La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 14
40%

14

Hoy ha sido más fácil dormir.

Anoche cené algo rápido yo sola. Encontré en la nevera de los Frost una bandeja de macarrones con queso que solo necesitaba tres minutos de microondas y me la comí sentada en la cocina, mirando el móvil y preguntándome cuánto tiempo puede sobrevivir una persona a base de comida precocinada antes de empezar a odiarla.

La nevera está llena de ella: lasañas, sopas envasadas, platos de pasta, ensaladas preparadas y sándwiches.

Creí que jamás diría esto, pero comienzo a echar de menos las comidas que hace mi madre.

Quinn no es como Natalie. Durante los días que lleva al mando del cuerpo de ambas todavía no la he visto cocinar una sola vez. Natalie, en cambio, parecía disfrutar haciéndolo. Otra diferencia más entre dos mujeres tan similares y opuestas al mismo tiempo.

Anoche, Luke y Quinn estuvieron hablando durante un rato en la habitación.

Desde abajo podía oír el rumor de sus voces, pero hablaban tan bajo que era imposible distinguir una sola palabra.

No intenté acercarme para escuchar. Bueno, puede que durante unos segundos se me pasara por la cabeza, pero conseguí contener mi curiosidad y me quedé en la cocina terminando aquellos macarrones bastante mediocres.

Me resulta enternecedora la paciencia que Luke tiene con su mujer.

Ayer volvió a casa después de un día largo y agotador de trabajo y, aun así, encontró fuerzas para sentarse con ella e intentar tranquilizarla.

No sé cuánto tiempo estuvieron hablando, pero fue bastante.

Cualquier otro hombre se habría desentendido hace años, la habría ingresado en un psiquiátrico y hubiera continuado con su vida.

Luke no. Sigue aquí, cuidándola y soportando una situación que debe de haber convertido su matrimonio en algo completamente distinto a lo que imaginó cuando se casaron.

Es un hombre joven, después de todo. Nunca le he preguntado cuántos años tiene exactamente, aunque calculo que no debe de llegar a los cuarenta.

Tampoco le he preguntado si Natalie y él quisieron tener hijos alguna vez.

Tal vez sí. Tal vez hubo un momento en que imaginaron una casa enorme como esta llena de niños corriendo por los pasillos, y la enfermedad de Natalie acabó también con esos planes.

Es triste.

Hasta que empezó a vencerme el sueño estuve hablando con Connor. Me dijo que hoy iría a entrenar temprano para terminar cuanto antes. Los Frost tienen previsto marcharse a dar un paseo por Montauk y, en cuanto se hayan ido, Connor vendrá a verme.

Si el hombre del sombrero vuelve, al menos no estaré sola.

También estuve buscando información sobre lo que dijo, sobre un hombre llamado Raymond.

No tenía demasiado con lo que empezar: un nombre, una casa y las palabras de un desconocido que había aparecido en la puerta asegurando ser un viejo amigo suyo.

Probé distintas búsquedas relacionando el nombre de Raymond con Water Mill y encontré a varias personas que viven por la zona.

Demasiadas, en realidad. Ninguna parecía tener una relación evidente con esta casa ni había nada que me permitiera saber a cuál de ellas se refería Vincent, el hombre del sombrero.

Después intenté otra cosa. Busqué el nombre de Raymond junto al de The Red Comets y William McNulty, el cantante del grupo y antiguo propietario de esta casa.

Tampoco conseguí nada. Revisé artículos antiguos, referencias al grupo y páginas dedicadas a músicos de aquella época, pero ningún Raymond parecía encajar en la historia.

Al final terminé cerrando el navegador con más preguntas que antes de abrirlo.

Me desperezo, agarro mi teléfono y miro la hora.

Son las siete y media y tengo un mensaje de Connor recibido hace un cuarto de hora.

«Salto a la pista. Nos vemos dentro de poco».

Eso consigue infundirme la energía suficiente para apartar las sábanas, levantarme y empezar a vestirme. Me doy una ducha rápida, me pongo unos vaqueros y una camiseta y bajo dispuesta a desayunar algo.

Cuando entro en la cocina descubro que el matrimonio Frost se me ha adelantado.

Los dos están vestidos de manera muy elegante.

Ella lleva un vestido negro con estampado de flores y Luke un pantalón de pinzas con una camisa de seda blanca de Ralph Lauren.

Desayunan en silencio. Luke levanta la mirada al verme y me dedica un saludo algo tímido.

Después miro a Natalie y entiendo enseguida que Natalie todavía no ha vuelto.

Quinn permanece sentada frente a la mesa con los brazos cruzados y la mirada perdida en la mesa blanca.

Tiene el rostro serio y la mandíbula tensa.

Ni siquiera parece haberse percatado de mi presencia.

—Buenos días.

—Buenos días —responde Luke.

Se levanta de la silla.

—Nosotros ya nos íbamos, Avery, como te comenté.

Quinn reacciona de inmediato. Se pone en pie y se aferra a su brazo, cabizbaja, pegándose a él. Luke la mira un instante antes de volver a centrarse en mí.

—De acuerdo. Quizá salga a dar un paseo yo también. ¿Tienes idea de cuándo volveréis?

Procuro que la pregunta suene despreocupada. No creo que se haya notado demasiado que lo único que quiero saber es cuánto tiempo tengo para asegurarme de que Connor entre y salga de esta casa sin cruzarse con ellos.

—No.

Espero algo más. Una hora aproximada, un «a mediodía», un «por la tarde». Algo…

Pero Luke no añade una sola palabra. Se despide, recoge el maletín que tiene apoyado junto a la puerta de entrada y sale acompañado de Quinn. Desde la cocina los escucho cruzar el porche y cerrar la puerta.

Me quedo quieta.

Unos segundos después arranca el coche. El sonido del motor se va debilitando hasta desaparecer por completo.

Entonces vuelvo a mirar mi teléfono.

Escribo otro mensaje.

«Puedes venir cuando quieras».

Lo envío y dejo el teléfono sobre la mesa mientras preparo el desayuno.

Me sirvo un café y tuesto un par de rebanadas de pan, pero estoy demasiado inquieta para disfrutarlas.

Cada dos o tres bocados levanto la vista hacia la ventana de la cocina y miro el jardín.

Después hacia los árboles. Luego otra vez al jardín.

Hacía tiempo que no tenía tanto miedo.

Es demasiado temprano para que el hombre del sombrero aparezca, o al menos eso quiero pensar. Ayer vino a plena luz del día y llamó a la puerta con toda la tranquilidad del mundo. Eso quiere decir que ya no se esconde.

Termino el café y decido asegurarme de que la casa está cerrada. Recorro el piso de abajo comprobando una por una todas las ventanas. Cocina, salón, comedor, despacho. También pruebo las puertas del porche y la entrada trasera. Todo está cerrado.

Debería bastarme, pero no es así.

Subo al piso de arriba y empiezo por la habitación de Quinn. Abro la puerta y encuentro la cama perfectamente hecha, las almohadas colocadas en su sitio y ninguna prenda fuera del armario. Incluso los pocos objetos que hay sobre la cómoda parecen ordenados a conciencia.

Compruebo la ventana y continúo por el pasillo hasta la habitación de matrimonio. Es donde Luke duerme con Natalie cuando ella hace acto de presencia, algo que, desde que llegué a esta casa, ha sucedido con poca frecuencia.

Aquí el panorama es distinto.

La cama está deshecha, con las sábanas revueltas hacia un lado.

Hay unos pantalones en el suelo, una camisa sobre una silla y un par de calcetines junto a la cama.

Luke parece bastante más dejado que Quinn.

La sorpresa llega al otro lado de la cama.

En el suelo hay un sujetador y unas bragas.

Estoy completamente segura de que no son mías, y en esta casa solo hay una mujer más.

¿Han dormido juntos?

¿No se supone que no era así cuando Quinn desplazaba a Natalie?

Es extraño… Entiendo que no deja de ser su mujer, pero ella ahora tiene otra personalidad y otra identidad distinta a la persona que dio el sí quiero en el altar.

Creo que esta familia va a terminar volviéndome loca.

Entro, cruzo la habitación y compruebo el cierre de la ventana, que es lo que realmente me importa ahora.

Está bien cerrada; me aseguro de ello.

Echo un vistazo hacia abajo a través del cristal.

Vincent, el hombre del sombrero, tendría que ser bastante habilidoso para trepar hasta un segundo piso y colarse por aquí.

Pero el miedo tiene estas cosas: consigue que uno tome precauciones absurdas y, aun después de hacerlo, siga sin sentirse seguro.

Me dispongo a marcharme.

Pero cambio de idea de repente.

La casa está completamente en silencio y me quedo mirando la habitación. Sé que debería salir. También sé que es de mala educación invadir la intimidad de las personas y que no existe ninguna forma decente de justificar lo que estoy pensando hacer.

Por eso tardo unos segundos en decidirme.

Pero no nos engañemos, la curiosidad gana.

Empiezo por la cómoda. Abro el primer cajón y encuentro ropa interior, calcetines y varias camisetas dobladas sin demasiado cuidado.

En el siguiente hay un reloj, unos gemelos, recibos viejos y un llavero de los New Jersey Devils.

Cierro y continúo. En otro encuentro documentos del coche, algunos cables, un cargador y una caja de levotiroxina que me revela que Luke Frost padece hipotiroidismo.

Cada cajón que abro hace que me resulte más fácil abrir el siguiente.

Reviso las mesillas. Nada. Después el armario. Aparto algunas camisas, miro detrás de una caja de zapatos y compruebo un par de bolsas guardadas al fondo. Estoy a punto de darme por vencida cuando levanto la vista.

En el altillo hay algo.

Una caja negra rectangular, bastante ancha, colocada al fondo.

Me pongo de puntillas, pero no llego. Arrastro una silla hasta el armario y me subo a ella. Incluso así tengo que estirarme para alcanzar la caja con la punta de los dedos. La acerco poco a poco hasta conseguir agarrarla con las dos manos.

Pesa menos de lo que parecía.

Bajo de la silla y la dejo sobre la cama.

Me quedo mirándola.

Sé lo que es antes de abrirla. He visto estuches así en películas, en series y en fotografías suficientes para reconocer la forma. Aun así, deslizo los dedos hasta los cierres y los libero uno después del otro.

Clac.

Clac.

Levanto la tapa.

El interior está recubierto de espuma negra. Hay un hueco con la forma inconfundible de una pistola, otro para un cargador y pequeños compartimentos para accesorios.

Pero la pistola no está. El hueco está vacío.

No debería haber husmeado en la habitación de Luke Frost.

Ahora también le tengo miedo a él.