La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 15
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Desde que he encontrado la pistola, estoy demasiado nerviosa para quedarme quieta.

La casa, que hasta hace un rato me parecía silenciosa, ha empezado a llenarse de pequeños ruidos que me ponen los pelos de punta: el crujido de la madera en el piso de arriba, un golpe seco en alguna parte, el zumbido de una tubería que se detiene de repente.

Sé que son sonidos normales en una casa de este tamaño.

Lo sé. Pero saberlo no impide que levante la cabeza cada vez que escucho uno.

Estoy deseando que Connor termine de entrenar.

Le he enviado varios mensajes, pero todavía no los ha leído. Miro la pantalla del teléfono por quinta vez en menos de dos minutos y vuelvo a dejarlo sobre la mesa, boca arriba, con el volumen al máximo.

¿Por qué tiene Luke Frost una pistola?

Y hay algo que me preocupa todavía más: ¿por qué no está en su funda?

Si la funda está ahí y el arma no, ¿dónde demonios está?

¿La lleva encima? ¿La guarda en la guantera del Mercedes, como los mafiosos de las películas?

Intento decirme que existen mil explicaciones razonables.

Estamos en Estados Unidos. Hay gente que tiene armas en casa.

Mucha gente. Eso no convierte a Luke en un criminal.

Me pregunto cuántos secretos más guarda la familia Frost. Porque, desde luego, esta no es una familia normal.

Una mujer con dos personalidades, una fotografía imposible firmada por Quinn y dedicada a Natalie, un hombre con sombrero que aparece preguntando por alguien llamado Ray y ahora una pistola que debería estar en su funda y no está.

No he vuelto a tocar los cajones. Ni pienso hacerlo.

Estoy convencida de que, si sigo buscando, encontraré algo más, y ahora mismo ya tengo suficiente para que mi imaginación se empeñe en convertir cualquier ruido de esta casa en una amenaza.

Cuando el teléfono suena, se me encoge el corazón. Lo agarro tan deprisa que casi se me cae de las manos.

Es Connor.

Ha leído mis mensajes y acaba de responder.

«Voy para allá. He venido en coche. Tardo diez minutos».

Miro la hora. Voy a contar hasta los segundos.

Mi cabeza funciona a toda velocidad y sigue pensando en la pistola. ¿Se habrá deshecho de ella? ¿Por qué iba alguien a deshacerse de un arma si no tuviera un motivo de peso? ¿Tendrá esto algo que ver con el hombre del sombrero?

En cuanto llegue Connor se lo preguntaré.

Quizá él esté más acostumbrado a esta clase de gente, a las familias adineradas de los Hamptons, a casas enormes rodeadas de jardines y a padres que se codean con senadores, empresarios y quién sabe quién más.

Puede que me diga que es perfectamente normal todo lo que estoy viviendo y que esté sacando las cosas de contexto.

Lo cierto es que yo vengo de una casa en la que nunca hubo dobles personalidades, ni se recibían visitantes con pinta de gángster, ni había armas.

Mis padres las detestaban. Siempre decían que deberían estar prohibidas y que, si fuera más difícil conseguir una, también sería más difícil pegarle un tiro a alguien durante una discusión, un robo o un simple arrebato.

En eso tienen toda la razón. Es bastante más complicado disparar cuando no tienes con qué hacerlo.

Estoy terminando de morder la última uña que me queda cuando escucho un vehículo acercarse.

Por favor, que sea Connor.

Me apresuro hacia la ventana y aparto ligeramente la cortina. El coche reduce la velocidad antes de detenerse frente al jardín de los Frost y, cuando reconozco el Lexus del senador Carcetti, suelto de golpe el aire que llevaba conteniendo.

Salgo de la habitación y bajo las escaleras corriendo. Voy demasiado deprisa y en el penúltimo peldaño piso mal, pierdo el equilibrio y tengo que agarrarme a la barandilla para no terminar de bruces contra el suelo.

—Mierda.

Ni siquiera me detengo. Cruzo el vestíbulo y abro la puerta justo cuando Connor se acerca por el camino. Lo veo levantar una mano para saludarme, con esa sonrisa suya empezando a aparecer, pero no le doy tiempo a decir nada.

Tampoco espero a que entre en la casa.

Salgo al porche, recorro los últimos pasos que nos separan y me lanzo contra él. Le rodeo el cuerpo con los brazos y apoyo la cara contra su pecho.

Connor tarda un segundo en reaccionar.

—Vaya... —murmura mientras sus brazos terminan cerrándose alrededor de mí—. Yo también me alegro de verte.