La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 18
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Cuando salimos de casa de Connor, la lluvia cae con tanta fuerza que los pocos metros que separan la puerta principal del Lexus bastan para que lleguemos empapados. Connor corre a mi lado protegiéndose la cabeza con una mano, aunque no sirve de mucho.

El trayecto hasta la casa de los Frost apenas dura unos minutos.

Los limpiaparabrisas se mueven a toda velocidad y aun así cuesta distinguir la carretera.

El cielo se ha oscurecido tanto que parece mucho más tarde de lo que es y el agua corre por los laterales del asfalto formando pequeños riachuelos.

Cuando Connor entra en el camino de acceso a la casa, miro automáticamente hacia el porche.

El Mercedes no está, por lo que siento cierto alivio.

—Todavía no han vuelto —indico.

—Mejor así.

Aparca junto a la casa y salimos corriendo. Para cuando consigo abrir la puerta, tengo el pelo pegado a la cara y la camiseta húmeda en los hombros.

Nos quedamos parados en el vestíbulo viendo cómo nos cae gotarrones de agua. Tendré que limpiar todo esto antes de que vuelvan los Frost. La tormenta arrecia con tal violencia que amortigua cualquier otro sonido.

Clavo la mirada en Connor. Tiene el pelo tan mojado que parece que acabe de salir de la ducha. Reconozco que le sienta bien. Nuestras miradas se encuentran en una pausa en la que el mundo parece detenerse. Cuando estoy a punto de acercarme a él para besarle, escucho una voz y mi corazón se detiene.

Me quedo totalmente quieta.

Aguzo el oído tratando de escuchar más allá del sonido de la lluvia. Pienso que debe tratarse de un error, pero cuando una risa llega desde el salón se disipa cualquier duda.

Es una risa de mujer, con lo que debe tratarse de Quinn.

Miro a Connor y me llevo un dedo a los labios.

—Han vuelto —susurro.

—Joder… No había ningún coche —me contesta en voz baja.

—Lo habrán dejado detrás.

Las voces proceden de la planta superior, el murmullo comienza a tomar forma. Se están acercando. Miro a Connor, ninguno de los dos tiene la determinación suficiente para hacer algo diferente a quedarnos allí plantados.

Vuelvo a escuchar a Quinn, esta vez con mayor claridad.

—No sé qué haría sin ti.

—No tienes que darme las gracias —responde Luke.

—Ya lo creo que sí.

Las voces llegan desde arriba de la escalera, se escuchan sus pisadas sobre los peldaños. La voz de Quinn suena dulce, algo me dice que la idea de Luke ha funcionado y Natalie ha vuelto a tomar el control tras el paseo por Montauk.

—Sé que no te lo pongo fácil, cariño —dice.

Vale. Definitivamente es Natalie.

—No digas eso.

—Es verdad. Y aun así sigues aquí. Cuidándome. Aguantándolo todo. Quiero que sepas que estoy muy agradecida por todo lo que haces por mí. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Han descendido lo suficiente como para que sus cuerpos sean totalmente visibles. Se miran el uno al otro, tan ensimismados que no se han percatado de nuestra presencia.

Hasta que el teléfono de Connor comienza a sonar.

Se lleva una mano al bolsillo tras dar un respingo y solo soy capaz de cerrar los ojos.

Perfecto.

Luke levanta inmediatamente la cabeza.

Natalie también.

Durante un segundo que se hace eterno nadie se mueve.

Connor saca el teléfono y silencia la llamada sin mirar siquiera la pantalla.

—¿Avery? —pregunta Luke, sorprendido.

No parece precisamente encantado de verme.

—Hola —digo.

Luke termina de bajar las escaleras y se sitúa frente a mí.

—¿Qué hacéis aquí?

Natalie lo sigue y, para mi sorpresa, sonríe al reconocer a Connor.

—¡Así que tú eres el famoso Connor! Nuestro vecino.

Connor asiente con timidez.

Luke no comparte el entusiasmo.

—Creía que ibais a pasar el día fuera —digo rápidamente—. No he visto el coche.

—Lo he dejado detrás. Esa parte del jardín es más alta y está lloviendo mucho.

—Claro.

Luke mira a Connor y después vuelve a mirarme a mí. No hace falta que diga nada para que entienda que está enfadado.

—¿Podemos hablar un momento? —me pide.

Ahí está.

—Sí, claro.

Nos separamos unos metros, Luke se acerca y baja la voz.

—Te contraté para cuidar de Natalie, Avery. No para que trajeras gente a casa cuando nosotros no estamos. Creí haberlo dejado muy claro.

Natalie habla con Connor mientras tanto, ahora se está disculpando por no haberse presentado antes, cuando llegaron al barrio.

—Lo siento mucho. En realidad, solo hemos venido a coger una chaqueta, hace más frío del que pensaba y con esta lluvia…

Luke se fija en su mujer y contempla su hospitalidad recibiendo a Connor.

—Avery, mira a Natalie. Ha vuelto a ser ella. El paseo por el lago ha funcionado. Entiende que solo quiero protegerla.

—Lo entiendo —respondo—. Le prometo, señor Frost, que solo ha sido un momento. Nos marchamos ya.

Me giro y me dirijo a Connor.

—Voy a subir a por una chaqueta y nos vamos, Connor. No tardaré.

No sé cómo me las voy a arreglar, ya que toda mi ropa está en la maleta que hay en el maletero del Lexus. Estoy actuando por instinto, empeorando la situación una y otra vez.

—De eso nada. ¡Mirad cómo está lloviendo! Os quedáis a comer —decide Natalie.

—Gracias, pero no hace falta —digo.

—No era una pregunta.

La forma en que lo dice me recuerda durante una fracción de segundo a Quinn, aunque enseguida sonríe y la sensación desaparece.

Luke suspira antes de hablar.

—Creo que lo que quieren es estar solos, cariño. Seguro que tienen un plan mejor que comer con nosotros un domingo lluvioso.

Natalie le da un beso rápido en la mejilla a su marido al pasar junto a él y se planta frente a mí.

—Está lloviendo mucho. No me sentiría bien si os marcháis.

Connor me mira. Yo me encojo de hombros.

Cinco minutos después estamos los cuatro en la cocina.

Natalie abre la nevera y comienza a sacar ingredientes con rapidez y soltura. Verduras, mantequilla, un trozo de parmesano, huevos, unas pechugas de pollo y un recipiente con algo que no alcanzo a identificar. Luke se sirve un vaso de agua mientras Connor y yo nos sentamos en la isla.

—¿Seguro que no quieres que te ayude? —pregunto.

—Segurísimo.

Natalie ya ha puesto una sartén al fuego.

Se recoge el cabello, se lava las manos y empieza a trabajar con una rapidez desconcertante.

Corta las verduras sin detenerse a medir nada, prepara una salsa en otra sartén y mete las pechugas en el horno después de dorarlas apenas un par de minutos.

Sabe exactamente qué necesita y en qué momento.

—Vaya —dice Connor—. ¿Siempre cocina así?

—Mi mujer es una extraordinaria cocinera. Tuve suerte casándome con ella —responde Luke.

Natalie le lanza una mirada por encima del hombro.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —pregunta Connor.

La pregunta hace que me tense. Sé perfectamente que lo que intenta es sonsacarle información.

Natalie se gira hacia nosotros.

—Mi madre me enseñó todo lo que sé.

Percibo la incomodidad dibujada en el rostro de Luke. Cuando Connor abre la boca para formular la siguiente pregunta lo interrumpo.

—Pues huele de maravilla —digo.

Connor y yo cruzamos una mirada y trato de hacerle un gesto para que se calle.

Menos de media hora después, Natalie coloca los platos sobre la mesa.

Pollo dorado con una salsa cremosa, verduras salteadas y unas patatas que no sé exactamente qué les ha hecho, pero podrían ser las mejores patatas que he comido en mi vida.

La conversación es prácticamente un interrogatorio de Natalie a Connor preguntándole acerca del barrio, de los vecinos y de los comercios locales.

Luke alterna su mirada entre Connor y su plato.

De repente, el teléfono del señor Frost comienza a sonar. Lo saca del bolsillo, mira la pantalla solo un instante y rechaza la llamada.

Luego deja el teléfono boca abajo junto al plato.

—Hay gente que no entiende el concepto de fin de semana —se queja.

Connor intenta varias veces preguntarle a Natalie por su vida antes de venir a Water Mill, pero cada vez que lo hace, ella contesta con monosílabos y reorienta la conversación a lo que parece interesarle.

El teléfono de Luke vuelve a sonar y, de nuevo, rechaza la llamada.

—Parece que alguien le necesita, señor Frost. ¿A qué se dedica? —pregunta educadamente Connor.

—A algo mucho más aburrido de lo que parece.

Natalie le toca el brazo.

—Contesta la próxima vez —le dice.

Luke niega con la cabeza y continúa con su plato.

Levanto la vista y pienso que la situación es totalmente normal. Esto debería servirle a Connor para cerciorarse de que los Frost son un matrimonio corriente y que es seguro quedarme con ellos.

El teléfono de Luke suena por tercera vez.

Deja los cubiertos sobre el plato con más fuerza de la necesaria. Lo coge y se levanta.

—Disculpadme.

Acepta la llamada mientras se aleja de la mesa.

—Sí.

Su tono cambia inmediatamente.

Camina hacia una de las ventanas y nos da la espalda.

—Soy yo.

Pausa.

—Nunca contesto el teléfono. Esta vez he hecho una excepción… ¿Qué clase de urgencia?

El rostro de Luke cambia al escuchar lo que sea que la persona al otro lado acaba de contarle.

—De acuerdo. Hablaremos de esto mañana cuando haya podido revisarlo.

Hay una pausa.

—Sé que es una pérdida muy grande, pero el mercado es fluctuante.

No escucho la respuesta, pero sí el aumento de volumen de una voz masculina al otro lado. Luke separa ligeramente el teléfono de la oreja.

—Entiendo perfectamente la preocupación.

Otra pausa.

—No, por supuesto que no.

Natalie continúa hablando con Connor, pero yo estoy pendiente de la conversación que mantiene Luke al teléfono.

La voz vuelve a interrumpirlo.

Luke mira hacia la mesa, luego se aleja unos pasos más.

—No puedo hablar ahora.

La respuesta del hombre vuelve a llegar lo bastante alta para que escuchemos un murmullo furioso.

—Mañana revisaré la operación.

Pausa.

—He dicho que mañana.

Cuelga.

Permanece unos segundos de espaldas a nosotros antes de regresar a la mesa.

Cuando se sienta de nuevo, mantiene pulsado el botón lateral de su teléfono hasta que se apaga y lo guarda en su bolsillo.

La conversación recupera el tono anterior, pero yo no participo. Me quedo absorta mirando a Natalie y vuelvo a pensar en la fotografía.

«Feliz cumpleaños, Natalie. Te estaré siempre agradecida por todo lo que has hecho por mí. Quinn.»

Terminamos de comer y ayudo a Natalie a recoger. La tormenta no ha aflojado. Un relámpago ilumina las ventanas y unos segundos después el trueno hace vibrar ligeramente los cristales.

Natalie deja un plato en el fregadero.

—Me alegro de que hayas traído a Connor.

La miro sorprendida.

—Luke no parece pensar lo mismo.

—No se lo tengas en cuenta, está sometido a mucho estrés últimamente.

Introduce otro plato en el lavavajillas y cierra la puerta con la cadera.

—Hacéis buena pareja, por cierto —añade.

Me limito a sonreír. Ella me guiña un ojo y me hace un gesto con la cabeza para volver al salón.

Cuando regresamos, encuentro a Connor sentado en uno de los sillones, con el teléfono en la mano. En cuanto me ve, se pone en pie.

—Tengo que irme —me dice.

—¿Ahora?

Miro hacia las ventanas. Sigue lloviendo con tanta fuerza que apenas se distingue el jardín al otro lado del cristal.

—Era mi padre el que me ha llamado antes —explica—. Acaba de volver de Manhattan. Ayer tenía una recaudación de fondos y se quedó a dormir allí, pero por lo visto la lluvia está causando problemas en casa. Se está colando agua en la depuradora y necesita que le eche una mano.

—Te acompaño a la puerta.

Connor se despide de Natalie y le da las gracias por la comida. Luke regresa del baño justo a tiempo para recibir también un apretón de manos y un agradecimiento, aunque continúa bastante menos entusiasmado que su mujer con la presencia de Connor en la casa.

—Gracias por todo —dice Connor—. Estaba buenísimo.

—Cuando quieras —responde Natalie.

Connor sonríe con cortesía y nos dirigimos hacia el vestíbulo. Lo sigo y espero hasta que dejamos el salón atrás antes de acercarme un poco más a él.

—Tengo que contarte algo importante, Mike también me ha escrito —me susurra.

La mención de su amigo el policía hace que desaparezca mi sonrisa.

—¿Qué dice?

—Han localizado el Cadillac de Vincent Bellacorte.

Lo miro fijamente.

—¿Dónde?

—En un hostal de carretera a una hora de aquí. Han enviado una patrulla para comprobarlo.

—¿Y Vincent?

—No sé nada más todavía, pero estoy tranquilo. La policía ya sabe quién es y dónde está su coche. Mike ha transferido toda la información. A partir de ahora está en sus manos.

Asiento despacio.

—Entonces, ¿puedo quedarme?

Connor aprieta los labios.

—Supongo que sí.

Esas tres palabras me hacen tremendamente feliz.

Me giro hacia el salón. Desde el vestíbulo no alcanzo a ver a Natalie. Tampoco a Luke.

Vuelvo a mirar a Connor, que me devuelve la mirada, expectante.

Me abalanzo sobre él, le rodeo el cuello con los brazos y lo beso.

Él me sujeta por la cintura y me devuelve el beso con la misma intensidad. Cuando nos separamos, mantengo los brazos alrededor de su cuello.

Connor acerca sus labios a mi oído y me susurra:

—En cualquier caso, baja al sótano cuando puedas y echa un vistazo a esos cuadros. Tengo curiosidad por ese pseudónimo.

—Lo haré.

Le doy otro beso, esta vez mucho más corto.

—Ahora tenemos que inventarnos algo para sacar tu maleta de mi coche.