16
La cara de Connor después de contarle todo es un poema.
—Vas a pensar que estoy loca —le digo mientras me levanto de la mesa de la cocina y abro la nevera. Necesito agua fría. No sé si bebérmela o echármela por encima.
Opto por lo primero mientras espero alguna reacción por su parte, pero Connor no dice nada.
Sigue sentado, con los antebrazos apoyados sobre la mesa, aparentemente absorto.
Quizá esté pensando, ordenando todo lo que acabo de contarle, solo que, cuanto más tarda en hablar, más aumenta la probabilidad de que se levante y salga huyendo.
—Entonces... ayer por la mañana viste el mismo coche. El Cadillac negro que apareció cuando tú y yo... —recapitula, por fin.
—Sí, el del 92.
Connor levanta la vista y sonríe.
—Buena memoria.
Estaba prestando atención. A todo lo que decía, a sus manos sobre el volante, a sus labios y, sobre todo, a lo que ocurrió unos segundos antes de que aquellas luces aparecieran detrás de nosotros. Pero no es necesario alardear de ello.
Connor pierde la sonrisa y hace un gesto de incertidumbre.
—Lo de la pistola no es tan raro. La gente con dinero suele tener armas en casa por si alguna vez entran a robarles.
—¿Tu padre tiene?
—Sí. Muchas, de hecho. Le gustan las armas.
Asiento y dejo la botella sobre la encimera.
—Supongo que no es tan raro. No sé... La verdad es que desde el principio tengo una sensación extraña con esta familia. No termino de estar tranquila.
Connor me observa unos segundos.
—Creo que deberías irte. Volver a Queens.
Eso no es lo que quería oír.
No sé por qué me decepciona tanto escucharlo. Quizá porque esperaba que dijera justo lo contrario. Que me quedara, que no exagero, que él puede ayudarme.
Lo que sea menos que vuelva a Queens.
No contesto.
Debo de ser bastante transparente porque Connor capta algo en mi expresión. Se levanta de la silla, cruza la cocina y se detiene frente a mí. Antes de que pueda decir nada, me toma suavemente por la cintura y me besa.
Es un beso corto y tranquilo, muy distinto al de anoche, pero consigue aliviar esa punzada de decepción que me había dejado su propuesta.
Cuando se separa, mantengo los ojos en los suyos.
—No quiero irme, Connor. Necesito el dinero.
Él asiente. No intenta convencerme de lo contrario.
—Entonces conviene asegurarse de que no corres peligro aquí, y tengo una idea de cómo podemos lograrlo. ¿Tienes un ordenador?
Escondo mi curiosidad por lo que planea.
—Sí. Es viejo, pero funciona.
—Tráelo. Si encontramos algo útil contactaré con un amigo que quizá pueda echarnos una mano.
No sé muy bien de qué va todo esto, pero hago lo que me pide.
Salgo de la cocina y subo las escaleras, todavía preguntándome qué pretende hacer Connor y qué clase de amigo necesita para ello.
Al llegar al piso de arriba, mi mirada se desvía de forma involuntaria hacia la habitación donde duerme Quinn cuando toma el control.
Entonces recuerdo la fotografía que encontré en la que aparecía Natalie con otra mujer, la dedicatoria escrita detrás dirigida a la propia Natalie y esa pregunta que desde entonces no ha dejado de perseguirme.
«Firmado: Quinn».
Un escalofrío me recorre la espalda.
Aparto la mirada y continúo hasta mi habitación.
Abro la maleta y saco mi viejo portátil, el mismo que utilizaba para estudiar la carrera.
Me costó doscientos dólares en una tienda de segunda mano hace unos años y tiene varios arañazos en la carcasa, una tecla que amenaza con desprenderse cada vez que la pulso y una batería que ya no aguanta demasiado sin estar enchufada.
Pero funciona.
En cuanto regreso a la cocina encuentro a Connor ensimismado con su teléfono. Alza la cabeza al verme y se hace a un lado en el banco, dejándome espacio para sentarme junto a él. Coloco la funda sobre la mesa y saco el portátil.
—No te rías.
Connor sonríe y me lo quita de las manos. Levanta la pantalla y pulsa el botón de encendido. No ocurre nada. Vuelve a intentarlo, esta vez manteniéndolo presionado durante unos segundos, con idéntico resultado.
—Hace mucho que no lo uso —me justifico.
—Ya veo.
Le doy un pequeño golpe en el brazo y Connor vuelve a sonreír.
Saca el cargador de la funda, busca un enchufe bajo la encimera y conecta el portátil.
Esta vez aparece una luz en uno de los laterales y, después de unos segundos, la pantalla cobra vida.
Connor lo prepara todo en silencio mientras yo lo observo, cada vez más intrigada.
—¿Sabes si hay wifi en esta casa?
—Ni idea. Creo que no.
—Da igual. Lo conectaré al internet de mi teléfono.
Deja el móvil sobre la mesa y empieza a tocar la pantalla.
—¿Qué es lo que vas a hacer? —le pregunto.
Connor tarda unos segundos en responder.
—Estuve revisando las imágenes de las cámaras de seguridad de mi casa.
—¿Por el Cadillac?
—Sí. Hace aproximadamente un año mi padre recibió una amenaza de muerte.
Lo miro sorprendida.
—¿En serio?
—No es tan dramático como suena. Bueno, supongo que sí lo es, pero mi padre dice que son daños colaterales del cargo.
Cuando te dedicas a la política nunca tomas una decisión que contente a todo el mundo y siempre hay algún miserable dispuesto a llevar su enfado demasiado lejos.
La mayoría de las amenazas no pasan de una carta, un correo electrónico o una llamada.
Esta parecía algo más seria y reforzaron la seguridad durante un tiempo.
Pienso en el senador Carcetti, en su enorme propiedad al otro lado del bosque y en los cepos, supuestamente destinados a los zorros, que Connor me enseñó. De pronto algunas palabras adquieren un significado diferente.
—¿Y las cámaras grabaron el coche?
—Sí. Tenemos un sistema de seguridad que guarda las grabaciones y puedo acceder a él. Cuando te dejé aquí por la noche, volví a casa y revisé lo que habían captado las cámaras. El Cadillac había pasado por delante de nuestra propiedad interrumpiendo un beso precioso, por cierto.
El comentario me coge desprevenida y me sonrojo.
—¿Y no me dijiste nada? —pregunto cambiando de tema.
Connor aparta un instante la mirada.
—Todavía no sabía si tenía algo que ver contigo. Quería averiguar la matrícula. —Hace una pausa—. La verdad es que me preocupaba que ese coche estuviera allí por mi padre.
Me quedo mirándolo.
Ni siquiera se me había ocurrido.
Desde que vi al hombre del sombrero frente a esta casa he dado por sentado que el peligro, si realmente existe, está relacionado con Luke, Natalie o Raymond.
Con esta casa. Y, de alguna manera bastante egoísta, también conmigo porque fui yo quien le abrió la puerta y quien escuchó su mensaje.
Pero el Cadillac apareció anoche muy cerca de la propiedad de los Carcetti.
El padre de Connor es senador. Ha recibido amenazas de muerte.
Quizá aquel hombre no estuviera siguiéndome a mí ni vigilando esta casa.
Quizá yo solo haya tenido la mala suerte de cruzarme en mitad de algo que no tiene nada que ver conmigo.
—Dios, Connor. No había pensado en eso.
—Yo sí. Por eso revisé las grabaciones. Por desgracia era de noche y la luz del portamatrículas estaba apagada. En las imágenes se distingue el coche bastante bien, pero no hay suficiente iluminación para leer la placa.
—¿Crees que es una casualidad o que el hombre del sombrero apagó esa luz a propósito?
—Sin ninguna duda es deliberado.
La seguridad con la que responde me hace fruncir el ceño.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque puedes conducir con una luz fundida durante días sin darte cuenta, claro, pero teniendo en cuenta el contexto... —Se encoge de hombros—. Yo no apostaría por una avería. En cualquier caso, después de lo que me has contado, tenemos otra oportunidad.
—¿Qué quieres decir?
Connor gira el portátil un poco hacia mí.
—Que ayer por la mañana ese hombre vino hasta esta casa a plena luz del día. Y para llegar aquí tuvo que circular necesariamente por una carretera en la que la empresa de seguridad instaló una cámara.
Se inclina sobre el teclado. Hace un par de clics, entra en una página web y escribe un usuario y una contraseña con tanta rapidez que me cuesta procesar lo que está sucediendo.
Unos segundos después aparece una interfaz oscura dividida en pequeñas ventanas.
Cuento unas veinte miniaturas con imágenes de diferentes zonas de la propiedad: la entrada principal, los laterales de la casa, el garaje, el jardín, parte del bosque y varios tramos del camino de acceso.
—¿Todas esas cámaras son vuestras?
Connor me mira de reojo.
—Nuestra casa es muy grande...
—Lo que me contaste de los cepos para los zorros... ¿era verdad o están allí con otro propósito?
Connor deja de mover el ratón.
—Es verdad que hay zorros. —Una sonrisa muy leve aparece en la comisura de sus labios—. Pero no puedo mentirte. A mi padre tampoco le importaría demasiado que uno de esos cepos acabara clavado en la tibia de la persona que lo amenazó de muerte.
Lo miro durante un par de segundos. Luego vuelve a concentrarse en la pantalla.
—¿Recuerdas a qué hora viste al hombre del sombrero? —me pregunta.
Tengo que pensarlo un momento.
—Sobre las diez. Quizá un poco antes. Luke se había marchado un par de horas antes.
Connor asiente y mueve el ratón hasta una de las miniaturas.
Al hacer doble clic, la imagen ocupa toda la pantalla.
La cámara está colocada en alto y muestra un tramo de la carretera que discurre entre las dos propiedades.
Desde esa perspectiva se ve el asfalto flanqueado por árboles y parte de la entrada a la finca de los Carcetti.
Es una carretera estrecha y solitaria, sin aceras ni comercios, uno de esos lugares por los que nadie parece tener motivos para pasar a menos que viva allí o vaya a visitar a alguien.
Connor selecciona la grabación de ayer y retrocede hasta primera hora de la mañana. Aumenta la velocidad de reproducción. Durante varios minutos no ocurre absolutamente nada hasta que un vehículo aparece en uno de los extremos de la imagen.
—Ese es el Mercedes de Luke —advierto.
Connor asiente y continúa concentrado en la pantalla.
El Mercedes desaparece de la imagen y la carretera vuelve a quedar vacía. La imagen continúa avanzando. Las sombras de los árboles se desplazan lentamente sobre el asfalto mientras el contador de la esquina inferior aumenta a toda velocidad. Nueve y cuarto. Nueve y media. Nueve cuarenta y siete.
Entonces Connor detecta algo y detiene la grabación.
Un coche acaba de entrar en el encuadre.
—Es él —digo, acercándome a la pantalla.
No necesito verlo más de un segundo. El Cadillac negro avanza por la carretera en dirección a la casa de los Frost. Connor retrocede unos segundos, reproduce el fragmento a velocidad normal y vuelve a detenerlo justo cuando el vehículo pasa por la zona más próxima a la cámara.
Amplía la imagen, ajusta el encuadre y se centra en la parte trasera.
Esta vez no hay oscuridad que pueda esconderla.
—Ahora ya tenemos una matrícula —anuncia.
En la pantalla se distingue perfectamente la placa de Nueva Jersey.
Miro el coche. Me invade una sensación enorme de agradecimiento. Me sorprende que Connor no solo me haya creído, sino que, además, esté dispuesto a ayudarme.
Sin detenerse un segundo más, saca el teléfono.
—¿A quién llamas? —le pregunto.
—Alguna ventaja tiene que tener que tu padre sea senador y haya un equipo de seguridad detrás de él.
Busca entre sus contactos y pulsa uno. Se lleva el teléfono al oído. Al cabo de unos segundos alguien descuelga al otro lado.
—Mike, soy Connor.
Hay una pausa.
—Bien, bien. ¿Y tú? ¿Cómo está Rachel?
Otra pausa. Connor sonríe y se reclina un poco en el banco.
—Me alegro. Sí, todo bien por aquí... No, todavía no. Supongo que la semana que viene.
Lo observo mientras intercambia un par de frases más que no tienen absolutamente nada que ver con lo que estamos haciendo y que me desesperan un poco para ser sincera. No sé quién es Mike, pero Connor parece conocerlo bien. Finalmente deja de sonreír y mira la matrícula congelada en la pantalla.
—Oye, en realidad te llamaba porque estoy un poco preocupado. He visto un coche sospechoso acercarse a casa un par de veces y quería saber si podías revisarlo.
Silencio.
—Sí, tengo la matrícula.
Connor se inclina hacia el portátil.
—Nueva Jersey, KTR-42E. —Lee las letras y los números de la placa despacio, asegurándose de no equivocarse.
Espera, esta vez un poco más.
—Ajá.
Otra pausa. Esto me está poniendo de los nervios.
—¿Vincent Bellacorte?
El nombre me provoca una reacción inmediata.
Vincent.
Connor gira la cabeza hacia mí. Por mi expresión debe de comprender que ese nombre significa algo.
—Espera un segundo, Mike.
Aparta el teléfono de la boca.
—¿Qué pasa?
—Ese hombre me dijo que se llamaba Vincent.
Connor asiente y vuelve a llevarse el teléfono al oído.
—Sí, sigo aquí. ¿Quién es ese tipo?
Connor deja de moverse y le cambia la cara con la respuesta de su amigo.
—¿Es una broma?
Su expresión cambia poco a poco. La curiosidad con la que había iniciado la llamada desaparece y su espalda se endereza. Me acerco un poco más, intentando escuchar la voz al otro lado, pero solo percibo un murmullo imposible de entender.
—¿Y eso cuándo fue?
Pausa.
—¿Estás seguro?
Otra pausa, todavía más larga.
Connor se levanta y comienza a caminar lentamente por la cocina con el teléfono pegado al oído.
—Sí... No, ayer por la mañana. Sobre las diez. Lo vimos pasar por una de las cámaras en dirección a la última propiedad del barrio.
Escucha.
Connor responde a varias preguntas más. A qué hora llegó el Cadillac, cuánto tiempo permaneció allí, dónde lo vimos anoche, en qué dirección circulaba…
Cuando termina, le da las gracias a su amigo y cuelga. Después deja el móvil sobre la mesa.
No dice nada.
—¿Vas a decirme qué te ha contado?
Connor levanta la vista.
—Mike es policía estatal. Trabaja en la zona y es uno de los enlaces que tenemos con el equipo que se ocupa de la seguridad de mi padre cuando está aquí. Lo conozco desde hace años.
—¿Y qué ha encontrado?
—El Cadillac está a nombre de un hombre que se llama Vincent Bellacorte.
—Eso ya lo he oído.
—Lo que no has oído es quién es Vincent Bellacorte.
La forma en que lo dice consigue que me ponga todavía más nerviosa. Connor se inclina hacia delante y apoya los brazos sobre la mesa.
—Tiene múltiples antecedentes. Agresiones, extorsión, posesión ilegal de armas... Mike dice que su nombre aparece vinculado desde hace años al clan de los Scaletta, en Nueva Jersey.
Lo miro sin comprender del todo.
—¿A la mafia?
—Sí.
—¿Me estás diciendo que ayer tuve a un mafioso en esa puerta?
—Esto es más serio de lo que parecía, Avery. Has hecho bien contándomelo.
—Pero no lo entiendo. ¿Qué tiene que ver alguien así con los Frost?
Connor niega con la cabeza y se levanta.
—No lo sé, Avery. Pero sí sé que nos vamos a mi casa ahora mismo. Recoge tus cosas. Aquí no estamos seguros.