor y yo no somos nada. Nos hemos besado, sí, y me ha gustado, pero eso no significa que tenga que informarme de sus planes ni que esté obligado a verme cada vez que yo quiera.
Miro la hora. Es más de medianoche.
Hace rato que escuché a Natalie y a Luke subir a su habitación. Primero los pasos de ella por el pasillo y, unos minutos después, los de él. Desde entonces, nada. La casa lleva un buen rato completamente tranquila.
Decido levantarme. Cojo mi viejo portátil y me lo llevo a la cama. No voy a dormir, de eso estoy segura. Estoy demasiado nerviosa y si lo intento, daré vueltas entre las sábanas, cambiando de postura cada pocos minutos. Lo único que conseguiré será ponerme más nerviosa.
Levanto la pantalla y pulso el botón de encendido. El ordenador tarda una eternidad en arrancar. Cuando por fin aparece el escritorio, abro el navegador.
Esta mañana Connor se ha centrado en los Frost.
Quizá ese haya sido nuestro error.
Mi chico es bueno investigando. Puedo llamarle así, ¿verdad?
Esta mañana me he fijado en cómo busca información, en la facilidad con la que cambia unas palabras por otras cuando no encuentra lo que quiere, cómo salta de una página a otra y vuelve atrás cuando descubre un nombre o una fecha que puede conducirlo a otra cosa.
Yo no tengo su habilidad, pero creo que lo que voy a buscar no será muy complicado.
Porque hay alguien sobre quien todavía no hemos buscado nada.
Vincent Bellacorte.
Tecleo el nombre y pulso Enter.
Los resultados aparecen de inmediato. Primero varias referencias que no parecen tener relación entre sí y después una hilera de fotografías. Me inclino hacia la pantalla.
Se me encoge el estómago.
Es él.
No necesito comprobarlo dos veces. En las imágenes es más joven y no lleva el fedora negro que llevaba cuando se plantó frente a la puerta de esta casa preguntando por un hombre llamado Raymond, pero es la misma persona.
Tiene la misma mandíbula ancha, la nariz ligeramente desviada y esos ojos pequeños hundidos bajo unas cejas espesas.
Vincent Bellacorte.
Abro uno de los primeros enlaces. Después otro.
Casi todos conducen a noticias antiguas sobre delincuencia organizada en Nueva Jersey.
En un artículo lo describen como un miembro de la familia Scaletta.
En otro aparece su nombre perdido entre una lista de detenidos durante una operación policial de hace más de una década.
Extorsión, apuestas ilegales, amenazas. Nada que no supiera ya después de lo que Connor me contó.
Nada que explique por qué un hombre relacionado con la mafia conduce hasta Water Mill y llama a la puerta de los Frost preguntando por Raymond.
Sigo bajando por los resultados hasta que un titular llama mi atención.
«Duro golpe contra el clan de los Scaletta».
Hago clic.
La noticia tarda unos segundos en cargar y lo primero que aparece es una fotografía enorme.
Un hombre de unos sesenta años sale esposado de una mansión escoltado por dos agentes.
Lleva un batín blanco de estar por casa abierto hasta casi el estómago, dejando al descubierto una mata de pelo gris en el pecho, y tiene una expresión de furia que consigue resultar intimidante incluso en una fotografía.
Bajo la vista hasta el pie de foto.
«Silverio Scaletta, arrestado en su mansión a las afueras de Nueva Jersey».
Empiezo a leer.
El artículo habla de una operación policial que llevaba años gestándose y que finalmente había permitido detener a varios integrantes de la organización.
Entre los delitos que se investigan aparecen malversación, robo e intimidación, además de varias causas por fraude fiscal cuyo importe conjunto asciende a varias decenas de millones de dólares.
Pero eso no es lo que hace que deje de mover el dedo sobre el panel táctil.
Vuelvo atrás y releo un párrafo.
La investigación había sido posible gracias a un colaborador interno.
Un topo.