17
No tengo mucho que recoger. Comienzo a hacer la maleta y diez minutos después salgo de la casa con Connor.
Ha empezado a llover y las primeras gotas, gruesas y espaciadas, me golpean la cara mientras recorremos deprisa el camino hasta el Lexus.
Para cuando cierro la puerta del copiloto, la lluvia ya repiquetea con fuerza contra el parabrisas.
Connor arranca y yo vuelvo la cabeza hacia la casa.
No quiero llorar. Sería ridículo hacerlo por un lugar en el que llevo tan poco tiempo, pero tengo que tragar saliva para contener las lágrimas mientras veo alejarse el porche, las ventanas del piso superior y ese jardín en el que había idealizado leer libros durante el invierno.
Me había imaginado los árboles cubiertos de nieve, las mañanas frías junto a aquellas enormes ventanas, la chimenea encendida mientras fuera anochecía a las cinco.
Una vida que no es la mía y que probablemente nunca lo será.
Tal vez por eso me fastidia tanto marcharme.
La casa de los Frost era mi oportunidad de asomarme durante unos meses a un mundo que siempre he contemplado desde fuera.
Casas enormes, jardines que necesitan empleados para mantenerse, coches caros.
Siempre he criticado esa vida, me digo, aunque quizá la verdad sea que lo hice porque no podía tenerla.
Y además está Connor.
Tengo que reconocerlo. Este chico me gusta de verdad. Hacía tiempo que no me colgaba de alguien así de rápido, como si fuera una niña que sueña con ser una princesa y encontrar su príncipe.
Lo miro de reojo. Conduce concentrado, con las dos manos sobre el volante y la vista fija en la carretera. Me duele que haya sido precisamente él quien me haya empujado a abandonar el trabajo, aunque sé que lo ha hecho porque cree que estoy en peligro.
Aun así, una parte de mí continúa pensando en pedirle que dé la vuelta.
Quizá estamos exagerando. Quizá Vincent Bellacorte se equivocó de propiedad y preguntó por un tal Raymond pensando que lo encontraría allí. Ni Luke ni Natalie parecen tener nada que ver con la mafia de Nueva Jersey.
Vale. Según Natalie antes vivían allí, según el senador Carcetti vienen de Kentucky. La realidad es que puede haber más de cien explicaciones que no impliquen que yo vaya a ser ajusticiada por un gángster de estilo atemporal.
¿Por qué hemos sido tan dramáticos?
—¿No crees que nos estamos precipitando? Podríamos volver —suelto.
Connor gira la cabeza un instante.
—No.
Me cruzo de brazos y miro por la ventanilla.
Para él es muy fácil. Connor Carcetti no necesita trabajar, pero yo no tengo esa opción. Necesitaba el sueldo de los Frost. Necesitaba pasar estos meses aquí, ahorrar todo lo posible y así plantearme cómo reconstruir mi vida.
¿Y ahora qué pasará?
Tendré que volver a Queens por mucho que la idea me produzca un rechazo inmediato.
No quiero volver. Quiero quedarme aquí y estar con él.
El trayecto hasta su casa es corto. Abandonamos la carretera y Connor gira hacia una entrada flanqueada por dos pilares de piedra.
Más allá comienza un camino privado que atraviesa una extensión de césped tan grande que durante unos segundos no consigo ver la casa.
Varias banderas de Estados Unidos están clavadas junto al acceso, empapadas por la lluvia, agitándose con violencia bajo un cielo que se ha vuelto negruzco.
La residencia de los Carcetti resulta ser una enorme construcción de piedra gris combinada con madera oscura y grandes superficies acristaladas.
Tiene dos plantas, aunque algunas partes se elevan en una tercera.
El camino se ensancha frente a la entrada principal formando un círculo alrededor de una fuente de piedra.
Hay varios coches estacionados junto a uno de los laterales y, a pesar de la lluvia, un jardinero protegido por un impermeable amarillo maneja unas enormes tijeras frente a un seto perfectamente rectangular.
Connor aparca cerca de la entrada y salimos corriendo. La lluvia ya cae con tanta fuerza que los pocos metros hasta el porche bastan para que se me moje el pelo. Connor abre la puerta sin llamar y entro detrás de él mientras me sacudo las gotas de la camiseta.
El vestíbulo podría pertenecer a un hotel.
El suelo es de mármol claro y frente a nosotros arranca una escalera ancha que se divide en dos a mitad de altura.
Sobre nuestras cabezas cuelga una lámpara formada por decenas de piezas de cristal a diferentes alturas.
Hay cuadros enormes en las paredes, fotografías familiares en marcos de plata sobre una consola y, al fondo, a través de unos ventanales que ocupan casi toda la pared, distingo otra parte del jardín y lo que parece una piscina cubierta por una lona.
—Buenos días, señorito Connor.
La voz procede de nuestra izquierda.
Una mujer de unos cuarenta años se acerca desde uno de los pasillos. Es latina, de cabello oscuro recogido en una coleta. Viste pantalones negros y una camisa blanca. Su expresión se ilumina al verlo.
Me hace gracia cómo se ha dirigido a él: «señorito Connor».
Me ha recordado a Geoffrey llamando «señorito William» a Will en El príncipe de Bel-Air .
Connor me mira con cara de saber perfectamente lo que estoy pensando.
—Hola, Lucinda.
—¿Quién es su amiga, señorito Connor?
Esta vez no puedo evitar sonreír.
—Ella es Avery —dice, señalándome con la mano.
—Encantada.
—Igualmente —responde ella con una sonrisa cálida—. Están empapados. Voy a buscar unas toallas.
—No hace falta, Lucinda. Vamos arriba.
La mujer me mira un instante y después vuelve los ojos hacia Connor. Hay algo maternal en su manera de observarlo que me hace pensar que lleva muchos años trabajando para la familia.
—¿Les preparo algo de comer?
—No, gracias.
Parece poco convencida, pero finalmente asiente.
—Como quiera, señorito Connor.
Lo sigo hacia la escalera intentando disimular la sonrisa.
Subimos mientras echo un vistazo alrededor.
En las paredes hay fotografías de Connor en distintas edades, muchas de ellas relacionadas con el atletismo: cruzando una meta, sosteniendo trofeos, posando con otros corredores.
También hay fotografías de su padre estrechando manos, dando discursos y rodeado de gente trajeada.
Entre ellas aparecen cuadros de paisajes, esculturas de bronce y vitrinas con objetos que parecen demasiado valiosos para estar expuestos en una casa donde cualquiera podría golpearlos con el codo.
El piso superior se abre a un corredor ancho cubierto por una alfombra clara.
Pasamos junto a varias puertas cerradas y una pequeña zona de estar con dos sillones, una estantería llena de libros y otro enorme ventanal desde el que se ve la propiedad.
Incluso bajo la lluvia, el jardín parece no terminar nunca.
Connor sigue caminando.
—Mi habitación está al fondo —dice.
Voy detrás de él, todavía mirando todo cuanto me rodea.
Definitivamente, Connor Carcetti y yo hemos crecido en planetas diferentes.
Al llegar, abre la última puerta del pasillo y se aparta para dejarme pasar.
Su habitación tiene aproximadamente el mismo tamaño que el salón de casa de mis padres. Sin exagerar.
Hay una cama enorme junto a una de las paredes, un sofá de dos plazas frente a un televisor que descansa sobre un mueble bajo y una zona de escritorio junto a los ventanales, desde donde se ve buena parte del jardín trasero.
Todo está bastante ordenado. Hay libros apilados sobre una mesita, unas zapatillas de correr junto a la puerta y varias medallas colgadas de un soporte de madera.
En una estantería descubro una colección de coches a escala, todos perfectamente alineados.
Junto a ellos hay algunas fotografías y un par de trofeos.
En la esquina opuesta descansa una guitarra acústica sobre un soporte.
Connor cierra la puerta.
—¿Tocas la guitarra? —pregunto.
Mira hacia donde estoy mirando.
—Qué va. Fue un regalo de mi padre. Intenté aprender, pero soy un negado. La dejé ahí porque creo que queda bien en la habitación.
Me río, aunque la sonrisa se me borra cuando vuelvo a pensar en el motivo por el que estoy aquí.
Connor se sienta en la silla del escritorio y yo me acomodo en el borde de la cama. Durante unos segundos observo la lluvia resbalar por los cristales. Desde aquí arriba parece todavía más intensa.
—No quiero irme, Connor.
Él me mira.
—Lo sé.
—No, no creo que lo sepas.
—Sí que lo sé. Y yo tampoco quiero que te vayas.
Eso me obliga a levantar la vista.
—Pero no creo que sea seguro que estés allí. Al menos hoy —añade—. Has dicho que los Frost van a pasar todo el día fuera, ¿no?
Asiento.
—Pues con más razón —continúa—. Dejemos que Mike investigue un poco. Puede que nos diga algo pronto, que todo esto sea un malentendido y que ese tipo no tenga absolutamente nada que ver con los Frost. Si es así, esta noche podrías volver.
La posibilidad me alivia tanto que se me escapa un suspiro. Hasta ahora había dado por hecho que Connor pretendía meterme en un autobús de regreso a Queens en cuanto tuviera ocasión, pero no está diciendo eso. Solo quiere que pase unas horas lejos de la casa.
Me parece bien.
—Gracias —le digo.
—¿Por qué?
—Por preocuparte por mí. Y por traerme aquí. Si hoy me hubiera quedado sola en esa casa habría sido horrible.
Connor sonríe.
—Supongo que tuviste suerte de coincidir conmigo en aquel autobús.
Le lanzo uno de los cojines de la cama. Connor lo atrapa antes de que le golpee en la cara y lo deja sobre el escritorio.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer todo el día?
Connor se reclina en la silla y parece pensarlo durante unos segundos.
—Tenemos muchas maneras de entretenernos. Podemos hacer palomitas y ver una película. Podemos coger el coche e ir al centro comercial. Podemos...
Hace una pausa.
—¿Podemos qué?
Se incorpora de nuevo, acerca la silla al escritorio y señala otra que descansa en un rincón.
—Podemos utilizar mi ordenador e investigar un poco por nuestra cuenta a la familia Frost.