19
Después de comer, Natalie parece tener energía suficiente para continuar conversando durante horas. Desde que Connor se ha marchado no ha parado de hablar sin descanso, saltando de un tema a otro con un entusiasmo que empieza a resultarme agotador.
Sé que no debería quejarme.
De hecho, me alegra verla así. Me alegra que vuelva a ser una mujer normal y funcional, alguien capaz de mantener una conversación sin que yo tenga que vigilar cada uno de sus movimientos. Después de los últimos días con Quinn, esto debería parecerme maravilloso.
Pero tampoco vendría mal que se callara cinco minutos.
Estoy cansada de sonreír, de asentir y de fingir que todo es maravilloso.
Luke, en cambio, no dice prácticamente nada.
Va por su segunda copa de whisky y ya se ha levantado cuatro veces para salir a fumar.
Cada vez que regresa trae el tabaco pegado a la ropa y al aliento.
Me recuerda a un novio que tuve en el instituto que fumaba como un carretero.
Estuve con él casi seis meses y nunca conseguí acostumbrarme.
Besarlo era lo más parecido a meter la lengua en un cenicero.
Natalie me pregunta por mis padres. Por Connor.
Por lo que quiero hacer con mi vida. Por mis aficiones, mis estudios, los lugares a los que he viajado y los que me gustaría visitar.
En algún momento incluso quiere saber si prefiero el invierno o el verano, y ahí empiezo a sospechar que se está quedando sin material.
Yo respondo a todo con la mayor amabilidad de la que soy capaz.
Intento ser la clase de empleada que cualquier matrimonio pudiente querría conservar.
Después de todo, no tengo ninguna intención de volver a perder mi trabajo.
Ya he tenido suficientes problemas para llegar hasta aquí y quizá haya llegado el momento de calmarnos, recuperar la compostura y dejar que las cosas prosperen.
Necesito este empleo. Necesito el dinero y, por mucho que me cueste admitirlo, necesito que los Frost estén contentos conmigo.
Por algún motivo, la conversación solo funciona en una dirección.
Natalie posee un talento extraordinario para esquivar cualquier pregunta que tenga que ver con ella. No se niega a contestar, simplemente responde de manera abstracta.
Si le pregunto qué clase de cuadros pintaba, ella responde: «Lo que me pedía mi alma».
Si le pido algo más concreto y le pregunto dónde aprendió a pintar, su sonrisa se ensancha y me dice: «Allá donde el mundo me ofreció un lienzo».
La miro durante un segundo, tratando de decidir si está bromeando.
Asiento y sonrío cuando contesta de esa manera.
Quizá sea normal que actúe así. Si de verdad llegó a ser una artista reconocida bajo un pseudónimo, es posible que haya pasado años aprendiendo a proteger su identidad y que esta sea su manera de hacerlo: respuestas bonitas, cuidadosamente vacías, frases que podrían imprimirse en la contraportada de un catálogo de arte sin revelar un solo dato concreto.
De nuevo, Luke se levanta.
Lo sigo con la mirada mientras cruza el salón hasta el mueble de las bebidas. Agarra la botella de whisky y se sirve otra copa. La tercera. Deja la botella sobre la mesa, bebe un trago y vuelve a sentarse.
Decido que ya he cumplido por hoy.
—Creo que voy a subir un rato a la habitación —digo mientras me pongo en pie—. Anoche dormí bastante mal y estoy agotada. Si no os importa, voy a intentar echarme una siesta.
—Claro —responde Natalie—. Descansa.
Luke levanta la copa a modo de despedida.
Les dedico una última sonrisa antes de abandonar el salón y dirigirme hacia las escaleras.
En cuanto les doy la espalda, dejo de sonreír.
Subo a mi habitación y cierro la puerta.
Mi maleta descansa sobre la cama, abierta a medias.
La he subido antes con una explicación que, por suerte, nadie ha cuestionado: he dicho que era algo de ropa que todavía tenía en Queens y que Connor se había ofrecido a recoger aprovechando que ayer visitó a un amigo que vive cerca de allí. Una excusa sencilla y creíble.
Saco ropa limpia y me meto en la ducha. Dejo que el agua caliente me caiga por la espalda durante varios minutos, me lavo el pelo y, cuando termino, me lo seco frente al espejo hasta que recupero un aspecto más o menos decente. Me siento bien. Mucho mejor que esta mañana.
Contra todo pronóstico, he conseguido reconducir la situación.
Sí, los Frost son particulares. Mucho. Pero supongo que una termina acostumbrándose a todo. Solo tengo que aguantar un año. Doce meses. Ni siquiera tiene que ser para siempre.
Después, quién sabe.
Water Mill y Southampton están llenos de oportunidades, de posibles contactos y de apellidos que abren puertas.
Quizá durante este tiempo pueda conocer a alguien que conozca a alguien.
Tal vez encuentre un hospital o una clínica privada dispuestos a darme una oportunidad cuando termine mi inhabilitación.
Por primera vez desde que llegué aquí, consigo imaginar este trabajo como lo que pretendía que fuera desde el principio: un puente hacia algo mejor.
Abro la maleta y lo primero que veo es el ejemplar de La profesora , de Freida McFadden, encajado entre dos jerséis.
Perfecto.
No se me ocurre una manera mejor de pasar la tarde. Meterme en la cama, leer durante unas horas y olvidarme de los Frost, de Quinn, del hombre del sombrero y de todos los misterios que parecen multiplicarse cada vez que intento resolver uno. Es perfecto para eso.
Estoy sacando el libro cuando reparo en el teléfono. Tengo un mensaje sin leer.
Es de Connor.
Sonrío en cuanto veo su nombre y noto ese pequeño vuelco en el corazón que empieza a resultarme reconfortante. Desbloqueo la pantalla y abro el mensaje.
La sonrisa desaparece.
«Me ha vuelto a llamar Mike. Han encontrado a Vincent Bellacorte en el hostal donde estaba su Cadillac. Estaba dentro de una habitación. Muerto».
Muerto.
Leo esa última palabra otra vez.
Y otra.
Me quedo inmóvil, el teléfono se me resbala entre las manos y cae sobre la cama.
Vincent Bellacorte está muerto.
El hombre que ayer estuvo al otro lado de la puerta de esta casa.
El hombre del sombrero. El que preguntó por Raymond.
El que intentó mirar por encima de mi hombro para ver el interior.
Puedo recordar su cara con absoluta precisión.
Su voz. Su forma de observarme. Lo tuve a menos de un metro de distancia y ahora está muerto en la habitación de un hostal.
Un escalofrío me recorre los brazos.
Bajo la vista, recojo el teléfono y descubro otro mensaje.
«Parece que ese hombre estaba metido en algo turbio, aunque ya no supone un problema. La policía querrá hacerte algunas preguntas».
Eso no consigue tranquilizarme.
En teoría debería sentirme más segura. Vincent era peligroso.
Tenía antecedentes, estaba relacionado con el clan de los Scaletta y había aparecido en esta casa buscando a alguien que, según Luke, ni siquiera existe.
Si está muerto, no puede volver. No puede presentarse otra vez en el porche ni seguirme ni hacerme daño.
Pero todo eso da igual, el miedo es incuestionable.
Reviso el mensaje esperando encontrar algún detalle que se me haya escapado, pero Connor no dice nada más. Ni cómo ha muerto ni cuándo. Tampoco si la policía sospecha que alguien lo ha matado.
Por favor, que haya sido una muerte natural.
Un infarto. Un ictus. Lo que sea que no implique a otra persona distinta.
Pulso el nombre de Connor y me llevo el teléfono al oído. Un tono. Dos. Tres.
Nada.
Cuelgo y camino hasta la ventana. La lluvia sigue golpeando los cristales con fuerza y el cielo está teñido de gris oscuro. Connor debe de seguir ayudando a su padre. Con la cantidad de agua que está cayendo, probablemente continúen intentando evitar que la depuradora se inunde.
Vuelvo a mirar el teléfono. Connor sigue sin dar señales de vida.
Me siento en el borde de la cama y descubro que mi pierna derecha se mueve sin control. Arriba y abajo en un ciclo infinito. Intento detenerla apoyando una mano sobre el muslo, pero en cuanto la retiro vuelve a empezar.
No quiero pensar en esto.
Me visto y recojo la ropa que he utilizado durante el día para llevarla abajo. Necesito hacer algo normal, aunque sea poner una lavadora. Algo que no tenga que ver con cadáveres, mafiosos de Nueva Jersey ni hombres que aparecen en la puerta preguntando por personas que no existen.
Al llegar a la planta baja veo a Natalie y Luke en el salón. Ella está acurrucada contra su pecho, con las piernas recogidas sobre el sofá, mientras Luke mantiene un brazo alrededor de sus hombros. La escena resulta enternecedora.
Podría entrar y contárselo.
Debería, quizá. Luke está al tanto de que un hombre que mostraba malos modales se presentó en su casa preguntando por un tal Raymond.
Pero no soy policía. Tampoco soy la mensajera de Connor ni la responsable de informar a los Frost de una muerte que probablemente ya esté investigando alguien.
Connor ha dicho que la policía querrá hablar conmigo, así que supongo que también hablarán con Luke si consideran que existe algún vínculo.
Ellos sabrán qué decirle, qué preguntarle y cuánto pueden contarle.
Yo solo conseguiría provocar otra conversación incómoda y no tengo ganas de más problemas.
Lo cierto es que estoy cansada.
Cansada de investigar. Cansada de sospechar. Cansada de sentirme incómoda. Solo quiero tranquilidad. ¿Es mucho pedir en esta casa?
Paso de largo sin molestarlos. Voy a dejar la ropa, subir a mi habitación, abrir La profesora y dedicar el resto de la tarde a preocuparme por los problemas de personajes ficticios. Los míos pueden esperar unas horas.
Entro en el cuarto de la colada y levanto la tapa del cesto de ropa sucia. Arrojo dentro las prendas que llevo en los brazos y estoy a punto de cerrarlo cuando algo blanco entre toda aquella ropa de color me llama la atención.
Me agacho y levanto el resto de prendas para verla mejor.
Es una camisa.
La reconozco enseguida.
Es la que llevaba Luke esta mañana. La de seda blanca de Ralph Lauren con el logo del jugador de polo montando a caballo.
La saco del cesto con intención de pasarla al de ropa blanca. Es una camisa cara y Luke debería cuidarla más.
Entonces veo las manchas y me detengo.
Hay varias salpicaduras pequeñas sobre la tela, concentradas en uno de los laterales y cerca de la parte inferior. A primera vista parecen marrones, pero al acercar la camiseta a la luz distingo mejor el color.
Rojo oscuro tirando a negro.
Acerco la prenda un poco más.
El corazón empieza a golpearme con fuerza.
Aunque esté inhabilitada, soy enfermera, he visto manchas así muchas veces.
Son salpicaduras de sangre.