17 #3
—Quizá sea más sencillo de lo que parece. Esa mujer existió en la vida de Natalie y, por alguna razón, Natalie terminó adoptando su personalidad —plantea Connor.
La idea me incomoda.
—Luke no mencionó nada de eso.
—¿Le preguntaste?
—No de esa manera. Me explicó que Natalie tiene un trastorno de identidad disociativo y que Quinn es su otra personalidad. Me habló de los cambios, de cómo debía comportarme con ella, de que no toma medicación... Si Quinn fuera una persona real, creo que habría sido un detalle bastante importante.
—Puede que no quisiera contártelo.
—¿Por qué?
Connor se encoge de hombros.
—Eso es lo que tendríamos que averiguar.
Vuelvo a mirar la fotografía.
Hasta ahora había pensado en Quinn como una parte de Natalie. Una personalidad surgida de su enfermedad. La posibilidad de que tenga un rostro, una historia y una vida propias cambia por completo la forma en que veo todo esto.
—Solo tenemos un nombre —digo—. Quinn.
—Tenemos algo más. Sabemos que Natalie vivió en Kentucky.
Connor vuelve al teclado.
Escribe varias combinaciones. «Natalie Quinn Kentucky».
Demasiados resultados. Añade el apellido Frost y después lo elimina cuando no aparece nada útil.
Prueba con «Natalie Frost Quinn Kentucky», «Natalie y Quinn Kentucky», «Natalie Quinn amigas Kentucky» y limita algunas búsquedas por fechas.
Aparecen perfiles de redes sociales, necrológicas, registros de asociaciones, fotografías de institutos y noticias locales que vamos descartando una tras otra.
—Quinn puede ser nombre o apellido —dice Connor.
—Fantástico. Eso lo hace más sencillo.
Prueba a buscar ambas palabras juntas en archivos de periódicos locales.
Después añade nombres de ciudades de Kentucky.
Louisville. Lexington. Bowling Green. Richmond.
Georgetown. Abre resultados que parecen prometedores y los cierra segundos después, decepcionado.
Una Natalie Quinn que participó en una carrera benéfica resulta ser una mujer de sesenta años.
Otra aparece en el boletín de una iglesia.
Connor sigue cambiando términos cuando yo ya lo habría dado por imposible. Mientras él se esmera en descubrir algo importante, yo pierdo la mirada a través de la ventana. La lluvia tiene un efecto hipnótico gracias al cual intento calmarme. Hace tiempo que no tengo un momento de paz.
De repente, Connor se detiene.
—Espera…
Me inclino hacia la pantalla.
Ha aparecido una página antigua de resultados de la feria del condado de Warren, en Bowling Green. El diseño parece de otra época y contiene una lista interminable de categorías: ganado, conservas, artesanía, horticultura, fotografía, tartas y repostería.
—¿Una feria? —pregunto.
—Las dos palabras aparecen aquí. Estoy intentando buscar en caché.
Entonces aparece un letrero:
«Concurso de repostería — Primer premio: 500 dólares».
Debajo aparecen dos nombres junto al membrete de primer clasificado.
«Natalie y Quinn».
Nos quedamos mirando la pantalla.
—¿No hay apellidos? —pregunto.
—No.
—¿Año?
Connor comprueba la parte superior de la página.
—2023. Podría ser…
Amplía la información, pero no hay fotografía ni ningún otro dato identificativo. Solo la categoría, el premio y aquellos dos nombres juntos.
Natalie y Quinn.
—No significa nada. ¿Cuántos millones de habitantes tiene Kentucky? —pregunto.
—No lo sé. ¿Cinco?
Connor no cierra la página.
—Esto es lo mejor que tenemos hasta ahora. Parece que una tal Natalie se presentó junto a una mujer llamada Quinn a un concurso de repostería y ganaron quinientos dólares.
Connor se reclina ligeramente en la silla.
—¿Sabes a qué se dedicaba Natalie antes de enfermar?
—Era artista.
Connor arquea las cejas.
—¿Artista?
—Sí, pintaba cuadros. Luke me contó que llegó a vender bastante. Por lo visto le iba muy bien, pero publicaba sus obras con pseudónimo.
Eso parece despertar el interés de Connor.
—¿Con pseudónimo?
—Sí.
—¿Y no sabes cuál?
—Obviamente no. Si lo supiera, te lo habría dicho —explico.
Connor vuelve a acercarse al escritorio. Abre una nueva ventana y entra en una de esas inteligencias artificiales que se han convertido en la respuesta para cualquier duda.
—¿Qué haces?
—Vamos a probar algo diferente.
Escribe una petición para que busque pintores que hayan trabajado bajo pseudónimos formados a partir de distintas combinaciones, variaciones o abreviaturas de los nombres Natalie y Quinn.
—¿Por qué supones que utilizó sus nombres? —pregunto.
—No lo supongo. Pero tenemos que empezar por algún sitio.
Pulsa Enter.
La respuesta tarda unos segundos y después comienza a desplegarse por la pantalla.
La cantidad de posibles artistas que identifica es extremadamente grande.
—Madre mía —balbuceo.
Aparecen muchos nombres de medio mundo. Connor abre algunos de los que parecen encajar mejor.
Una tal Natalia Quinn resulta ser una ilustradora británica que lleva décadas exponiendo en Londres.
La descartamos. Después encontramos a N.
Quinn, pero es un artista nacido en Hong Kong y su edad tampoco coincide.
Hay un Quinn Natalie vinculado a varias galerías europeas, una Natalie Q.
que trabaja con arte digital y otros tantos resultados que no conducen a ninguna parte.
Connor deja escapar el aire.
—Es como buscar una aguja en un pajar.
Continúa un poco más hasta que finalmente cierra la ventana.
—Por ahí no creo que lleguemos a ningún lado —dice girando la silla hacia mí—. ¿Te has fijado en los cuadros de la casa? Si Natalie era pintora, quizá conserve alguno de los suyos. Puede que estén firmados con el pseudónimo.
Entonces recuerdo el sótano.
—Espera… Hubo un día que bajé al sótano y vi varios cuadros.
—¿Suyos?
—No lo sé. Estaban apoyados contra una pared y cubiertos con sábanas. No los destapé. Ni siquiera pensé que pudieran ser de Natalie.
La expresión de Connor cambia.
—Eso es interesante.
Se levanta y camina hasta la ventana. La lluvia cae con fuerza sobre el jardín, formando una cortina gris que difumina los árboles más alejados. Connor observa el exterior durante unos segundos.
—Quizá deberíamos plantearnos volver a esa casa. Podríamos echar un vistazo. Si son suyos, probablemente estén firmados con el pseudónimo. Tendríamos algo concreto que buscar.
La idea me atrae. Así que no tardo en contestar.
—¿A qué estamos esperando?