17 #2
Sonrío. Eso me apetece bastante más que las palomitas. Demostraremos que son personas normales con quienes la enfermedad se ha cebado y podré volver a trabajar con ellos.
Me levanto enseguida, cojo la silla del rincón y la arrastro hasta colocarla junto a la suya. Connor se aparta un poco para dejarme espacio y, cuando me siento, nuestras piernas se rozan. Durante un instante tengo unas ganas terribles de inclinarme hacia él y besarlo.
Pero no lo hago, prefiero hacerme la dura.
Connor pulsa el botón del ordenador y el monitor se ilumina casi al instante. Aparece un coche rojo. Diría que es un Ferrari, pero no tengo ni idea de coches.
Sin perder un segundo, abre el navegador y sus dedos empiezan a moverse sobre el teclado.
Introduce el nombre de Luke Frost y pulsa enter.
—Veamos quién es de verdad el señor Frost.
Los primeros resultados no tienen nada que ver con el hombre que me ha contratado. Hay un jugador de baloncesto de la NCAA que se llama igual y es el primer resultado que aparece.
—Tendremos que hilar más fino. ¿Qué sabemos de él? —pregunta Connor.
Sigo mirando los resultados que han aparecido en la pantalla.
—No demasiado. Trabaja como asesor fiscal. O eso me dijo Natalie cuando todavía se podía hablar con ella con normalidad.
Connor escribe algo más.
—¿Y te contó algo más? Por ejemplo, una compañía, una ciudad, un cliente determinado…
Intento recordar las conversaciones de los primeros días, antes de que todo empezara a complicarse.
—Que es muy bueno. Creo que dijo algo así como que trabaja con gente que tiene muchísimo dinero. Grandes fortunas, empresas... No sé. No le presté demasiada atención.
—Eso ya es algo.
Añade «asesor fiscal» al nombre de Luke y lanza una nueva búsqueda.
Nada.
Después prueba añadiendo «grandes fortunas», «gestión de patrimonios», «contable» y varias combinaciones que no se me habrían ocurrido.
Los resultados cambian una y otra vez, pero ninguno parece conducir hasta nuestro Luke Frost. Hay varios hombres con el mismo nombre: un abogado de Ohio, un profesor universitario, un agente inmobiliario de California…
Connor abre algunos enlaces, descarta otros sin entrar siquiera y cambia de buscador.
—Es un fantasma —digo.
—Espera.
Abre otra página que no reconozco.
—¿Qué es eso?
—Otro buscador.
—Ya veo que es otro buscador. ¿Por qué utilizas ese?
—Porque no todos indexan exactamente lo mismo.
Lo observo mientras introduce comillas, signos y palabras que va añadiendo y eliminando según aparecen los resultados.
Busca el nombre junto a Nueva York, después Nueva Jersey, Southampton, Water Mill.
Prueba con registros profesionales, directorios antiguos, archivos de noticias.
Cada vez que encuentra un Luke Frost, comprueba algún dato y lo descarta.
—¿Cómo sabes tanto de todo esto?
Connor se encoge de hombros sin apartar la mirada de la pantalla.
—Me gusta la informática, supongo. No es nada especial.
—¿Debo asustarme?
Ahora sí me mira.
—Puedes volver a casa de los Frost si crees que estarás más segura allí.
—Qué gracioso.
Se ríe y sigue buscando.
Pasan más de veinte minutos y empezamos a asumir que no vamos a encontrar nada cuando Connor se detiene en un resultado perdido varias páginas más allá de los primeros.
El enlace lleva a un foro privado, aunque algunas conversaciones antiguas son visibles sin registrarse.
Por el encabezado entiendo que pertenece a los socios de un club de golf de Kentucky.
—¿Kentucky? —pregunto.
—¿Por qué te sorprende? Ya te dije que mi padre me comentó que venían de allí.
—Lo sé. Pero Natalie me aseguró que venían de Nueva Jersey.
Connor hace un gesto restándole importancia y vuelve a centrarse en la pantalla.
El hilo tiene varios años. El título es escueto: «¿Alguien conoce a Luke Frost?».
Me acerco un poco más.
El usuario que inició la conversación explica que le han recomendado a un asesor fiscal llamado Luke Frost y pregunta si alguno de los socios del club ha trabajado con él. Las primeras respuestas no ayudan demasiado.
«No me suena. ¿Trabaja en Kentucky?»
Otra aparece justo debajo.
«Nunca he oído ese nombre y llevo más de veinte años trabajando con asesores de patrimonio.»
—Prometedor —murmuro.
Connor continúa bajando.
El creador del hilo vuelve a intervenir.
Explica que ha conseguido su contacto a través de un amigo relacionado con el mundo de las finanzas.
Según cuenta, se lo han recomendado para rentabilizar y estructurar grandes patrimonios, aunque le han advertido de que trabaja solo, es muy caro y acepta muy pocos clientes.
—Eso sí encaja con lo que me contó Natalie —digo.
—Bastante.
Seguimos leyendo hasta encontrar una respuesta mucho más extensa.
Un usuario le explica que no encontrará una página web, publicidad ni reseñas en Google.
Le dice que hay profesionales especializados en grandes fortunas que trabajan únicamente por recomendación, con una cartera muy reducida de clientes y una discreción absoluta.
Según él, algunos asesores de ese nivel no se limitan a presentar impuestos: estudian conjuntamente la renta personal, sociedades, patrimonio, inversiones, inmuebles, holdings, herencias y donaciones, buscando la forma más eficiente de estructurarlo todo.
Cuenta que consiguen aumentar los rendimientos personales hasta un 25% y que eso no está al alcance de cualquiera.
Connor sigue bajando.
No hay mucho más.
Otro usuario pregunta meses más tarde si alguien finalmente contrató a Frost. Nadie responde. En el resto del hilo se repite lo mismo: nadie lo conoce, nadie ha trabajado con él y nadie puede aportar una referencia directa.
Connor regresa al buscador.
—Qué misterioso es Luke Frost.
—Quizá simplemente sea muy discreto.
—O alguien que no quiere que lo encuentren por algún motivo.
Empieza a buscar imágenes. Primero por el nombre, después añade profesión, localización y algunos términos que hemos encontrado en el foro. Aparecen docenas de rostros, pero ninguno corresponde al hombre con el que llevo viviendo unos días.
Connor continúa unos minutos más y finalmente exhala el aire de golpe y se echa hacia atrás en la silla.
—¿Tiene una foto suya en el perfil de WhatsApp?
Saco mi móvil del bolsillo y busco su contacto.
—No. Tiene un paisaje.
—¿Qué paisaje?
—Montañas, mira —digo, enseñándole la foto—. Ni siquiera sé dónde son.
Connor tamborilea con los dedos sobre la mesa.
—Es una pena.
—¿Por qué?
—Hay páginas que permiten hacer búsquedas por reconocimiento facial. Si tuviéramos una foto podríamos probar.
—Pues no tenemos ninguna.
—¿Nunca le has hecho una foto?
Lo miro.
—Connor, es mi jefe. No voy por la casa fotografiándolo a escondidas.
Fuera, la lluvia ha ido ganando fuerza sin que me diera cuenta. El agua golpea ahora los ventanales en ráfagas violentas y los árboles del jardín se agitan bajo el viento. La habitación se oscurece durante un instante.
Entonces un relámpago ilumina el cristal.
El trueno estalla casi al mismo tiempo.
Tan cerca y tan fuerte que doy un respingo y, por puro reflejo, me aferro al brazo de Connor.
Él baja la mirada hacia mi mano. Yo también. Sé que debería soltarlo, pero no lo hago.
Connor tampoco se mueve. Permanece a mi lado con una sonrisa que intenta contener y yo termino acariciándole distraídamente el brazo con el pulgar, una carantoña absurda que se prolonga un poco más de lo necesario.
—Solo ha sido un trueno, tranquila —dice separándose delicadamente de mí.
Continúa buscando durante varios minutos. Abre resultados, cambia términos, prueba con directorios profesionales y vuelve al foro de Kentucky para comprobar si alguno de los usuarios dejó alguna pista que se nos haya escapado. Nada.
Al final se deja caer contra el respaldo.
—Me rindo. Ese hombre no deja huella en ningún lado.
—Puede que esa sea precisamente la idea.
Cuando vuelvo a guardar mi teléfono en el bolsillo, noto que algo se arruga dentro.
Meto la mano y saco la fotografía que encontré en el ejemplar desgastado de Ojos de asesina que estaba en la habitación de Quinn.
Aquella en la que aparece Natalie junto a una mujer. La misma que está firmada por Quinn.
Se la enseño a Connor.
—Se me ha pasado enseñarte esto.
Connor aparta las manos del teclado.
—¿Qué?
Connor me la arrebata de las manos y la contempla durante unos segundos.
—Ella es… Es Natalie. ¿Verdad?
Asiento.
En la fotografía aparecen las dos mujeres en el jardín, juntas, sonrientes, con el granero al fondo. Natalie tiene un brazo alrededor de la cintura de la otra. Hay confianza entre ellas. Cariño. La clase de fotografía que uno conserva porque la persona que aparece a su lado significa algo.
—¿Y la otra? —pregunta Connor.
—No tengo ni idea. Dale la vuelta.
Connor lee la dedicatoria en voz alta.
—«Feliz cumpleaños, Natalie. Te estaré siempre agradecida por todo lo que has hecho por mí. Firmado: Quinn».
Asiente despacio, deja la fotografía sobre el escritorio y se toma unos segundos para pensar.
—Vale. Esto sí es raro.
—La encontré dentro de uno de los libros de la estantería de Quinn.
—De Natalie, querrás decir.
—No, cuando Natalie pierde el control y aparece Quinn, ella tiene una habitación para ella sola. Piensa que no reconoce a Luke como su marido.
Connor frunce el ceño.
—Me vas a volver loco.
—Sé que es enrevesado, lo siento —me disculpo.
Connor vuelve a coger la fotografía y la alza.
—El problema es la dedicatoria. Si Quinn es una personalidad alternativa que toma el control de Natalie, ¿cómo demonios puede escribirle una felicitación de cumpleaños a Natalie?
Se supone que jamás han tenido la oportunidad de conocerse, porque o bien está Natalie o está Quinn, pero nunca las dos al mismo tiempo.
Connor contempla de nuevo la imagen.
—¿Te has planteado que esa mujer sea Quinn? —pregunta.
Lo miro.
—¿Qué?
Señala a la mujer que está junto a Natalie dándole un par de toques con el dedo.
—Ella. ¿Y si se llama Quinn?
—Entonces no entiendo nada.