9 #2
Alargo el beso todo lo que puedo.
Puede que sea porque llevo todo el día al borde del desastre.
Puede que sea porque Connor me gusta de verdad.
O quizá porque hace apenas una hora estaba convencida de que esta noche iba a ser un fracaso y, de repente, estoy besando a un chico guapísimo en una carretera de los Hamptons y no quiero que termine.
Entonces una luz intensa atraviesa el interior del coche.
Me separo de Connor y giro la cabeza.
Hay un coche negro aparcado a un lado de la carretera, unos metros por delante de nosotros. No recuerdo haberlo visto cuando hemos llegado. Sus faros acaban de encenderse.
—¿Qué coño...? —murmura Connor.
Un segundo después, el coche arranca y acelera con tanta fuerza que las ruedas lanzan gravilla hacia el arcén. Pasa junto a nosotros a toda velocidad y continúa carretera abajo hasta que sus luces traseras desaparecen entre los árboles.
Connor y yo nos quedamos mirando en la misma dirección. Después nuestras miradas se encuentran, desconcertadas por lo surrealista de la escena. Connor mira de reojo el retrovisor, esperando quizá que esos faros vuelvan a aparecer en cualquier momento.
—¿Conoces ese coche? —le pregunto.
—La verdad es que no. Es un Cadillac del 92, casi una pieza de museo. Me sonaría si lo hubiera visto antes por aquí.
Me quedo mirándolo. No entiendo cómo demonios puede saber el año de un coche después de haberlo visto durante unos segundos y prácticamente a oscuras, pero tampoco es por eso por lo que lo observo.
Lo hago por el beso que acabamos de darnos.
Por ese beso maravilloso que todavía siento en los labios y que ha conseguido que durante unos segundos me olvidara de todo lo demás.
Entonces recuerdo que mañana probablemente me iré.
Sea lo que sea esto que empieza a surgir entre nosotros, tendrá que apagarse antes incluso de haber comenzado.
Yo volveré a Queens y él seguirá aquí, entrenando, estudiando en Filadelfia y conduciendo el Lexus de su padre por los Hamptons.
No tiene ningún sentido convertir un beso bonito en algo que pueda hacerme daño.
—Será mejor que me vaya.
Connor pone cara de asombro.
—¿Qué?
—Es tarde —musito.
—Espera.
Ya estoy abriendo la puerta. Bajo antes de que pueda convencerme de quedarme cinco minutos más, porque sospecho que ese tiempo sería suficiente para que me robe otro beso y eso lo complicaría todo. Cierro la puerta y comienzo a caminar hacia la casa.
Connor baja la ventanilla del copiloto.
—¡Avery, espera!
—Mañana hablamos —le digo sin detenerme.
—Pero...
Levanto una mano a modo de despedida y sigo avanzando. Cuando ya me he alejado unos metros, escucho la puerta del Lexus abrirse. Me giro. Connor está medio fuera del coche, apoyado en la puerta entreabierta.
—Avery.
Me detengo y vuelvo la vista hacia él. Al cabo de un segundo, vuelve a hablar.
—Me ha encantado besarte.
No contesto, me giro de nuevo y continúo caminando. Me obligo a no pensar en él, en su sonrisa ni en lo mucho que me gustaría regresar al coche. Enamorarme de Connor ahora sería absurdo y contraproducente. Solo conseguiría herirme más cuando mañana tuviera que marcharme.
La propiedad de los Frost aparece frente a mí y durante unos segundos me sorprende cuánto ha cambiado en tan pocos días.
Ya no parece aquella enorme casa medio abandonada a la que llegué hace solo unos días.
Las luces exteriores iluminan el camino de entrada y parte de la fachada, los muebles que han ido llegando ocupan ahora las estancias y, vista desde fuera, empieza a tener el aspecto que corresponde a una mansión de Water Mill. Elegante, impecable y carísima.
Acelero el paso, pero reduzco la marcha en cuanto distingo una figura en el porche.
Luke está sentado con una copa de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra. No tiene unas costumbres demasiado saludables que digamos.
Subo los escalones con el estómago encogido. De pronto vuelvo a sentirme como una niña que regresa a casa después de haber hecho algo malo. Paso junto a él sin saber siquiera si debo detenerme.
—Buenas noches, Avery.
Me paro.
—Hola.
—Te estaba esperando.
Eso no suena bien.
Luke da una calada al cigarrillo y deja escapar el humo antes de mirarme.
—¿Qué tal ha ido la cita con tu novio?
—No es mi novio. —Hago una pausa. Ahora mismo eso es lo menos importante—. Bueno, da igual. Siento muchísimo lo que ha sucedido hoy. Yo solo...
—Déjalo, Avery. Quería hablarte sobre eso.
En ese momento soy capaz de vaticinar lo que va a decir.
—Creo que esto no va a funcionar —dice—. Será mejor que mañana vuelvas a Queens. Te pagaré el mes completo.
Siento que algo se me atasca en la garganta.
Quiero decirle que está cometiendo un error.
Que nada de lo ocurrido ha sido culpa mía.
Que jamás le robaría un collar de diamantes a su mujer.
Quiero aclararle que fue Natalie quien me lo entregó y que después fue Quinn quien me acusó de haberlo robado.
Quiero explicarle que puedo ayudarles, que he empezado a comprender cómo tratarla, que solo necesito tiempo. Unos días más.
Pero las palabras mueren antes de salir.
Noto cómo se me humedecen los ojos y bajo la cabeza para que Luke no lo vea. Al final, lo único que consigo hacer es asentir.
—Si me disculpa, señor Frost...
Espero que me corrija.
Que diga «Luke», como ha hecho siempre.
Pero esta vez no lo hace.