12
Reacciono con rapidez.
—La puerta lleva un rato sonando. Como estabas en la ducha, no lo oías.
Bien jugado, Avery.
—¡No abras! —grita Quinn, aferrándose a la toalla que lleva alrededor del cuerpo.
Su reacción me sorprende. No es una simple negativa. Se le agrandan los ojos y retrocede un paso, alarmada de verdad.
—Tengo que abrir, Quinn. No te preocupes. Puedes quedarte aquí arriba y yo me encargaré. Seguramente será algún trabajador que necesite entrar en la casa. O el jardinero.
—No. Luke sabe que no quiero que venga nadie a casa.
Estupendo. Si piensa de esa manera, es imposible que yo llegue a gustarle algún día.
El timbre vuelve a sonar.
Quinn da un respingo y se lleva una mano al pecho.
—Sigue ahí —dice, bajando la voz.
—Eso es porque todavía no hemos abierto.
—No vayas, creerá que no hay nadie en casa y se irá.
Intento sonreír para tranquilizarla, aunque empiezo a ponerme nerviosa yo también. No por la persona que espera al otro lado de la puerta, sino por ella. Hace un minuto estaba en la ducha cantando y ahora parece aterrorizada ante la posibilidad de que haya alguien en la puerta de su casa.
—Quinn, escúchame. No va a pasar nada. Voy a bajar, preguntaré qué quiere y, si no tiene nada que hacer aquí, le diré que se marche. Ni siquiera tienes que verlo.
—No quiero quedarme sola.
La miro durante unos segundos. La toalla le cubre el cuerpo desde el pecho hasta las rodillas y tiene el cabello empapado, pegado a las mejillas y a los hombros. En estos momentos la veo tan vulnerable que me da pena.
—De acuerdo. Entonces baja conmigo.
El timbre suena por tercera vez y Quinn vuelve a sobresaltarse.
—Vamos —insisto—. Yo abriré.
Empiezo a bajar las escaleras y ella me sigue muy cerca, tanto que escucho sus pasos justo detrás de los míos.
Al llegar al vestíbulo se detiene. Desde aquí la puerta principal queda a pocos metros, pero Quinn se niega a acercarse más.
Se adentra en la cocina, luego me clava la mirada y finalmente se refugia detrás de la puerta, dejando únicamente una pequeña abertura desde la que puede observar el recibidor.
Solo le veo los ojos aterrorizados.
—Quédate ahí —le digo en voz baja.
Asiente.
Me vuelvo hacia la entrada. Durante un instante pienso en preguntar quién es antes de abrir, pero termino girando el pomo y tiro de la puerta.
Verlo de repente me provoca un escalofrío.
El traje oscuro. El sombrero fedora negro. La misma figura elegante que hace unos días descubrí desde la ventana, inmóvil en el borde del bosque, dentro de la propiedad de los Frost, mirando directamente hacia la casa.
Es él. El misterioso hombre del bosque.
No sé quién es. No sé qué quiere. Ni siquiera sé por qué su presencia consigue que se me tense todo el cuerpo.
Ahora yo también tengo miedo.
El hombre me examina durante unos segundos que se hacen eternos. No sonríe ni dice nada. Sus ojos recorren mi rostro y bajan por mi cuerpo antes de regresar a los míos.
—Hola. ¿Puedo ayudarle? —pregunto.
—Tal vez.
Ladeo la cabeza por la ambigüedad de su respuesta.
Doy un paso atrás y coloco la puerta entre nosotros, dejando únicamente la cabeza y parte del cuerpo al descubierto, imitando a Quinn.
Desvío un instante la mirada hacia la cocina donde ella sigue agazapada detrás de la puerta, mordiéndose el puño mientras me observa.
—Estoy buscando a una persona —dice el hombre.
—Pues no conozco a mucha gente del barrio. Acabo de llegar.
Mira por encima de mi hombro.
—¿Es tu casa?
—No. Trabajo aquí.
—¿Está el dueño de la casa? Me gustaría hablar con él.
No logro entender si la manera en la que arrastra las palabras es ironía o este hombre tiene algún tipo de tara mental. No parece tener prisa por obtener las respuestas. Al contrario, se toma su tiempo, estudiando cada gesto que hago. Mantengo una mano sobre el canto de la puerta.
—No se encuentra en estos momentos.
—¿Y su mujer?
Niego con la cabeza.
El hombre vuelve a mirar hacia el interior y esta vez sigo la dirección de sus ojos. Desde donde está no puede ver a Quinn.
—¿Quién es usted? —pregunto.
Entonces sonríe. Es una sonrisa breve y educada.
—Soy un viejo amigo de Raymond.
—Disculpe, pero no sé quién es Raymond. Aquí no vive nadie con ese nombre.
La sonrisa desaparece.
—¿Estás segura?
Da un paso hacia mí.
Por puro instinto cierro un poco más la puerta.
Él se inclina hacia un lado y asoma la cabeza, intentando ver el interior de la casa. El gesto termina de ponerme en alerta. Aprieto la puerta con fuerza y me preparo para cerrarla de golpe si intenta acercarse otra vez.
—Márchese, por favor.
El hombre me mira durante un par de segundos. Después vuelve a sonreír.
—Dile a Ray que Vincent le envía saludos. Volveré en otro momento.
Se lleva dos dedos al ala del sombrero y hace un pequeño gesto de despedida con cortesía. Luego se da media vuelta.
Suelto el aire que estaba conteniendo y permanezco detrás de la puerta observando cómo se aleja y cruza el camino de entrada con paso tranquilo, sin mirar atrás. Estoy a punto de cerrar cuando me doy cuenta del lugar hacia donde se dirige.
Hay un Cadillac negro aparcado al otro lado de la propiedad.
Se me encoge el estómago.
Es el mismo coche que vimos Connor y yo. El Cadillac que apareció anoche justo después de que nos besáramos. Según Connor, es del 92, casi una pieza de museo, y estaba convencido de que nunca lo había visto por Water Mill.
Vincent abre la puerta del conductor y se mete dentro.
Cierro de golpe y echo la llave.
¿No puedo tener un solo momento de tranquilidad?