11
Me he quedado a solas con Quinn.
Luke se ha marchado con tanta prisa que ni siquiera me ha dicho cuánto tiempo estará fuera.
En cuanto se ha despedido del senador y ha terminado de hablar conmigo, ha agarrado el maletín, ha salido por la puerta principal y, menos de un minuto después, he visto el Mercedes alejarse por el camino de entrada.
Supongo que debería alegrarme de que confíe lo suficiente en mí para dejarme al cuidado de su mujer después de lo ocurrido ayer, pero la verdad es que la idea de quedarme a solas con ella me da bastante miedo.
No he tenido valor para rechistar, claro.
Hace unas horas estaba prácticamente despedida y ahora vuelvo a tener trabajo, así que toca hacer de tripas corazón y procurar que esta mujer no le prenda fuego a la casa, se tire por una ventana o me acuse de haber robado las joyas de la corona.
Desde nuestro encuentro a primera hora no hemos vuelto a dirigirnos la palabra.
Quinn se ha encerrado en su habitación y yo estoy en la mía, sentada sobre la cama, con la puerta abierta y pendiente de cualquier movimiento al otro lado del pasillo.
De momento no parece tener intención de hacer nada peligroso.
Se ha puesto unos auriculares y lleva un buen rato escuchando música y cantando a voz en grito.
Y cuando digo cantando estoy siendo muy generosa.
Tiene un timbre de voz irritante y un talento extraordinario para no acertar una sola nota.
Resulta hasta ridículo escucharla desde aquí, aunque cualquiera se atreve a pedirle que baje la voz. Bastante me odia ya.
Mi plan es esperar un poco y acercarme a ella. Tengo que intentar limar asperezas, aunque todavía no sepa muy bien cómo hacerlo. Si voy a quedarme aquí un año, necesito ganármela. Luke puede ser quien me ha contratado, pero es Quinn quien puede conseguir que me eche en cualquier momento.
Mientras espero, vuelvo a pensar en la caja fuerte y en el collar.
Seguramente haya una explicación. Tiene que haberla.
Quizá no sea capaz de entender cómo funciona una mente enferma como la de Natalie.
Estuve leyendo sobre cómo modifican los elementos de la realidad en sus distintas personalidades y, por eso, aunque no tenga sentido que Quinn piense que es un regalo de su madre, solo se trata de un recuerdo alterado.
Solo que me choca que Quinn sepa de su existencia. Eso es raro. ¿No se supone que es otra persona totalmente distinta?
Quinn berrea la letra de Pocketful of Sunshine de Natasha Bedingfield desde su habitación. Sonrío sin querer. No porque lo haga bien. Precisamente por todo lo contrario.
Saco el teléfono, busco el contacto de Connor y le envío un mensaje.
«Creo que te debo un agradecimiento».
El doble tic azul aparece casi de inmediato. No pasan ni diez segundos antes de que empiece a escribir.
«Mi padre es un hombre de recursos. Entonces, ¿te quedas?»
«Parece que sí. Al menos hasta que esa mujer vuelva a acusarme de algo que no he hecho».
Esta vez tarda un poco más.
«Me gustaría volver a verte pronto».
Dejo el dedo suspendido sobre la pantalla.
Ayer no quise darle demasiada importancia al beso porque estaba convencida de que hoy regresaría a Queens.
Era fácil dejarse llevar cuando pensaba que aquello tenía fecha de caducidad.
Pero las cosas han cambiado. Ahora voy a quedarme en Water Mill y Connor seguirá viviendo a unos minutos de esta casa.
Es otro escenario totalmente distinto.
«Podemos organizar algo cuando la situación esté controlada aquí».
Su respuesta llega enseguida.
«Puedo ir a verte sin que nadie se entere».
Se me escapa una sonrisa.
«Ni hablar. Perdería otra vez el trabajo. Deja que se calme todo un poco y nos veremos».
«De acuerdo. Solo una cosa más». Me escribe.
«Dime».
Los tres puntos aparecen durante unos segundos. Desaparecen. Vuelven a aparecer.
Finalmente llega su mensaje.
«Besas muy bien».
Noto cómo me arden las mejillas. Mi vida se ha convertido en una montaña rusa y, por una vez, parece que el vagón está subiendo.
No tengo ni idea de cuándo volverá a caer, pero ahora mismo no quiero pensarlo.
Bloqueo el teléfono y lo guardo.
La voz de Quinn cambia de registro al otro lado del pasillo. Ahora está destrozando My Heart Will Go On , de Céline Dion, con un entusiasmo que compensa su falta de talento.
De repente suena un portazo.
Me incorporo por acto reflejo. La voz continúa, pero ahora llega amortiguada a través de una puerta.
Tardo un instante en comprender que se ha metido en el baño y me pongo en pie.
Tengo que estar pendiente de ella. Con toda probabilidad ahí dentro hay objetos con los que podría hacerse daño, aunque a juzgar por su manera de cantar no parece que tenga intención de hacerlo.
Parece feliz. El problema es que Luke me ha dejado muy claro que Quinn puede pasar de un estado a otro sin previo aviso, y después de lo vivido estos días no pienso confiarme.
Cruzo el pasillo a toda prisa y entro en su habitación.
Me detengo nada más hacerlo y guardo silencio.
Quinn continúa cantando en el baño hasta que escucho abrirse el grifo de la ducha.
El agua empieza a golpear con fuerza y, de pronto, deja de cantar.
Supongo que se ha quitado los auriculares.
Oigo movimiento al otro lado de la puerta, el tintineo de la hebilla de un cinturón y ropa cayendo al suelo.
Segundos después, la mampara se abre y vuelve a cerrarse.
Decido esperar. No puedo impedirle que se duche, y tampoco voy a plantarme delante de la puerta del baño preguntándole cada treinta segundos si sigue viva. Me quedaré aquí y estaré atenta por si escucho algo extraño.
Recorro la habitación con la mirada. Hay pocos elementos decorativos y las persianas están bajadas a pesar de que es de día, algo que encaja bastante bien con la idea que Quinn parece tener metida en la cabeza de que alguien la observa constantemente.
La cama está deshecha y hay varias prendas tiradas sobre una silla.
En una de las estanterías ya ha tenido tiempo de colocar una hilera de libros.
Los lomos doblados, las esquinas gastadas y las marcas de uso indican que todos han sido leídos y probablemente más de una vez.
Me acerco un poco.
Novelas de suspense. Muchas.
El psicoanalista , de John Katzenbach. La trilogía de Mr. Mercedes , de Stephen King.
La saga Millennium , de Stieg Larsson. Reconozco algunos títulos más hasta que uno me llama especialmente la atención: Ojos de asesina , de Charlie Donlea.
El ejemplar está mucho más deteriorado que los demás.
El lomo se encuentra cuarteado y las páginas sobresalen ligeramente en distintos puntos, señal de que alguien lo ha abierto en muchas ocasiones.
Desde el baño continúa llegando el ruido de la ducha. Quinn ha vuelto a cantar, aunque ahora solo tararea una canción de Bruno Mars.
Sé que no debería hacerlo, pero agarro el libro con cuidado.
Lo abro por una página al azar y descubro que está lleno de anotaciones. Hay frases subrayadas, signos en los márgenes y palabras escritas con una letra pequeña y difícil de descifrar. Algunas consigo entenderlas.
«Inocencia».
«Miedo».
Paso varias páginas. La palabra «huir» aparece subrayada varias veces. Más adelante encuentro «peligro», rodeada con tanta insistencia que la punta del bolígrafo ha dejado una marca sobre el papel.
Miro hacia el baño.
El agua continúa cayendo. Quinn sigue tarareando.
Vuelvo al libro y lo abro por otro punto.
Algo se desprende de entre las páginas y cae al suelo.
Una fotografía.
Mi corazón se dispara. Si Quinn sale ahora del baño y me encuentra husmeando entre sus cosas, voy a conseguir que me despidan por segunda vez en un tiempo récord. Debería cerrar el libro, devolverlo exactamente a su sitio y fingir que nunca he entrado aquí.
Eso sería lo sensato.
Pero, por algún motivo, la curiosidad se impone a la cordura.
Me agacho rápidamente y agarro la fotografía.
En la fotografía aparece Natalie.
No tengo ninguna duda de que es ella y no Quinn.
La sonrisa, la forma en que inclina ligeramente la cabeza hacia la mujer que tiene al lado, la luminosidad de sus ojos...
es la misma Natalie que me recibió con dulzura, la que abrazó a Luke después de haberme dejado encerrada en mi habitación y pareció no comprender nada de lo que estaba ocurriendo.
A su lado posa una mujer de más o menos su misma edad, aunque el tiempo no ha sido tan generoso con ella.
Tiene unas ojeras profundas y una expresión cansada que ni siquiera la sonrisa forzada consigue disimular.
Están en un jardín, abrazadas por la cintura, y detrás de ellas se distingue un granero de madera.
No parece una fotografía antigua. Por la ropa, la calidad de la imagen y el aspecto de Natalie, diría que tiene uno o dos años a lo sumo.
No sé quién es la otra mujer.
Le doy la vuelta a la fotografía.
Hay algo escrito a mano.
«Feliz cumpleaños, Natalie. Te estaré siempre agradecida por todo lo que has hecho por mí. Quinn.»
Lo leo otra vez.
«Feliz cumpleaños, Natalie. Te estaré siempre agradecida por todo lo que has hecho por mí. Quinn.»
Me quedo inmóvil.
¿Quinn?
No puede ser.
Quinn no es una persona. Quinn es la otra personalidad de Natalie.
La mujer que me ha acusado de robarle un collar, la que cree que alguien la persigue y la que ahora mismo está duchándose a escasos metros de mí.
Quinn no puede felicitarle el cumpleaños a Natalie ni abrazarla por la cintura.
Luke me lo ha explicado con absoluta claridad: cuando aparece Quinn, Natalie desaparece.
Vuelvo a mirar la fotografía. Primero a Natalie y después a la desconocida que posa junto a ella. Giro de nuevo la foto y observo la firma.
Niego lentamente con la cabeza, intentando encontrar una explicación que tenga algún sentido.
Entonces el agua deja de correr.
Mierda.
Me guardo la fotografía en el bolsillo procurando no doblarla y cierro el libro de golpe. Tengo que dejarlo exactamente donde estaba. Me apresuro hacia la estantería, pero los nervios hacen que se me escurra entre los dedos y caiga al suelo.
—Joder —mascullo.
Me agacho para recogerlo y descubro horrorizada que el lomo se ha separado parcialmente de las páginas.
Intento encajarlo, presiono con los dedos, vuelvo a cerrarlo, pero es inútil.
Lo he roto. O quizá ya estaba a punto de romperse y yo he terminado el trabajo.
Da igual. Quinn no va a valorar esa diferencia cuando descubra que he estado registrando sus cosas.
Desde el baño llega un ruido.
No tengo tiempo.
Coloco Ojos de asesina en la estantería intentando que parezca exactamente igual que antes y me giro dispuesta a salir de la habitación.
En ese momento suena el timbre de la puerta.
Me detengo.
Solo un segundo después, la puerta del baño se abre de golpe.
Quinn aparece con una toalla anudada alrededor del cuerpo y el cabello empapado pegado a los hombros. Ya no queda ni rastro de la mujer que hace un minuto tarareaba a Bruno Mars bajo la ducha.
Su rostro muestra auténtico pavor.